MAN OF STEEL – PARTE II

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Como ya comenté en la primera parte, el reinicio de la franquicia, con sus nuevos mundos, sus nuevas personalidades y su nueva imaginería me gustó mucho. Y el principio de todo, cómo no, al igual que hizo el gran Donner en su momento, es la caída de Krypton. Este nuevo planeta de origen es lo opuesto al de la película de 1978. Lo que allí era frío, aséptico, un gran cristal sin más vida que los shakesperianos personajes que lo poblaban, aquí es vitalista, luminoso, con multitud de criaturas, de tonos cálidos. Un Pandora a punto de explotar en el que los trajes de los gobernadores son ricos y repletos de ornamentos, el de Jor-El elegante y regio y el de los soldados oscuro y con pinta de peligroso.

La introducción se la toma Snyder con calma, dando su momento de lucimiento a Russell Crowe y Michael Shannon en una persecución y batalla espectaculares, que hacen presagiar una película sin un momento de tranquilidad. Y aún así, llega la primera decisión que me mosquea y que, más adelante, enlazará con el plan de Zod de poder hacer renacer a su pueblo: el códice. Una calavera medio rota que Jor-El trata de atrapar, arriesgando su vida, que guarda la información genética de todo kryptoniano y que se utiliza para incrementar la población de forma artificial, introduciendo en cada nuevo paisano la información genética del oficio que desarrollarán de mayores: mandatario, científico, soldado… Y no sólo eso (de hecho, la parte de que los nacimientos sean no naturales y la diferencia de Kal-El con el resto de su pueblo siendo el primer bebé parido a la vieja usanza y con genética a su libre albedrío está genial y da mucho juego en su enfrentamiento futuro con Zod, es la calaverita lo que me molesta ligeramente), sino que Russell Crowe, como científico que es, extrae toda esa información del códice y la introduce… en cada una de las células de su hijo. Toma castaña.

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Aún así, estamos empezando y no hay que ponerse quisquilloso, aún más cuando la acción y el diseño de lo que discurre ante nuestros ojos es alucinante. Así que, siendo fieles a esas partes de la leyenda de las que uno no debe escapar cuando aborda el personaje, justo antes de que los padres y el resto del planeta, perezca, Kal-El es enviado de bebé en una cápsula hacia la tierra, planeta que le dará ventaja ya que una estrella joven hace que su masa sea más densa y eso lo hace prácticamente indestructible y desafía la gravedad y bla, bla, bla. Toda la parafernalia que sabemos.

A todo esto, después de que Zod es apresado y enviado a la zona fantasma, esta vez no tiene más que esperar a que explote Krypton para conseguir liberarse, junto con sus compañeros de rebelión, de su prisión. Me vale, una decisión como otra cualquiera.

A partir de aquí, contemplamos una ruptura de la linealidad del relato en el que se intercalará el viaje de búsqueda de Clark Kent, intentando permanecer en el anonimato, alrededor de los Usamérica, a la vez que trata de mantener a raya sus poderes, tratando de ser simplemente uno más, con flashbacks sobre su complicada infancia y la influencia de sus padres adoptivos/terráqueos. Y aquí va otra de las grandes diferencias que apartan “Man of steel” de lo visto en pantalla hasta ahora. Su padre en tierra, interpretado a la perfección por Kevin Costner, es un tipo conservador que prefiere que un autobús lleno de escolares se hunda en un río antes de que el nene muestre al mundo sus poderes. La supervivencia por encima de ayudar al mundo. Si eres un alienígena invencible, métete en tus propios asuntos o te odiarán y señalarán con el dedo.

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Estas enseñanzas de Pa Kent, en contraposición con su madre (adorable Diane Lane), amorosa, cándida, comprensiva, que incluso provocan que deba dejar morir a su padre por culpa de un tornado (típico de Kansas, raro que no apareciera por ahí Totó), son las responsables de varios traumas necesitados urgentemente de un psicólogo y de una personalidad huidiza.

Así que, por primera vez, Clark Kent no es el tipo de ideales firmes que trata de salvar a la humanidad de sus males. En las primeras escenas le vemos robar, vengarse y apartarse de forma huraña de la gente que le rodea, aunque no puede evitar ponerse en evidencia al salvar a un puñado de trabajadores de una plataforma petrolífera en alta mar que están a punto de morir calcinados o aplastados.

