LAS NIEVES DEL KILIMANJARO

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Mismo título, diferente película. Aunque existan dos títulos que hayan llegado hasta aquí con la misma traducción, perfectamente literal, de sus originales inglés y francés, respectivamente, los resultados son muy diferentes.

Una, de 1952, usamericana, con Gregory Peck y Ava Gardner, cuenta los recuerdos de un escritor malherido que se encuentra en África y pasa revista a su vida, que le ha llevado a su estado actual. La otra, estrenada el fin de semana pasado, francesa, habla sobre una pareja que ha luchado toda su vida por el compromiso social y la justicia laboral y que, alcanzando la cincuentena, tras una serie de experiencias vitales, se preguntan si su mentalidad sigue siendo la misma o su visión se ha ido transformando.

De la que hoy os voy a hablar es del estreno gabacho, un acertado guión repleto de grandes diálogos, con un puñado de actores muy entonados y una historia común enmarcada de forma perfecta en la destartalada realidad que nos ha tocado vivir, en donde los ideales, las visiones del mundo que nos rodea y nuestra moral, se ponen a prueba en cada telediario, para todo aquel que aprecie el autodebate interior en la búsqueda de un pensamiento crítico.

Robert Guédiguian es al cine galo un poco lo que Ken Loach supone al cine británico o Fernando León al nuestro, aunque en este último caso se trate de un autor mucho menos prolífico. Directores que no conciben el cine sin un cierto debate, sin una crítica constante al sistema en el que viven. Tipos con capacidad de reflexión y, es evidente, con una mirada de izquierdas que, aunque no quieran (puede ser que en todo momento quieran, eso no lo sé) impregna cada diálogo de sus películas de ideología, de los colores del prisma tras el que ven la realidad.

Sin embargo, “Las nieves del Kilimanjaro” no es un panfleto político o ideológico, ni mucho menos. La película es una tierna historia de amor. De amor por la persona con la que uno decide compartir su vida, de amor por los hijos, de amor por los ideales, de amor por los amigos, de amor desinteresado. Una película optimista y luminosa que deja una sonrisa tonta al salir del cine.

El filme comienza con un feo sorteo. Michel, el que pronto identificaremos como protagonista de la historia, saca nombres al azar de una caja, mientras se ve a un puñado de trabajadores de la misma empresa esperar expectantes. Uno de los nombres es el suyo propio y su mejor amigo le mira asombrado: “¿Estás loco?”. Efectivamente, se trata de un ERE en toda regla y Michel, como representante sindical, no tendría que estar entre los nombres de sus compañeros, pero su arraigado sentimiento moral le impide mantenerse al margen.

Abatido, se dirige a recoger a su mujer, quizá preguntándose si ha hecho lo correcto y la recoge a la salida de su curro como cuidadora de una señora mayor. Sin saber cómo decirle lo que ha ocurrido en la fábrica, se la lleva a cenar a un indio y allí, mientras eligen el plato, le cuenta que ya no tiene trabajo. Marie-Claire le mira y reconoce aún al chiquillo que leía comics y soñaba con ser un justiciero enmascarado. Es difícil vivir con un héroe, pero es todo lo que necesita.

En poco más de dos escenas y menos de diez minutos de película, Guédiguian nos ha plantado de lleno en la nueva realidad que vive la pareja, nos ha descrito de manera profunda sus personalidades, nos ha metido de lleno en la peli y en sus vidas y ha provocado un montón de sentimientos en nuestro interior: incertidumbre, tristeza, ternura, emoción. Si esto no es CINE, así, con mayúsculas, yo no sé qué puede serlo.

Una vez plantado, de un plumazo, el punto de partida y con quién vamos a vivir las siguientes dos horas, nos queda un pequeño giro central para provocar el debate, la duda, el conflicto que pegue un subidón al argumento y, de nuevo, el director lo consigue pillando al espectador totalmente desprevenido, en una escena casera en la que los protagonistas están a gusto y totalmente desarmados, introduciendo a traición un elemento desestabilizante, sin grandes florituras.

A partir de aquí, sólo nos queda asistir asombrados al resto de acontecimientos con los que tendrá que lidiar la pareja, como si una sóla pieza de dominó hubiese provocado la caída de una enorme hilera de momentos vitales nuevos, con recuerdos a vidas pasadas. Un golpe de mazo que hubiera derribado una pared que tapase la vista a un montón de cuestiones que habían sido desterradas de una vida ya acomodada.

Una película honesta y vitalista en la que el trabajo actoral brilla como un diamante entre el carbón, quizá gracias a que los actores son unos habituales en el trabajo del director y consiguen compenetrarse al menor golpe de vista. Con un guión casi perfecto, repleto de diálogos que fluyen con facilidad, como si no estuvieran escritos, como si fueran tomados de conversaciones escuchadas a hurtadillas.

Un baño de espuma después de la adrenalina en trajes ajustados y de colores que me ha dejado como nuevo. Listo para lo que quiera venir.

2 thoughts on “LAS NIEVES DEL KILIMANJARO

  1. La verdad es que los diálogos son el punto fuerte de la peli, junto al carisma de los protas (los dos, aunque a ti te caiga mejor el pavo). Todo lo contrario del trailer ese que vimos de mujeres por desiertos.

  2. Los diálogos y la historia en sí, que no deja ni un ratito para el aburrimiento. Pero sí, los actores son una parte muy importante para que todo funcione bien.
    La de las dunas tendría que ser un ejemplo en las universidades de cómo conseguir que un diálogo suene forzado, diga lo que diga.

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