LA LLEGADA

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Lo primero que debo deciros es que no sigáis leyendo si no habéis visto la película. No porque vaya a dejar aquí grandes spoilers, que no lo voy a hacer, sino porque esta nueva cinta del canadiense Denis Villeneuve es una de esas obras que se disfrutan muchísimo más viéndolas sin tener ni puñetera idea de su argumento. Con ver en el póster en el que salen Amy Adams, Jeremy Renner y Forest Whitaker y hay una vaina enorme suspendida sobre un valle de fondo es suficiente.

En serio, ¿aún estás aquí? Venga, un último apunte. Es ciencia ficción de la tradicional, sin grandes explosiones en pantalla pero con grandes explosiones mentales, con diálogos científicos y filosóficos currados y la extraña capacidad, poco presente en el género hoy en día, de hacer que sigas dando vueltas al melón acabada la película. Hala, ya está, ve ya a verla y vuelve luego, este post seguirá aquí y podrás rebatirme o ahondar en las ideas planteadas. Venga. Chop, chop.

Dicho esto, supongo que ahora ya sólo quedamos los que la hemos visto, aquellos que me ignoran por sistema y los que temen ir a ciegas al cine, que necesitan conocer los detalles antes de arriesgarse a dejarse los cuartos en la taquilla. Así que empecemos por el principio.

Louise es una reputada lingüista, solitaria, algo taciturna y volcada en su trabajo, que un día ve cómo su rutina diaria se ve afectada por una pequeña circunstancia a nivel mundial. Doce naves extraterrestres se posan sobre doce puntos aleatorios del planeta provocando temor, curiosidad, altercados varios, movimientos militares y, a nivel algo más local, que los alumnos de sus clases en la universidad no acudan a las mismas.

Sin embargo, Louise no tardará en ser protagonista del evento cuando el ejército usamericano, que trata de discernir lo más rápido posible si los visitantes vienen con intereses más cercanos al cine de Steven Spielberg o al de Michael Bay, la fichan como experta para que intente comunicarse con los tripulantes, junto con un reputado físico y matemático.

El trabajo de ambos expertos, junto con sus equipos de trabajo y las diferencias, a primera vista insalvables, entre el lenguaje de los aliens y el de los humanos, dará lugar a transformaciones filosóficas y emocionales en sus esquemas mentales, todo mientras intentan resistir el stress de una cuenta atrás a contrarreloj marcada por el aumento de las hostilidades de otras naciones contra estas extrañas naves suspendidas a unos metros del suelo.

El resultado de esta pirueta cinematográfica, que parte de un alabado relato corto del escritor estadounidense con ascendencia china Ted Chiang, que ganó el premio Nébula en el año 2000, es una proeza brutal de ritmo, planificación y dosificación argumental que eleva a Denis Villeneuve a la élite de los directores contemporáneos. El tío ha conseguido un nivel asombroso en sus últimas películas, desde aquella autopsia sobre la venganza en “Incendies” en el 2010, pasando por el intenso thriller de “Prisioneros”, la lynchiana “Enemy” y la nerviosa “Sicario”, única de la lista que me falta por ver. Se mueve como pez en el agua en cualquier género y pone especial atención en la construcción de personajes sin desatender la evolución de las historias. Todo esto ha logrado que recaiga sobre sus hombros una de las empresas más peligrosas y arriesgadas del nuevo siglo: acometer la secuela de la mítica “Blade runner”.

“La llegada” tiene varias partes muy diferenciadas y que se acoplan entre ellas como amantes experimentados y calentorros. Todas filmadas sin prisas y con mucha paciencia para ir envolviendo al espectador en la experiencia de los propios protagonistas, para que sintamos sus miedos, sus nervios, su excitación, sus sensaciones de triunfos y de fracasos en carne propia. Y para ello filma la primera parte del film de la forma más pausada posible, plantándonos poquito a poco la personalidad de su protagonista, su fichaje por parte de los altos mandos y su llegada a la nave, mostrando la enormidad de la misma y lo pequeñita que se siente Louise a su lado gracias a una fotografía espectacular y las marcianas y densas notas de Jóhann Jóhannsson.

