MAN OF STEEL – PARTE I

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Va a ser complicado comentar todo lo que querría de este blockbuster sin destripar absolutamente nada, así que vamos a dividir el mamotreto en dos partes. Una, para aquellos que aún no han visto la película y hayan vivido en una burbujita ajenos a revistas, reportajes, trailers y amigos en bares donde hablaremos de la producción, sin tocar, en lo posible, la trama  y otra, para aquellos que ya se hayan sentado en una butaca a disfrutar de los vuelos del último hijo de Krypton, sin preocuparse por el destripe masivo y la disección profunda.

Ya os voy avisando que me ha quedado un poco biblia todo esto así que tenéis mi bendición para arrepentiros en la lectura en cualquier momento.

Una vez dicho esto, empecemos por la primera parte, ausente de spoilers. Y voy a empezar por la pregunta primigenia.

¿Me gustó “Man of steel”?

Sí. Aunque no me encantó.

Al contrario que mucha gente que no para de verter sus opiniones en la red (que pesados estos aspirantes a críticos que creen que su opinión es única e infalible, ¿eh? ¿eh? ¿eh?), que la está odiando con fuerza y lanzando contra la producción de Snyder/Nolan/Goyer cuchillos y palabrotas, aduciendo a que el mítico personaje de las mallas azules ha sido poco menos que violado con saña a mí me gustaron un montón de las nuevas ideas sobre el mundo de Superman.

No me considero un fundamentalista de los comics. Es más, conozco y leo lo poquito que me gusta, fundamentalmente historias de el Caballero Oscuro y de algunos personajes de Marvel. Nunca he tenido en mis manos una historieta de Superman y mi única mitología del personaje proviene de las películas anteriores.

De hecho, uno de mis primeros recuerdos en una sala de cine es ese robot femenino que crea el superordenador de “Superman III”, que provocó que durmiera varias semanas con la luz encendida y tuviera pesadillas horribles. Mis dos primeras películas compradas, ambas en VHS, hace como un eón y medio, fueron “Fantasía”, de Walt Disney y “Superman”, la original de Dick Donner. A esta última, le tengo un cariño especial y reconozco que no me canso de verla. Ese primer vuelo del hombre de acero, cuando aparece por primera vez en la película encarnado por Christopher Reeve, saliendo de su Fortaleza de la Soledad hacia Metropolis, se ha clavado en mi mente como un poster mental, guardado en alguna habitación privilegiada de mis recuerdos.

Aún así, con toda la enorme simpatía que profeso a la primera de las superproducciones del héroe americano por excelencia, no me molesta ni lo más mínimo que me cambien a los mitos. Es más, lo considero necesario.

Me acuerdo de cuando fui a ver al cine, la anterior aproximación al personaje, “Superman returns”, a cargo de Bryan Singer, un tipo que me cae especialmente bien, por haber logrado la primera gran peli de superhéroes de la etapa moderna: “X-men”. Recuerdo también lo decepcionado que salí de la sala al comprobar que la historia era demasiado parecida a la mítica película de Richard Donner.

Volví a ver “Superman returns” hace bien poquito, en un repaso minucioso a la trayectoria cinematográfica de Kal-El y, esta vez, la disfruté mucho más, comprendiendo que, al contrario de lo que me quedó grabado la primera vez, no la vi como una copia, sino como un sentido homenaje, como un puente que trataba, desde el profundo respeto, de unir el universo que Richard Donner había conseguido, partiendo de la historia ideada por Mario Puzo y pulida por su gran amigo Tom Mankiewicz, con nuevas aventuras del superhéroe en nuestros días. Por ello, parecía haber trasladado la historia a las nuevas generaciones tratando de mantener el espíritu todo lo posible para, en sucesivas entregas, poder desarrollar el universo quitándose de en medio la tercera y cuarta parte, como si nunca hubiesen existido.

Como yo en su momento, la gran mayoría del público pareció protestar contra lo que parecía una copia repleta de falta de ideas y, paradójicamente, parecen ser los mismos que ahora alzan los puños contra este nuevo reboot, aduciendo esta vez que ese no es Superman, que han alterado vilmente la personalidad de Clark Kent y su alter ego, como si fuese un vecino que conociesen de toda la vida del que hubiesen ultrajado su memoria.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Queremos continuidad o queremos ruptura? ¿O es imposible cumplir expectativas?

Parece haber otro sector del público decepcionado porque este Superman no es el Batman de Nolan, aunque éste ande metido en la historia y en labores de producción. Pero es que los dilemas del de Gotham y el de Krypton no son los mismos. Y si así fuera, seguramente se quejarían de que se parece demasiado.

En fin. Si uno se acerca a la película sin prejuicios, intentando que el poso saboreado hasta el momento no impregne el visionado, se encontrará con un nuevo universo construido para el superhéroe. Se encontrará también con nuevos dilemas de este extraterrestre condenado a vivir entre nosotros. Se encontrará con nuevas relaciones entre los personajes. Y, en su gran mayoría, toda esta reinvención del mundo de Clark Kent, me gusta mucho.

En donde más me hace torcer el morro, es en otras cosas. En toda la parafernalia pseudocientífica que sustenta el plan del malo malísimo, el sempiterno general Zod. En muchos de los diálogos entre militares y científicos, que muchas veces recuerdan a los peores vicios de las películas noventeras y ochenteras del cine de ciencia ficción. Y en algunas escenas que parecen estar metidas con calzador por el simple hecho de que quedan molonas y es que Zack Snyder, con todas las cosas buenas que posee, tiene una, que a veces se le escapa un poco de las manos: su enorme ego. Vamos, que a veces se gusta tanto a sí mismo que se besaría en los morros si se llegase.