Esta dualidad del personaje es una de las nuevas características que más me atraen de la cinta de Snyder. Superman aún no ha decidido que la humanidad deba ser salvada. No será hasta que hable con el espíritu de Kal-El y sea consciente de su origen cuando se empiece a plantear que está aquí para algo más que lucir pectorales y barba y aún así, tendrá que llegar a la conclusión de que merecemos ser protegidos, a pesar de nuestras ruindades y defectos, algo que Clark sentirá desde niño en sus propias carnes, con las más tempranas burlas a cada sospecha de que es diferente.

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Una vez puesto sobre el tapete de manera esperanzadora el carácter de Kent, veremos cómo acaba, no sabemos si por casualidad o porque la cabra tira al monte, o en este caso, el kryptoniano tira al norte, en un campamento que investiga un extraño objeto de enormes dimensiones entre el hielo de algún punto septentrional de Canadá, donde se topará por primera vez con Lois Lane, que en este caso es menos patosilla que la referencia que tenemos de Margot Kidder y mucho más resuelta. No dudará en seguir sigilosamente, en medio de la noche, a un Kent que acaba de encontrar una nave de su planeta entre el hielo, con un parka a menos chipicientos bajo cero y tardará una semanita en descubrir, a base de preguntar aquí y allá, quién es el forzudo tipo que la salva de morir ante un cacharro volador de tecnología supra-avanzada estrujando el hierro con sus propias manos. Y no sólo quién es, sino dónde vive, que talla de calzoncillos usa (por dentro) y las notas de primero de bachillerato. Desde luego, esta chica no necesita Google.

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En principio, no tendría ningún problema en este cambio en la historia, sin embargo, la relación que se establece entre superhéroe y extraterrestre tiene un punto que la hace extremadamente poco creíble y otro que me da un poco de miedo en cuanto a la posible evolución de la trama en sucesivas películas.

La parte poco creíble es la excesiva velocidad del enamoramiento de los dos pollos. Apenas se ven dos o tres veces a lo largo de la cinta, un par de miraditas, un confía en mí y guárdame el secreto, vale chato que me caes bien y, al final de la cinta ya están dándose un morreo en medio de una pelea por la supervivencia del planeta. En fin, a esto llegaremos algo más tarde pero estos flechazos tempraneros, sin una evolución que los justifiquen, parece que se están poniendo de moda, ya que lo sufrí también en “Thor” entre Mr. Pataki y la Portman. Parece como si fuera absolutamente necesaria la trama romántica, sin tensión sexual ni nada, en plan aquí te pillo aquí te mato. No sé qué opinarán las novias/esposas de estos guionistas en cuanto a los juegos previos antes del polvete.

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Por otro lado, vale, Lois Lane ha conseguido desentrañar la identidad secreta del hijo de Krypton, con un ratito de periodismo de investigación. De aquí en adelante va a ser complicado justificar que nadie sea capaz de volver a hacerlo.No sólo eso, sino que en una de las últimas escenas, Kent decide que quiere ser periodista y llega al Daily Planet (qué facilidad para conseguir curro en Metropolis, ya podrían aprender los mandatarios europeos) y Lane le reconoce con las gafas puestas (que lince) desde el segundo uno o al menos eso se deduce por su frase de bienvenida en cuanto los presentan: welcome to the “Planet” (guiño, guiño). Si nos cargamos el supuesto de que sus gafas de pasta no son el disfraz perfecto, no sé qué vamos a hacer con la identidad secreta y si no lo hacemos, no sé cómo vamos a explicar que Lois Lane es muchísimo más lista que el resto de la humanidad.

Sigamos. Justo antes de salvar a Lois del ingenio de protección de la nave (cómo saben evitar eso del óxido los kryptonianos), ya nos damos cuenta de que Jor-El va a tener una presencia importante en esta saga, ya que ha dejado espíritu y pensamientos dentro de la llave con el símbolo de la familia que Kal-El introduce en las naves que se encuentra a su paso. Molón, ya que Russell Crowe clava el papel y le da un aire muy Jedi a eso de ir abriendo y cerrando puertas y aconsejando a los buenos.