Al finalizar esta fase pueden haber sucedido dos cosas: o bien el espectador está totalmente inmerso en la historia, identificado con la profesora y emocionado ante el primer contacto con los extraños seres o bien ya se habrá aburrido. Si ha sucedido lo segundo, será difícil que remonte en lo que resta de peli, que entrará en teorías y simbolismos y necesita de la confianza y la atención del respetable. Si por el contrario, el espectador ha entrado por la primera opción, la satisfacción no parará de aumentar en lo que queda de metraje.

Algo más allá de la mitad de la cinta, si sois tontorrones como yo, experimentaréis una de las sensaciones más placenteras que se pueden sentir en el cine, más allá de las que puede proporcionar el porno. Es ese momento en el que, de repente, todas las piezas que habéis estado reuniendo a lo largo de la cinta, se colocan suavemente en su lugar y el cerebro hace click. En ese preciso instante es cuando nos damos cuenta de que estamos ante una obra superlativa. La historia original de Chiang, el trabajo de adaptación de Eric Heisserer (responsable de los reboots de “Pesadilla en Elm Street” o “La cosa”) y la puesta en escena de Villeneuve te han estado introduciendo conceptos más o menos complicados, como la teoría de la relatividad lingüistica de Sapir-Whorf, sin tratar de mirarte por encima del hombro y  de forma muy asimilable, así como otras ideas mucho más humanistas, emocionales y filosóficas, de una manera endiabladamente entretenida y revolucionando tu engranaje neuronal. Todo ello sin dejar de lado una dirección brutal y un cuidado mayúsculo por el personaje femenino protagonista.

Quizá haya que resaltar también que el resto de personajes que orbitan alrededor de Louise, como Ian, el físico, el coronel Weber o el agente Halpern de la CIA, están mucho más desdibujados y menos tratados que el de su partenaire. Sin embargo tienen los rasgos mínimos y básicos para que la historia avance sin perder con el espectador su vínculo emocional y también es cierto que los actores encargados en darles vida están tan entonados que este hecho casi llega a pasar desapercibido.

Porque es cierto que todos los intérpretes que participan en el film parecen estar comprometidos con la causa de manera férrea. Ese Forest Whitaker que encarna al militar frío y responsable, ese Michael Stuhlbarg que da vida a la cara más hermética y peligrosa de la burocracia gubernamental o ese Jeremy Renner que consigue hacer simpático cualquier personaje, por muy desdibujado que esté.

Pero por encima de todos ellos, vuela el brutal trabajo, una vez más, de Amy Adams. Una mujer a la que no le importan los protagonismos, que se mimetiza con los personajes a los que da vida de una forma casi mágica. Da igual que sea una stripper reconvertida a timadora en “La gran estafa americana”, una princesa recién salida de un cuento con sabor a Disney en “Encantada”, la novia del superhéroe más conocido del mundo en “El hombre de acero” o la vecina tímida y tristona de una sociedad hipertecnificada en “Her”.

Adams posee cualquier personaje que le otorguen y, sin ínfulas ni sobreactuaciones, se limita a hacer lo que el papel requiera. Si en este caso es una académica apática y con enormes carencias afectivas y tiene que actuar de forma discreta y contenida, pues sea. Y aún así, consigue aportar un abanico de emociones y estados tan brutal a lo largo de la historia que, sin duda, se sitúa con facilidad en uno de los mayores portentos de su generación.

Creo que debo ir parando aquí si no quiero incurrir en algún destripe innecesario, aunque os haya advertido previamente de que no llegaseis a este punto sin haber visto la película. Sin embargo, todo lo que se pueda decir de “La llegada” de aquí en adelante, forma parte de las conversaciones que la propia película genera al salir del cine, donde cada uno puede tirar de teorías personales o retazos de ciencia divulgativa que haya leído para enriquecer aún más la experiencia que la ciencia ficción pura da a los cinéfagos de pro. Algo que mejora con la cantidad de cañas que se toman tras la salida de la sala.

Lo que está claro es que Denis Villeneuve ha dirigido una cinta que, con el tiempo, se convertirá en un referente del género y, probablemente, en una película de culto. Y eso antes de lanzarse, a pecho descubierto y sin red, a desarrollar una de esas secuelas que a priori se consideran imposibles, por el poso que ha dejado la predecesora en la memoria de millones de espectadores en todo el mundo.

Esperemos, que al contrario de lo que le dice el doctor Eldon Tyrell a Roy Batty en la película de Ridley Scott, la luz de Villeneuve brille durante mucho tiempo, a pesar de estarlo haciendo con muchísima intensidad.

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