LA LLAMADA

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Rozando el palo. O lambendo o pau, como decían en los partidos de la TVG. Así fue como llegamos a ver “La llamada”, una comedia musical loca y tróspida que protagoniza Macarena García en el teatro Lara, ya que finaliza a la de ya sus representaciones. Así que, los que no la hayáis visto ya, leeréis esto, en principio, sin posibilidades de comprobar mis palabras por vosotros mismos.

A joderse. Haber estado atentos.

Porque lo cierto es que me reí bastante. En algún momento soltando alguna carcajada ruidosa. Aunque eso no constituye una gran novedad, ya que mis carcajadas no son susurradas, precisamente. Si uno ha de reírse, mucho mejor hacerlo sin filtros, liberando la felicidad como si fuese un disparo, sin dejarse nada dentro. Limpieza de alma de primera clase.

La obra es rarita, todo hay que decirlo. Como un delirio low-cost de un Baz Luhrmann castizo que mezclase la religión católica con la imaginería pop y los desfases hormonales de la pubertad. Un par de adolescentes de diecisiete años pasan el verano en un campamento de monjas aprovechando al máximo esa etapa de cambios, escapándose de vez en cuando a fiestas electrolatinas, con la connivencia de una novicia joven y aguantando las broncas de una monja enrollada.

El conflicto surge cuando a una de las mozas, María (¿el nombre es casualidad? No lo creo. Titotatíntatíntatín), se le aparece Dios. Enfundado en un traje negro. Cantándole canciones de Whitney Houston con banda en directo.

Claro, la chica, se siente confundida, se hace preguntas, entre ellas cómo se llamaba la cantante esa negra que murió hace poco que es versionada de repente por el todopoderoso. Menos mal que justo está entre profesionales que podrán aconsejarla sobre cómo preguntarle a aquel que construyó este tinglado en seis días, qué es lo que quiere.

Con esta premisa se construye una de las obras con casting más acertado de las que he visto en mucho tiempo. Cuatro actrices que están absolutamente perfectas en unos papeles, que engrandecen un texto que, no está mal pero, sinceramente, tampoco es que tenga mucha chicha. Sin embargo, esos diálogos repletos de cháchara brillan en la boca de estas cuatro estupendas actrices, que dominan la comedia a la perfección, sospecho que metiendo alguna que otra acertada morcilla de cuando en vez. Sobre todo unas increíbles Gracia Olayo, Belén Cuesta y Anna Castillo, ya que sus papeles se prestan más a las situaciones hilarantes que el de Macarena, que ejerce más de achuchable hilo conductor.

Mención especial para Anna, una actriz de veinte años que me sonaba de algo y no sabía qué, hasta que me di cuenta de que tenía el papel de empollona en “Promoción fantasma”. Una chica con una naturalidad apabullante y una vis cómica natural que lucía con aplomo en muchos de los momentos más aplaudidos.

Con una banda en directo que lo hace muy bien y unos números musicales que no necesitan de grandes voces (menos mal, porque ninguna de ellas es Olivia Newton John), la función se pasa en un vuelo entre chascarrillos de un humor casi siempre blanco y que utiliza la religión católica como leit-motiv, sin meterse en críticas ni alabanzas.

El único punto negativo, mi propia torpeza a la hora de reservar las entradas. Entendí que la categoría Principal se refería al patio de butacas y de repente nos encontramos en el segundo anfiteatro, no pudiendo asistir a las apariciones del creador, que decidía manifestarse al fondo del teatro, justo debajo de nosotros.

Por lo demás, una gran obra con mucha gracia.

De Dios, claro está.

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