LA VIDA DE PI

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Un chino, educado en universidades yankis, rodando una película sobre un indio, con tecnología punta, en la meca del cine usamericano. De esta ecuación sólo pueden salir dos posibles resultados: o x, siendo x el producto final, tiende a maravilla o x tiende a mojón. Afortunadamente, de forma absolutamente opuesta a lo que ocurrió con su Hulk, Ang Lee se acerca mucho esta vez al primer resultado. Supongo que porque el tema de la espiritualidad y el viaje iniciático de un muchacho hacia respuestas a preguntas profundas le toca mucho más de cerca que el de un monstruo verde con ganas de repartir rijostios como panes.

Porque, al fin y al cabo, parece que “La vida de Pi” es un envoltorio lujoso para una de las preguntas más recurrentes en la historia de la humanidad: ¿en qué debo creer? ¿Hay un ente superior a todos nosotros que guía nuestro camino? ¿Hasta los más desdichados acontecimientos tienen un por qué?

O puede que estas preguntas sean una mera excusa para filmar, de manera bonita y espectacular, paisajes a mitad de camino entre marinos y siderales, con un despliegue en la animación de animalicos asombrosa, traspasando la frontera de visibilidad entre lo real y lo infográfico. Un cuadro donde las tres dimensiones aportan verdadero valor estético y donde muchas veces dejé a un lado la parte racional sintiéndome satisfecho con la parte sensorial.

En realidad, el si el contenido de la película tiene un valor profundo o no es lo de menos, ya que en ningún momento aburre, a pesar de lo limitado del escenario y de los personajes. A la postre, se trata de las comeduras de tarro filosóficas de un tipo aislado del mundo y en una posición vital extrema, cuya existencia pende de un fino hilo. Al igual que le pasaba a Tom Hanks en “Naufrago”, el protagonista se ve obligado a soportarse y a buscar vías de escape y retos que le permitan encontrar la fuerza para seguir peleando, cambiando un balón de voleyball por un tigre con muy mala leche.

El comienzo, con un periodista que llega a casa de un tipo que, según le han dicho, puede hacer que se tambaleen sus creencias, tiene ese tono de cuento narrado al estilo “Amelie”, con sus personajes extravagantes que parecen fichados del imaginario fantástico de Michael Ende. Un prólogo donde el realizador consigue que nos encariñemos con un protagonista curioso, alejado de prejuicios, convencionalismos y corrientes sociales, el típico chaval inocente que recurre el mundo a su bola, irradiando de magnetismo. Un inicio donde aprovecha para introducir al espectador en el lenguaje visual preciosista y ecológico que irá subiendo enteros a medida que transcurre el relato.

Luego, el punto de ruptura. El momento en el que la historia entra en su parte central, el viaje fantástico de un adolescente en búsqueda de sus creencias, con tan solo una balsa, un tigre y el océano infinito, con todos los peligros mortales que alberga en su acuosa panza. La unión, por necesidad, entre la razón y el instinto en la búsqueda de una supervivencia poco menos que imposible. De nuevo vuelve Ende a sobrevolar ciertos pasajes, como la entrada en la intrigante isla de los suricatos, o el dramatismo enfervorizado del hombre y el tigre enfrentados a la ira de un dios cabreado, descargando su furia en forma de lluvia, rayos y centellas.

Una experiencia mágica que llega, como le habían adelantado, al alma del entrevistador, que asiste con ojos como platos al desenlace de la historia, momento en el que se deja caer la duda. ¿Parte de la misma es alegórica o el viaje es literal? ¿Importa la pregunta? ¿Es mejor limitarse a la historia creíble y mundana o el adorno gratifica el viaje? ¿O acaso cuando la realidad supera a la imaginación la verdad se vuelve leyenda, el recuerdo torna en mito y el humano se convierte en personaje de ficción?

En realidad, le damos la razón al sabio director oriental y no importa tanto el debate como el viaje en sí y las conclusiones personales a las que uno pueda llegar después del trayecto cinematográfico. Nuestro viaje mental guiado por el físico que vemos en la pantalla. Eso y que disfrutamos como niños ante sus primeros fuegos artificiales con el arsenal de recursos técnicos que emplea para plasmar la grandiosidad, belleza y peligros del vasto océano.

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