MEN IN BLACK 3

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Quince años habían pasado desde que Barry Sonnenfeld nos hubiera sorprendido sacándose de la manga la libre adaptación del comic de Lowell Cunningham, en clave de comedia y que servía como vehículo de lucimiento de Will Smith, que crecía como dinero público en banca privada en popularidad y caché después de dos pelotazos como “Dos policías rebeldes” e “Independence day”.

La película era una fresca mezcla entre acción, ciencia ficción y humor en la que una pareja de agentes secretos del gobierno tenían que mantener a raya a las numerosas razas extraterrestres que conviven entre nosotros, atrapando a los bichos malos, ayudando a mantener el anonimato a los pacíficos y borrándoles la memoria a los humanos que asistían a las salidas de tono de los visitantes con una especie de dildo plateado con flash.

Las grandes bazas de la película eran, por un lado, la extraña pareja formada por el ya mencionado Will Smith y Tommy Lee Jones, cuyos alejados carismas y personalidades se complementaban a la perfección y por el otro, un tono socarrón y de cuidada clase B de lujo, junto con un guión muy medido, que convertían a la cinta en uno de los bombazos de finales de los 90.

Sonnenfeld, que había comenzado como prestigioso director de fotografía, habitual colaborador de los hermanos Coen, dio en la diana, al menos, por segunda vez, después de haber debutado con la conseguida “La familia Addams” para, a continuación, pasar bastante desapercibido con pelis como “Conserje a su medida” o “Cómo conquistar Hollywood”. Pero, justo después de los hombres de negro, comenzó una racha de patinazos con la insufrible “Wild wild west” y una segunda parte de los Men in black que echaba por tierra las virtudes de la primera película.

De hecho, llevaba ya el hombre seis largos años sin meterse en líos de dirección de largometrajes, hasta que nos llegó la noticia de esta tercera parte. Inmediatamente, los frikis de vocación, cinéfagos de devoción y optimistas de religión, borramos de nuestra mente aquel segundo capítulo y empezamos reducir el nivel de serotonina drásticamente. Esto es un axioma que jamás falla. Ya podemos haber visto una película infecta de Daredevil, que en cuanto nos digan que hacen otra, se nos iluminan los ojitos y comenzamos a contar los días hasta el estreno.

Contra todo pronóstico, la nueva aventura de los agentes J y K retoma de lleno el nivel de aquella gamberrada que abría la saga. De nuevo está ahí la magia, el carisma de Smith en cada chascarrillo, los extraterrestres imposibles, los gadgets futuristas, las disputas interplanetarias descacharrantes. Y además, han sabido darle una nueva vuelta de tuerca para no repetir fórmula, llevando a J al pasado para descubrir a un joven agente K, aún sin la amargura de su personaje maduro pero que ya apunta maneras, magníficamente interpretado por Josh Brolin, que se aprende de memoria muchos de los tics de Jones y los hace suyos.

Entre otros de sus aciertos, otros dos actores. Por un lado el malo de la función, un irreconocible Jemaine Clement, al que ni los fans más frikis de la serie “Flight of the Conchords” podrán reconocer. Horas y horas de maquillaje para dar forma a un tipo sin escrúpulos y con un aliado que es primo lejano de la simpática mano de “La familia Addams” (¿coincidencia o conspiración Sonnenfeldiana?), pero con peor mala leche. Por otra parte, el personaje que interpreta Michael Stuhlbarg, un extraterrestre entrañable e indefenso, capaz de ver, a la vez, los infinitos universos que arrancan de los diferentes puntos temporales, viviendo en una constante baraja de augurios.

Como posible pega, un final que quizá es demasiado blandito comparado con el tono gamberrete del resto de la película, aunque es algo que no molesta demasiado. Lo cierto es que los hombres de negro han vuelto con fuerza y suponen un gran punto y final a la franquicia, que deja el nivel a la altura de su comienzo. Un puñado de carcajadas, con su toque justo de adrenalina, perfecto para una tarde de evasión.

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