LA TORTUGA ROJA

Lo he dicho más de una vez: no soy bueno para los simbolismos. Los símiles se me escapan, las metáforas permanecen en algún punto ciego ajenas a mi mirada y las dobles lecturas se esconden como Wallys camuflados entre el resto del mensaje. Por eso, consciente de mis limitaciones, me encantan aquellas películas que me dejan con la sensación de que algo más acecha tras el follaje y, tras fascinarme con las imágenes, me obligan a buscar entre foros y opiniones de gente lista y con gafas para completar el cuadro.

Eso, cuando las imágenes me fascinan. Otras veces, a pesar de que atisbo la sombra de una presencia simbólica oculta entre el subtexto, puedo vivir sin llegar a descubrirla. El resto de la trama no me ha llevado a preocuparme por la exploración posterior y, simplemente, salgo de la vida de esa película y vuelvo a la mía.

Con “La tortuga roja”, me sitúe en esta segunda opción. La película es bonita en su conjunto, se ve con gusto, gracias al exquisito cuidado por la animación tradicional y su corta duración y sabes que el director y guionista holandés Michael Dudok de Wit está contando más que la historia de un náufrago que llega, por los pelos, a una isla desde un mar embravecido y, tras comprobar que un enorme quelonio no le deja abandonarla, debe aprender a vivir y buscarse las castañas, o en este caso los cocos, en su nueva morada.

El relato, que se inicia instalado en la cruda realidad de una batalla por la supervivencia, va derivando poco a poco hacia la fábula con pinceladas de magia y el retrato vital de hombre que se ve obligado a empezar de cero. Sin una sola palabra, la belleza de los trazos de Dudok nos guían por las experiencias vitales de este Robinson Crusoe cuyo destino le tiene preparada una vida que no imaginaba.

Muchos días de sol y arena más tarde, llega ese final extraño y, sin embargo, muy acorde con el resto de la película que me deja con la sensación de no haber entendido bien lo que me querían contar. O, lo que sería peor, con la de haberlo entendido y no llegar a llenarme como hubiese esperado.

Reconozco, no os creáis, la proeza de haber conseguido llevar un relato de esta sencillez a buen puerto. Como también deben haberlo reconocido los colegas del Estudio Ghibli en coproducción con un par de estudios franceses al financiar su primera película europea. Un esfuerzo medible en los diez años de intenso trabajo que ha llevado la construcción de la peli.

Es cierto que las expectativas que llevaba puestas cuando entré a ver “La tortuga roja” superaron la impresión final pero eso no impide apreciar la belleza que impregna muchas de las escenas. Los cangrejos que acompañan al protagonista, la desesperación que se desgarra en gritos solitarios, los extraños giros argumentales o la violencia desatada por el mar cuando se le hinchan los salitres.

Yo soy muy torpe para descifrar todo lo que se esconde tras la literalidad, pero quizá tú no lo seas y puedas apreciar mejor está historia muda.

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