También, es curioso, que teniendo grandes actores entre el reparto, ninguno de ellos tiene la posibilidad de lucirse. Henry Cavill no me parece mal actor, para nada. En todo momento consigue otorgar a ese Clark Kent errante un poso melancólico, logra transmitir la tormenta que debe intentar apaciguar a cada momento en su interior y, sin embargo, nunca consigue sobresalir. Lo mismo le pasa a Amy Adams, que interpreta a una Lois Lane diferente a la que tenemos en la cabeza pero, una vez más, el guión y los diálogos la mantienen algo atada, encorsetada. Por no hablar de los secundarios que no tienen tiempo casi ni a mostrar su personalidad, como Lawrence Fishburne, Kevin Costner o Diane Lane.

Los únicos que pueden desplegar su talento sin tanta cortapisa son Rusell Crowe, que por momentos nos hace olvidar al caprichoso Marlon Brando, cobrando bastante protagonismo como guía sabelotodo, al estilo de un moderno Obi-Wan y, por encima de todos, Michael Shannon, que da vida a un general Zod acojonante, con su punto histriónico pero con una presencia en pantalla abrumadora. Si como dicen, la fuerza de una película se midiera en su mayoría por su personaje antagonista, “Man of steel” sería una obra maestra.

Tengo la impresión de que gran parte del causante de que la idea de la cinta sea muy buena y, aún así, su desarrollo y, especialmente, gran parte de sus diálogos, no consigan estar a la altura de lo propuesto, es su guionista principal, David S. Goyer. Un tipo que, por lo que he creído discernir al ver películas basadas en guiones suyos, tiene buenos puntos de partida pero a la hora de desarrollar, se pierde bastante. Por no hablar de que debería quedar un día para charlar sobre su método de dialogar escenas con Tarantino o Kevin Smith, porque suele poner en boca de sus personajes frases que sacan los colores con facilidad.

Algunos ejemplos: es el creador de la historia de esa obra maestra del cine negro disfrazado de superhéroe titulada “El caballero oscuro”, sin embargo, el responsable de la elaboración del propio guión recae en casi todo su esplendor en el hermanísimo, Jonathan Nolan. En cuanto a los guiones de los que se ha encargado, varían desde los de su etapa más temprana como “Kickboxer II” o “El cuervo: ciudad de ángeles” a otras en las que ya se había hecho un nombre en la meca angelina, como “Dark city”, “Blade”, la fallida “Jumper” (otra que parte de una idea cojonuda pero se ve lastrada por un desarrollo irregular”) o la irrisoria “Ghost rider: espíritu de venganza”. Así que, alguien debería decirle a este chico que sería bueno que se rodease de compañeros que le tirasen de las riendas cada vez que tiene la tentación de incluir otro diálogo de esos que suenan a cartón piedra.

Tras un comienzo envidiable y una primera visión de la búsqueda de Kent de su identidad a lo largo del país, se entra en una fase media que abofetea en más de una ocasión a nuestra inteligencia (sabiendo en todo momento que estamos hablando del comic de un alienígena que vuela y lanza rayos por los ojos y no queremos verosimilitud plena en cada escena, por supuesto) y un acto final que, dependiendo de la frikez, expectativas y gusto por el CGI de cada uno, puede llegar a resultar larga y repetitiva o intensa y testosterónica.

Por otra parte, Superman ya no es ese tipo absolutamente indestructible sin la kryptonita que hacía tan difícil escribir historias para él. Es complicado abollarle y tiene una fuerza brutal, pero ya no es todopoderoso. Esta es una gran baza de cara a rescatar la franquicia ideando grandes historias para él. Siempre pensé que tener personajes como Superman en DC o Thor en Marvel tenía que ser una pesadilla para los guionistas. ¿Cómo haces que la gente pase miedo por un fulano indestructible y un Dios? En esta ocasión, nos da la impresión de que los poderes del superhombre no son infinitos, de que tiene un límite de fuerza, de que tiene un límite de aguante y esto es muy bueno.

Ya por último en este rollo sin spoilers que estoy tratando de desmenuzar y que la mayoría de los que hayáis empezado, habrá dejado por imposible, la música. He de reconocer que el score de Hans Zimmer se ajusta muy bien a ese aire más oscuro y pesado que Nolan, Goyer y Snyder han querido dar al reboot. Un completo alejamiento de las fanfarrias épicas de John Williams que todos comenzamos a silbar cuando pensamos en el mítico héroe con la cara de Christopher Reeve. Aquí no hay unas notas centrales tarareables, sino que todo es más uniforme. Mucha percusión, subidas de intensidad en las partes más furiosas y coros en las épicas y emocionantes. Aún así, cuando uno escarba un poco y escucha la banda sonora sin las imágenes delante, hay alguna parte que podría llegar a resultar ligeramente ridícula, como la que he venido en denominar, el coro épico de Barrio Sésamo.

Si tenéis la oportunidad de echarle una oreja a los temas (los tenéis en spotify, por ejemplo) y podéis deteneros en el primer corte, titulado “Look to the stars”, alrededor del minuto 1:45 podremos escuchar una letra al nivel de algunos de los diálogos antes comentados de David S. Goyer. Algo así como: aaaaaeeeeeiiiiiiooooouuuuuu. ¿Búsqueda de lo elemental o ida de pinza tontuna? Que cada uno decida. De todas formas, es un detalle tocapelotas y más vale no prestarle demasiada atención. El resto, se adecúa perfectamente a cada momento de la película.

Y hasta aquí el análisis largo como un día sin pan y sin destripes, para los que no han visto la película y se han atrevido a llegar hasta aquí. En la siguiente parte vamos a ponerle nombres y apellidos a todo esto y, ya os aviso, de que el tocho me ha quedado aún más largo e inmanejable.

Yupi.

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