LOS HOLLAR

Salida del festival de Sundance, esta comedia dramática familiar es el prototipo de cinta independiente que acude al conocido festival organizado por Robert Redford. Actor joven con gusto por la dirección, con una segunda película bajo su mando, con un plantel de lujo compuesto por secundarios habituales del cine plagados de talento y abordando tensiones familiares en clave de dramedia, pasando de la lágrima a la risa por medio de diálogos rápidos y acertados y con alguna dosis de surrealismo suave.

John Krasinski, conocido por su participación en la versión americana de “The office” se rodea de colegas de la profesión que engrandecen cada palabra que ha puesto el guionista en este libreto. Sobre todo, gracias a dos pedazo de actores veteranos de esos cuyas caras suenan a casi todo el mundo pero de los que poca gente conoce su nombre.

Por un lado la gran Margo Martindale, que tiene en su haber Tonys, Emmys y una larga trayectoria tanto teatral como en cine y televisión. Una mujer capaz de transmitir una tonelada y media de matices sin apenas mudar el rostro que, en este caso, se erige como pilar alrededor del que orbitan el resto de personajes.

Por otro lado, Richard Jenkins, otro actor forjado en el teatro que engrandece cada película y cada episodio en el que aparece. Un tipo que ha sido nominado a los Oscar por uno de los pocos papeles protagonistas que ha tenido, en la película “The visitor”, capaz de encajar en un drama, en una comedia o en un bodegón renacentista de forma siempre natural.

Alrededor de estos dos monstruos interpretativos y del propio Krasinski, caras conocidas como las de Sharlto Copley, Anna Kendrick, Randall Park, Josh Groban o Charlie Day, algunos más conocidos y otros menos pero todos ellos muy dotados para este tipo de comedia familiar.

Un joven sumido en una crisis existencial, con su novia a punto de dar a luz, su resistencia al compromiso matrimonial que la chavala ansía y su sueño de llegar a publicar una novela gráfica enterrada bajo toneladas de documentos de su grisáceo trabajo de oficinista, debe retornar al pueblo que le vio nacer y crecer al enterarse de que su madre ha sido internada después de un desvanecimiento en el baño.

Allí se reencontrará con una matriarca que parece la única sensata de una familia bastante loca, con un padre bastante pánfilo e incapaz de reaccionar ante situaciones que se escapen mínimamente de la cotidianeidad, con un hermano divorciado que vive con sus padres y espía sin demasiado disimulo el nuevo novio de su ex-mujer, con una ex-novia que ha formado una familia de manera bastante obligada y que no se ha olvidado de lo que sentía por él y con algún otro personaje que convertirá su retorno en una montaña rusa de experiencias.

A Jim Strouse, su guionista, se le nota el amor por los personajes y un gusto por las situaciones disparatadas que, como decía antes, hacen fluctuar el tono de la peli entre la risa y el llanto. Sin embargo, para mi gusto, en algunas ocasiones el tono surrealista de las escenas se le escapaba ligeramente de las manos, lo que hace que la película no llegue a ser redonda y en algunos momentos suene ligeramente desafinada.

Por otra parte, aunque intuyamos lo que, a grandes rasgos, va a ir sucediendo, la simpatía de los personajes hace que todo el trayecto se disfrute de lo lindo. Cada vez que aparecen por la pantalla Martindale, Jenkins o Kendrick, la película sube enteros y es imposible no salir de la sala con una estúpida sonrisa plantada en los morros.

Y al final, que eso pase, es una de las razones por las que entramos en una sala de cine, ¿o no?

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