LAS BRUJAS DE ZUGARRAMURDI

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¿Habrá tenido Alex de la Iglesia algún desengaño sentimental en el pasado más próximo? ¿Seguirá enamoriscado de la voluptuosa Carolinga Bang o estarán pasando por un bache?

Estas son preguntas que me surgieron cuando acudí a ver “Las brujas de Zugarramurdi”, la última película que se pasea, en escoba y sombrero de pico, por el particular universo del vasco, con sus diálogos alocados, sus personajes frikis de la españa profunda, sus actores fetiche y su sentido del espectáculo.

Si te gusta el cine de Alex, te gustarán las brujas. Sobre todo en sus dos primeros tercios, donde el humor gamberro y ágil campa a sus anchas, apoyándose en un grandísimo Mario Casas que hay que empezar a reivindicar a la de ya, eliminando el sambenito ese de que es un maromo que se limita a enseñar abdominal que nos impide ver a un actor que crece a una velocidad vertiginosa.

Y también en Hugo Silva, que no sorprende tanto, quizá porque no se aleja de la misma manera de lo que nos tiene acostumbrados. Y también, como no, en la eterna Carmen Maura, que da igual que le des un papel de bruja, de criada o de cerdo vietnamita, va la tía y lo clava con una naturalidad pasmosa. Y en Javier Botet, que lo mismo te hace de monstruo vampírico en “REC” como de tonto del pueblo bonachón y que, por si fuera poco, acaba de estrenarse en la dirección con uno de los fragmentos de “Al final todos mueren”, una peli en donde unos cuantos directores dan su visión sobre el fin del mundo.

Y también están por ahí Macarena Gómez con sus ojos de loca y Pepón Nieto con su cara de colega buenazo de la pandilla y Terele Pávez con su voz cascada y su cara de mala leche y Carlos Areces y Santiago Segura con sus gags surrealistas y su comicidad innata y Enrique Villén con sus toneladas de talento haciendo, como no también, de tío raro y Secun de la Rosa con otro secundario que acaba llenando la pantalla a cada frase y Carolina Bang mejorando (menos mal) poquito a poco en esto de la expresividad…

Hay muchísima gente pululando por Zugarramurdi y todos son muy buenos, todos tienen su instante de gloria y la locura “slapstick” y los diálogos rápidos del principio de la peli contribuyen a un buen número de carcajadas aseguradas pero, volviendo a las preguntas del principio, ¿qué le pasa a Alex con las mujeres?

Porque están todas muy, muy locas. Locas, manipuladoras, bipolares y absolutamente tóxicas para cualquier hombre que se cruce en su camino. Y ojo, que los tíos también se llevan su parte. Son más bien simples, tontunos y con el coeficiente intelectual de una lombriz de tierra pero la bota femenina con la que son aplastados, pisoteados y torturados es afilada, dentada y muy sádica.

Y, aún así, no me pareció para nada una película machista. Ni misántropa. Ni feminista tampoco. Me pareció una comedia divertida y muy, muy loca. Tanto como las brujas que la pueblan. Lo que no me impide preguntarme: Alex, ¿te han roto recientemente el corazoncillo que ocultas tras esa coraza de gourmet de restaurante de cinco estrellas Michelín?

La película es una delicia hasta que llega el momento de rematarla. Uno ya se da cuenta de que el tramo final, ese enorme aquelarre en el que se mezcla la mitología vasca (traer a cuento al gargantua y darle ese toque a lo Damien pasado por un tamiz brujeril me parece una grandiosa idea) con el Ku Klux Klan, se hace un poco largo pero, lo que es el epílogo me pareció un soberbio pegote que le quita gran parte de la gracia al resto del conjunto, cuando algo más de misterio y de final abierto no le hubiese hecho nada de daño.

En fin, ¿qué son diez minutos de empanada mental cuando los noventa restantes son un maravilloso despliegue de inspiración y tino?

Pues está claro: un diez por ciento.

Que se note mi educación de ciencias.

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