Por fin, Jor-El abre el guardarropa secreto y le da a su hijo el fantástico traje totalmente remozado y muchísimo más oscuro que el anterior, con un cambio sustancial: ya no lleva los gallumbos por fuera. Siguiendo la estela de la serie de comics que ha revitalizado el dibujante Jim Lee, han dejado al superhéroe en plan comando y Cavill, con unas sesiones de entrenamiento que han debido ser extenuantes, luce mucho más poderoso con esa segunda piel ajustada de lo que habíamos visto hasta el momento.

Kal se enfunda el traje y realiza las primeras pruebas de vuelo en una de las mejores partes de la película, donde sentimos el poder de la aceleración sin límites (match 1, match 2, match 3…), sentimos por fin el increíble rozamiento contra la atmósfera terrestre y el poder que desprende a su alrededor, tomando algunas referencias, no por última vez a lo largo de la peli, de los vuelos y las peleas de la mítica serie de animación de Dragon Ball.

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Así que, ya tenemos presentados a los personajes principales, las dudas existenciales del protagonista y por fin, ha echado a volar en su flamante nuevo traje. Toda lógica nos dice que lo siguiente es dar entrada al antagonista de la función, con el careto cabreado de Michael Shannon y es en este momento, cuando la parafernalia pseudo-científica comienza a entrar en acción.

El plan es llegar al planeta, avisar al mundo de que un kryptoniano está viviendo entre ellos y que debe ser entregado y poner un par de aparatejos, uno en cada extremo del globo, que cambien la atmósfera de la tierra, adaptándola a la de el antiguo Krypton. El plan, por muy espectacular que sea viendo a esas naves con forma de gancho de ganar juguetes (el gaaaancho) lanzando rayos sobre Metropolis y destruyendo todo a su paso, es una chorrada como la copa de un pino pero, que el científico de turno pille el truco al vuelo, decidiendo que están efectuando una terraformación (cuarto de planes diabólicos extraterrestres en cualquier carrera de ingeniería que se precie) y que estamos jodidos, ya me parece el colmo. Hasta llegué a esperar que el experto en naves y cacharros varios decidiese en cualquier momento que lo mejor para acabar con el enemigo era introducirles un virus, que lo había visto él en alguna parte y había funcionado, porque la similitud de las conclusiones del tipo con la película de Roland Emmerich es asombrosa.

En general, todos los diálogos con y entre militares y científicos son de un atontamiento exagerado. Y repito, ya lo sé, son comics, no estamos esperando teorías demostrables de cada uno de los acontecimientos pero si nos estás vendiendo verosimilitud en la película, no te metas en berenjenales, deja cosas sin explicar, deja a los científicos terrícolas sin entender lo que hace la peña alienígena. Porque la manera de solucionar el tema, cogemos y provocamos aquí un pequeño agujero negro controlado y tira p’alante, tiene delito.

Antes de entregarse a los militares y tener un tête à tête con Lois Lane, a Clark le da tiempo a protagonizar una de las secuencias más ridículas y pegotes de toda la cinta. Una absurda conversación con un cura, sin venir a cuento, sin mencionar en algún momento que ha entrado algún día en una iglesia, para pedirle consejo de forma rápida y atropellada. Una rechinante escena sólo para que el cura le diga que tiene que dar un salto de fe y suponemos que para acentuar esa analogía con Jesucristo que los guionistas han creído adecuado meter en la peli y que ya olía un poquito (el cambio de Kent a Superman se produce a los 33 años, llega a la tierra para salvar a la humanidad, debe sacrificarse por ella, etc…) pero que aquí se plantea de una forma tan poco sutil que llega a resultar molesta.

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Más cambios con respecto al mito: en medio del enfrentamiento, Superman es conducido a la nave enemiga y allí encuentra su kryptonita, que ya no es kryptonita, sino que lleva tanto tiempo adaptándose a la atmósfera terrestre que las condiciones de un entorno kryptoniano le deja debilucho y sin poderes. Perfecto, se vale, aunque le quita una parte romántica muy bonita que era el dichoso pedrusco verde fluorescente pero los cambios son buenos, no podemos aferrarnos al pasado con uñas y dientes. Esto también sirve para que su pelea con los tentáculos de la nave que han posado sobre el Océano Índico sea más épica (¿a alguien más le parece que este engendro mecánico es una mezcla entre Dr. Octopuss y la película de dibujos guarretes “Urotsukidoji”?).

