LOS NIÑOS SALVAJES

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Hablar de la adolescencia es siempre una tarea complicada. Básicamente porque, en general, quien escribe libros sobre ella, quien dirige películas en las que los protagonistas viven en esta etapa, suelen haberla dejado atrás hace mucho tiempo, con el consiguiente olvido de las preocupaciones, los agobios y los sentimientos de esa época en la que tratamos de buscar nuestro sitio en el mundo.

Sin embargo, todos hemos pasado por ella. Todos nos hemos sentido fuera de lugar, incomprendidos, peleados con la sociedad y poseedores de una verdad absoluta que nos resistimos a entender por qué los que nos rodean no la ven. Aunque, seamos sinceros, realmente no llegamos nunca a superarla, tan sólo a enterrarla debajo de otras preocupaciones más mundanas y menos filosóficas, básicamente por falta de tiempo.

La nueva película de Patricia Ferreira trata de sumergirnos en la cabeza de tres chavales muy diferentes (¿cuáles no lo son?) que se unen casi por necesidad, en la búsqueda de almas gemelas, de seres de la misma especie con los que compartir su mierda, aunque luego no sean capaces de comunicarla.

Tres vidas marcadas por la incomunicación con su núcleo parental, tres familias con muchos más oscuros que claros, una orientadora estudiantil que trata cambiar la inercia del claustro de profesores de un instituto y un puñado de maestros resabiados, cansados, frustrados, quemados, sin ganas de educar, en el sentido más amplio de la palabra.

La peli consigue interesarme cuando acerca la cámara a Álex, Gabi y Oki, a sus conversaciones, a sus miedos, a sus puntos de vista, a sus esperanzas, a sus anhelos, a sus ojos. Gran parte de esta sensación se debe al talento de sus tres protagonistas, aunque en distinto grado.

De forma superlativa, sobresale Àlex Monner que tiene ese aire entre fragilidad y dureza, entre tipo duro y sensible que recuerda a aquellos primeros papeles del grandísimo Brando o de James Dean, de gamberros de dura coraza y tierno interior. Un chaval que ya destacaba en la nostálgica “Héroes” y que se convirtió en un rostro famoso en Cataluña con la serie de “Polseres vermelles”. Un chaval con una proyección enorme, si tiene suerte en sus trabajos venideros, si es que el cine en nuestro país consigue superar esta crisis loca.

También grande el trabajo de Marina Comas, que se confirma como un nombre a tener en cuenta después de ganar el Goya a la actriz revelación con “Pa Negre”, que se gusta en los papeles complicados, poliédricos, de grandes conflictos interiores. Por último, el primerizo Albert Baró, al que se le nota un poco más la falta de rodaje y que, aún así, consigue no desentonar en medio de sus compañeros.

Me rechina algo más la cinta de Ferreira cuando se aleja del trío protagonista para centrarse en los adultos que les rodean, donde parece que se pierden un poco las ganas de buscar el alma de los personajes, donde los clichés aparecen con mayor facilidad, quizá para aportar razones a lo que realmente le interesa.

Por último, hay una parte que, directamente, no me gustó. Me sacó de todo el entorno formado y me dejó con un sabor amargo en el paladar, por efectista, por desafinado y por alejado de la coherencia del resto del conjunto. El final, un poco a lo Shyamalan, trata de golpear al espectador con un directo a la boca del estómago que se viene anunciando, con una tensión muy bien conseguida, durante toda le película, pero cuando llega, no funciona. No me lo creo, no me cuadra y me deja con la senación de que ha sido buscado de forma poco natural, ya que el relato en ningún momento me encaja en ese último salto mortal con tirabuzón y triple Axel.

Una lástima, ya que hasta ese punto, había entrado de pleno en este cuento calmado, sincero y directo sobre esa gran putada de saberse rodeado de gente y sentirse solo.

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