LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA

Veamos a ver si empezamos a dar salida a unas cuantas películas que se han quedado en suspenso con la llegada de las vacaciones y dejamos, de nuevo, el cuentakilómetros a cero de cara a comenzar con el nuevo curso cinéfago.

La primera de ellas es esta película alemana basada en hechos reales que se sitúa en un tono cercano a “El club de los poetas muertos”, mezclado con exorcismos cinematográficos de los demonios del país germano post II Guerra Mundial tipo “La ola”.

Estamos en 1956 en Berlín, Alemania Democrática. Faltan cinco años para que construyan el famoso muro pero cruzar la frontera se torna cada vez más complicado y escuchar noticias veraces, que no pasen por el tamiz de la propaganda gubernamental, es una labor titánica.

Un grupo de amigos de una clase cualquiera de un colegio cualquiera, se reúne de vez en cuando en casa del abuelo hippy de uno de ellos y escucha una emisora americana que la dictadura comunista imperante considera ilegal. Allí se enteran de las víctimas de la revolución húngara de 1956 y deciden que no pueden quedarse impasibles ante tamaña injusticia.

Mediante una votación, deciden realizar un minuto de silencio en clase. Una acción que podría quedar como una anécdota, pues lo van a hacer sin reivindicar el motivo, sin embargo, dichos instantes ponen muy nervioso al profesor de turno, que lo instancia hacia arriba y el caso acaba llegando hasta el mismísimo ministro de educación que llega al colegio decidido a cortar de raíz tamaña afrenta de librepensamiento.

Las tensiones entre los alumnos comienzan a agudizarse y se mezcla el miedo a una represión académica, las voces familiares y las propias dinámicas de amistad entre los alumnos, mientras el gobierno alemán trata de dividir el grupo para brindar un castigo ejemplar, aunque sea sobre una cabeza de turco y así demostrar a la nación que ir en contra del pensamiento oficial pasa factura.

Es muy fácil empatizar con las dudas de los alumnos, con sus sentimientos de lealtad y su miedo a tomar una decisión que marque su destino con un marchamo de fatalidad, la presión de unos progenitores con una visión túnel que les impide ver el cuadro completo y sólo quieren que sus hijos no lo pasen mal, olvidando que asentar los valores morales puede llegar a ser más importante a largo plazo.

¿Quién no se ha visto nunca en una situación en la que tuviera que decidir entre delatar a algún amigo, aunque fuese por alguna chorrada o apechugar con la ira de la autoridad de turno ante un silencio cómplice? ¿Cómo reaccionamos en aquellos momentos, de trascendencia, seguro, muchísimo menor que la que nos comentan en la película?

Al igual que en la película de Peter Weir en la que Robin Williams trataba de enseñar a sus alumnos a pensar “fuera de la caja” y a no asumir como verdad absoluta todo lo que viniese de instancias superiores, ésta de Lars Kraume basada en una novela de Dietrich Garstka hace lo propio pero, en este caso, dotando al relato de una veracidad real, sobre un caso que ocurrió por aquella época y enmarcada en un momento político muy interesante para entender cómo hemos llegado a la situación política europea actual.

También para revivir esos momentos de adolescencia en los que, poco a poco, vamos dejando atrás la inocencia infantil para meternos de lleno en los problemas del mundo adulto, en el que tomar decisiones ya no sale gratis y hemos de decidir entre seguir la corriente y acallar nuestra conciencia o rebelarnos, actuar de corazón y asumir las consecuencias. Momentos que tan bien han retratado películas como la mencionada de Peter Weir, “Cuenta conmigo” de Rob Reiner o “Mud” de Jeff Nichols.

Por si todo esto fuera poco, las actuaciones de los chavales, desconocidos en nuestro país, están perfectas y ajustadísimas, conformando una clase muy real, sin malos absolutos ni buenos impolutos, lo que confiere a la peli con un ambiente veraz en el que es muy fácil meterse.

Da mucha envidia ver cómo los alemanes siguen armando este cine crítico con su pasado en vez de optar por mantener a los fantasmas enterrados en las cunetas para no herir sensibilidades, como hace algún otro que yo me sé.

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