Y prácticamente el resto de lo que falta antes del final son peleas descomunales entre nuestro héroe y Zod y sus esbirros. Tortas monumentales, rijostios como panes, puñetazos descomunales y un nivel de destrucción alrededor de los contendientes digno de una pelea entre Goku y Freezer. Y aquí es donde entra el frikismo de cada uno y su interés por los comics de superhéroes. Habrá quien disfrute con cada puñetazo y cada edificio caído esperando que el reparto de bofetadas sea infinito y habrá quien, al tercer atravesamiento de pared-hormigón-cristales-viga de metal esté cansado de tanta repetición.

Yo me encuentro un poco a medio camino. Cuando ya creo que debería bastar de peleas, hay algo que consigue sorprenderme y es que los efectos especiales brillan especialmente en esta parte, los poderes de los contendientes están muy bien usados en cada momento y uno llega a olvidarse del tiempo que ha pasado entre tanta destrucción, aunque entiendo perfectamente que a alguno pueda dejarle totalmente sobrepasado en la butaca con tanta explosión, tanto movimiento de cámara y tanto escombro. Sin embargo, en cuanto a verosimilitud, esta parte de la película creo que es fiel a lo que plantea. Creo que este nivel de destrucción y derribo podría acercarse bastante a las consecuencias reales de dos posibles seres de ese poder que combatieran entre sí… aunque esta reflexión se asemeje bastante a aquellas discusiones que teníamos en el colegio sobre quién ganaría, Songoku o Hulk o quién correría más rápido, Flash o Quicksilver. En fin, para gustos hay colores y para mariposas flores.

El kryptoniano diseñado genéticamente para luchar, defender y destruir adversarios contra el kryptoniano libre, movido tan sólo por su pundonor y las ganas de salvar el planeta que le ha acogido. Todo lleva hasta el momento climático, cuando una vez destruida la nave y sólo Zod queda vivo, éste despliega toda su furia por no haber podido salvar a su pueblo. Después de cargarse toda la isla de Metropolis, llega un momento en el que rabioso, con su visión de rayos caloríficos recién descubierta, se dispone a matar a la típica familia americana. Superman, pidiéndole a gritos que no lo haga mientras aprisiona su cuello debe decidir entre matar a su contrincante o dejar que los humanos mueran. De nuevo afloran los sentimientos que vienen atenazándole desde su infancia: ¿debe salvar esta raza caprichosa e imperfecta y eliminar al último superviviente de su propio pueblo? Un sentimiento dual que podía haber sido algo más aprovechado durante el resto de la película.

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Finalmente, acorralado, Kal-El toma su decisión y arrasa con otra de las características que, tradicionalmente, venían asociadas al personaje, la de que Superman no mata. Este héroe moderno trata de no hacerlo y los ideales no han cambiado del todo (hasta se mantiene un poquito eso de que tratará de luchar por la libertad, la justicia y el american way of life, aunque no se diga explicitamente, ya que sí recalca que él se crió en Kansas, dando a los militares aún más pistas de quién es en realidad, por cierto) pero es un héroe mucho más brutal, con menos escrúpulos, más condicionado por las circunstancias externas, mucho menos idealizadas e infantilizadas.

Para rematar, Snyder no puede evitar poner otra de sus secuencias pegote. Esa imagen de Pa y Ma Kent mirando a su hijo, aún pequeño, jugar con una manta roja a la espalda en un precioso atardecer amarillento de Kansas mientras el perro de la familia le sigue. Otro de esos momentos de mira cómo molo y que imágenes más bonitas que me casco que desentonan con el resto del relato.

Así que, esto es, básicamente lo que pienso sobre la peli. Grandes momentos, batallas épicas con el CGI usado a toda máquina, agradecimiento a Snyder de que nos haya privado de sus secuencias a cámara lenta y nuevas y frescas ideas que le vienen muy bien al personaje y su entorno, en la parte positiva. Un guión que descuida en muchas ocasiones los personajes y, sobre todo, los diálogos, algunas escenas metidas con calzador que no vienen nada a cuento, una falta de humor brutal durante toda la cinta (característica quizá heredada de Nolan, que parece que lo de provocar la sonrisa se le escape) y la impresión de que la batalla interna del personaje principal no ha sido explotada todo lo que podría haber sido en la negativa.

No sé vosotros, pero yo la volvería a ver sin ningún problema.

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