LA VIDA DE ADELE

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Si decidís a acudir al cine para ver “La vida de Adèle”, preparaos.

Preparaos para tres horas de película que se os pasarán en menos de la mitad. Preparaos para asistir al camino que traza una errática vida, que trata de encontrar su rumbo, narrada con una naturalidad y un naturalismo que te abofetea a cada segundo. Preparaos para descubrir a una actriz que traspasa la pantalla para colarse dentro de la piel, que conmueve en cada gesto, que no necesita más que una mirada de duda para desbaratarnos. Preparaos para las escenas de sexo más largas y cercanas que habéis visto fuera del porno (lésbico además, para que los ojos de los puritanos ardan en sus cuencas), sin tapujos ni tabúes, rompiendo con la retrógrada moral que se autoimponen cineastas y espectadores. Preparaos para contemplar la sensibilidad y los redaños de un director para plasmar en pantalla un relato tan común que nos parece algo extraordinario.

Simplemente sentimientos a flor de piel, dudas, experiencias que maduran y conforman una personalidad.

Simplemente vida.

Ahí es nada.

Ahora mismo, a bote pronto, no recuerdo ninguna película que, narrada al nivel de la mirada de un ser humano, me hubiese calado de forma tan profunda. No hay estridencias, ni carreras, ni tiros, ni efectos especiales. Sólo una chica que experimenta y crece. Sólo eso.

Hay momentos en que me encontraba emocionado por una escena que parecía tan real que hasta daba apuro, como si estuviésemos espiando a alguien conocido (porque a los cinco minutos de película Adéle ya ha pasado a formar parte de una conocida de nuestros círculos más próximos) a través del ojo de una cerradura.

Los diferentes capítulos sobre los que Abdellatif Kechiche posa suavemente su cámara están pegados a los poros de la piel y son de una verdad rompedora. Da igual que se trate de una noche de pasión revolviendo las sábanas, una ruptura traumática o el silencio que enmarca la cotidianeidad entre dos personas.

En gran medida, esta sensación de estar traspasando la pantalla para situarnos como fantasmas al lado de una persona real, la consigue el tremendo trabajo de Adèle Exarchopoulos, un prodigio de la naturaleza de 19 años que tiene una de las miradas más intensas y abrumadoras de la historia del cine. Una chiquilla que es capaz de dar el perfil de una perdida adolescente de instituto y de una sufrida maestra sin que ninguna de las dos resulte falsa.

Entre ella y Léa Seydoux, que ya tenía un mayor bagaje interpretativo, componen una relación humana tan cercana y reconocible que, curiosamente, nos atrae tanto como si nos contasen una aventura espacial de dos especies desconocidas. Es curioso cómo son capaces de llamarnos tanto la atención ambos extremos, historias “bigger than life” con sucesos remotos e imposibles y  las que caminan a ras de vida, inspeccionando la ambigüedad, las dudas y las contradicciones intrínsecas al ser humano.

Ya fuera de la película, la polémica. Tras los premios para actrices y director, las declaraciones de ellas poniendo a Kechiche como un tirano capaz de tenerlas días seguidos simulando un inacabable orgasmo, con órdenes que rozaban la violencia oral y un trato casi vejatorio. Unas declaraciones que ya ha suavizado la actriz protagonista y que, seguramente quedarán en nada en poco tiempo.

¿Es lícito que el director se sirva de mecanismos psicológicos desagradables para pulsar las teclas que logren subir niveles en la actuación de las protagonistas? Supongo que dependerá del caracter de las actrices, de lo que se dejen, de lo brutal de las triquiñuelas del director y de las posibles secuelas que puedan dejar pero lo cierto es que la clase magistral que dejan Adèle y Lea raya la perfección.

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