LOS ODIOSOS OCHO

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Quentin Tarantino se ha convertido en un género en sí mismo. Tanto tiempo ejerciendo de alquimista, recogiendo las esencias de las cintas de videoclub que nadie veía, aquellas con portada chusca y en sepia que mostraba patadas de kung-fu imposibles, vaqueros polvorientos disparando a quemarropa en Almería o soldados infiltrados en bunkers nazis vestidos con uniformes de saldo, que se encontraban en los estantes más altos del establecimiento, ha dado su fruto.

Ya no hablamos de que Quentin ha hecho una de vaqueros, hablamos de la nueva de Quentin. Él lo sabe y nos lo planta con enormes letras nada más empezar: La octava película de Quentin Tarantino. Quizá nos esté recordando que su intención es regalarnos un número de cintas limitadas, que lo aprovechemos, que le echaremos de menos.

Yo al menos lo haré.

Porque sus películas te pueden gustar más o menos. Puedes ser de los que piensan que lo consiguió todo con su primera cinta, “Reservoir dogs” o que el sumum de su cine lo muestra su desordenada “Pulp fiction” o que no hay nada como la gigantesca lucha de ninjas de “Kill Bill” o que la maestría en los diálogos llegó a lo alto con los discursos del Coronel Hans Landa en “Malditos bastardos”. No importa cual sea tu escena favorita porque de todas sus películas te llevarás algo y ésta no es una excepción.

Un cazarrecompensas lleva a una fugitiva hacia la horca en una diligencia que acelera tratando de evitar una tormenta de nieve que les pisa los talones, cuando se encuentra a otro colega del gremio que trata de transportar a otros malosos, en este caso ya fríos y tiesos. Es lo bueno del “Se busca vivo o muerto”, que uno puede elegir.

Ambos se unen en el viaje y, antes de llegar a la siguiente parada, se topan con otro tipo que asegura ser el nuevo sheriff de la ciudad a la que tratan de llegar. Una vez sumado a la comitiva, deben parar en una posta donde unos cuantos viajeros más esperan a que la tormenta pase de largo.

A partir de aquí, Tarantino se sirve de éste último escenario para dar rienda suelta a sus diálogos y a su magnífica dirección de actores. Porque, aunque siempre se le ha etiquetado como ese rescatador de antiguas glorias, lo que es en realidad es un enorme director de actores. Los habituales, en este caso Samuel L. Jackson, Tim Roth o Michael Madsen lo saben de rechupete y se dejan hacer, dando lugar, una vez más, a nuevos personajes antológicos. Los nuevos, conscientes de que tito Quentin los puede situar de nuevo en la órbita del circuito, como Kurt Russell, Jennifer Jason Leigh, Walton Goggins o Bruce Dern, siguen también sus consejos y conforman otra miríada de tipos destinados a perdurar en la memoria.

Entre todos, construyen este relato más cercano al género whodunit, que al propio western, mientras el director juega con los planos, con la reivindicación de las cámaras de 70mm Ultrapanavision, concebidas para otorgar majestuosidad a los grandes espacios abiertos y que él utiliza para moverse con soltura en una habitación cerrada. Se deleita en dar forma a su antojo a un relato claustrofóbico y de tensión en aumento sin importarle la paciencia del espectador en la que quizá sea su película menos pensada para el gran público.

Debo reconocer que, al igual que me pasó en “Django desencadenado”, el metraje se me hizo algo cuesta arriba. Sobre todo al final, en un epílogo en el que ya está prácticamente todo contado y el realizador tan sólo se regodea, dando rienda suelta a su vena más alocada. Sin embargo, la mayoría de esos 167 minutazos me dejan con los ojos abiertos como platos, mientras admiro cómo desgrana muchas de las raíces de los problemas que hoy se agarran a la sociedad estadounidense tras aquella Guerra de Independencia que dejó muchas heridas abiertas.

Todo subrayado por una nueva y sublime partitura de Ennio Morricone, que da su brazo a torcer y vuelve a trabajar con uno de sus más acérrimos fans, después de jurar y perjurar que jamás lo volvería a hacer después de sufrir el caótico modo de trabajo de Tarantino. Menos mal que ha cedido, porque su banda sonora machacona y repetitiva enmarca de forma perfecta la historia.

Cuentan las malas lenguas que la industria le ha dado de lado, una vez más, por su incorrección política, por su claridad de ideas, por meterse de lleno, de una forma cáustica y con un sentido del humor muy negro, en los problemas raciales del país. Quien sabe. Quizá es sólo que los vejetes que mueven los hilos de la industria de Jolibú no están preparados para la mala hostia de este personalísimo director que ha conseguido dejar una huella indeleble en la historia del cine.

Y aún no ha acabado.

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