LO IMPOSIBLE

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Ya lo dijo Juan Antonio Bayona (alias Jota) en alguna entrevista: hoy en día, es muy probable que esta película no se hubiese podido hacer.

Pero, ¿cómo? ¡Si se acaba de estrenar!

Ay, amigos, las cosas han cambiado mucho en estos últimos meses. Mucho más de lo que muchos votantes ingenuos podrían haber sospechado. La cultura ha pasado a ser un lujo, un complemento prescindible, el primo pobre del auténtico protagonista de nuestras vidas: el señor recorte. Libros, películas, series, discos, cuadros y demás artes se han convertido en fruslerías que deben de dejar de ser tratadas como funcionarios, chupando del bote y viviendo de sueños y triquiñuelas. El mundo debe volverse más gris para que los hombres de idem puedan mantener sus reales prebendas, mientras el vulgo se debe conformar con fútbol y toros, no vaya a ser que esa vieja costumbre de pensar les lleve a la conclusión de que lo mejor sería pegarle una patadita al castillo de naipes y rehacer las cosas con nuevos y más firmes cimientos.

Por suerte, Jota empezó la película en otros tiempos, que tampoco es que fueran un lecho de rosas para la cinematografía pero sí que estaban, aún, fuera de esta inquisición encubierta. Así que, el joven director pudo llevar a la pantalla la historia de María, una mujer que vivió el Tsunami que asoló el sudeste asiático en 2004. Una pelea asombrosa por la supervivencia y contra el desaliento de una familia que no ceja en su empeño de volver a reunirse. De esperanza, de amor, de espíritu, de lucha y con capacidad para drenar los lagrimales de los espectadores a velocidad de ola gigante.

La película tiene dos partes claramente diferenciadas. La primera, a modo de prólogo, en la que se presenta a la familia, por aquello de establecer lazos entre ellos y el espectador y que luego todo dé penita y donde se concentran las escenas espectaculares que han servido de promoción a la película, con el mar entrando en el resort y arrasando con todo y los protas intentando mantener las cabezas a flote. Después de los momentos de adrenalina, una segunda, cuando la tempestad da paso a la calma y la cámara sigue a los dos grupos en los que la familia de María se ha partido y las vicisitudes de cada uno por descubrir si los demás siguen vivos.

Quien esté esperando la clásica usamericanada en donde la primera parte ocuparía el 70% de la cinta haciendo uso de CGI a cholón, que no se moleste en acercarse a la sala. El grueso se centra en el drama humano que supone una tragedia de esas dimensiones. En la fuerza de la madre por sobrevivir a pesar de acabar dentro de la ola como un colador, del hijo mayor por tener que digi-evolucionar a adulto de repente, cuidando de su madre, a las duras decisiones que tiene que tomar el padre al tratar de reunir a la familia de nuevo y en la relación entre los dos hermanos pequeños, que deben cuidar el uno del otro.

Por esto, el punto fuerte se encuentra en las soberbias interpretaciones del elenco, elegido de forma inmejorable entre las estrellas de Jolibú. El matrimonio sobre el que recae el peso de la historia son Naomi Watts y Ewan McGregor, dos actores que nunca he visto fallar, comprometidos con el proyecto y que logran transmitir una humanidad y una vulnerabilidad que traspasa la pantalla. Además, acompañando a los dos conocidos actores, descubrimos a Tom Holland, un chaval de dieciséis años que viene de los escenarios británicos, dónde dio vida a Billy Elliot en el musical correspondiente que viene a confirmar mi creencia de que los ingleses deben empezar a recibir clases de interpretación en el mismo útero.

Quizá podría ser achacable en determinados momentos una búsqueda intensa de la lágrima, la congoja y el nerviosismo del espectador, a veces un tanto artificiosos. Sin embargo, es algo que, por lo general, no suele molestarme. Esas “trampas” que tanto hieren a los críticos sesudos no me parecen más que recursos y, como mucho, pueden chirriarme si son demasiado manidas, armas convertidas ya en clichés. No me parece el caso.

Por lo demás, una intensa peli, muy bien dirigida, que está arrasando en taquilla, a pesar de las dificultades para consumir productos de entretenimiento que se escapen de la caspa que nos quieren imponer los rancios y apolillados que pueblan nuestro rancio y apolillado parlamento.

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