LAS AVENTURAS DE TINTÍN: EL SECRETO DEL UNICORNIO

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Es curioso. El año en el que salió a la luz una película como “Super 8”, de estética ochentera, de aventuras que nos recuerdan al cine del rey Midas de Jolibú y a nuestra infancia, dirigida por uno de los más avezados sucesores de Steven Spielberg, J. J. Abrams, es el año en el que el director de la gorra vuelve a las películas de aventuras que le hicieron famoso, de puñetazos que suenan ¡pfiu!, de persecuciones imposilbles, de malosos carismáticos.
¿Es eso lo curioso? No. Lo es que, a mi juicio, en una comparación entre ambas películas, el barbudo director pierda la partida. A pesar de alguna secuencia espectacular, algún punto de la película tremendamente brillante, de una tecnología que, ayudado por Peter Jackson, ha subido de categoría y se disfruta en pantalla grande como pocas veces hemos visto, Tintín queda por detrás de las aventuras de los niños de Abrams.
No es que la adaptación del reportero belga sea una mala película, al contrario. Está repleta de buen cine, de ramalazos del gran Spielberg, de acción con sentido y con una buena historia que la sustenta. Hombre, sólo faltaría, teniendo en cuenta el material que tiene a su disposición para construir el armazón. 24 historias que han elevado al personage de Hergé a la categoría de icono universal. Estaba claro que dos cerebros pensantes como los de Spielberg y Jackson no iban a confeccionar una chapuza con semejantes mimbres.
Y aún así, la unión de varias de las historias que han vivido en los comics Tintín, Milú, Haddock, Hernández, Fernández y compañía (en concreto de “El secreto del unicornio”, “El cangrejo de las pinzas de oro” y “El tesoro de Rackham el rojo”), no logran completar una película que me tuviera con los ojos como platos y el culillo apretado. Noto una falta de linealidad o me sobreviene un déficit de interés en lo que está sucediendo en ciertos momentos.
Tintín descubre, en una antiquísima réplica de un barco antiguo, conseguido de casualidad y justo a tiempo en un mercadillo, un mensaje oculto que desencadena una aventura y el conocer, por primera vez, al borrachín, pendenciero, malhablado e impulsivo capitán Haddock. Juntos recorrerán medio mundo para descubrir qué se oculta tras el secreto del Unicornio y enfrentarse al malvado Rackham.
La técnica empleada para rodar la película es la que ya había ensayado en varias ocasiones, olvidándose de algo tan importante como la historia, Robert Zemeckis. Una captura en 3D de los movimientos y las expresiones de los actores que dan lugar a una animación realista con las posibilidades infinitas que proporciona un dibujo animado. Una opción perfecta para adaptar una historia gráfica, ya que nos mantiene en un universo similar al del papel y que han conseguido perfeccionar hasta lograr que nos metamos en la historia a las primeras de cambio y que nos ponga, en más de una ocasión, los ojos como buhos ante tanta virguería técnica.
Además, dicha técnica, permite que apreciemos la labor del actor, que aporta su alma al personaje, algo en lo que Andy Serkis, que se ha metido en la piel de Gollum, King Kong o el monete de “El origen del planeta de los simios”, se ha hecho master absoluto, convirtiéndose en el actor sin rostro más camaleónico del cine actual. En efecto, Serkis está espectacular como el capitán Haddock, sobresaliendo con facilidad por encima del resto de sus compañeros, que no están nada mal. Jamie Bell como Tintín, Daniel Craig como Rackham el Rojo o los inseparables Simon Pegg y Nick Frost como Hernández y Fernández.
Además, cuenta con una de las escenas de acción persecutoria mejor coreografiada y más apasionante de los últimos tiempos. Un larguísimo plano secuencia (¿se puede llamar plano secuencia a algo de una peli de dibujos?), con una imposible persecución en motocicleta y side-car, por las calles de una inventada ciudad portuaria de Marruecos. Una escena en donde Spielberg demuestra que sigue dominando el arte de tenerte con los músculos en tensión y las pupilas dilatadas.
Pros y contras de una película de la que me esperaba algo más. Es el riesgo de haber realizado un puñado de películas que han pasado a la historia del cine y a lo alto de mi Hall of Fame cinéfilo particular.

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