LA GRAN ESTAFA AMERICANA

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David O. Rusell está de moda. Todo el mundo habla de este director de 56 años por sus tres últimas películas. Es lógico pues, gusten más o menos, llama la atención que las tres han conseguido un buen número de premios, elevando las actuaciones de algunos de sus protagonistas hasta el Oscar. “The fighter”, “El lado bueno de las cosas” y “La gran estafa americana” tienen personajes muy golosos y sus historias muestran, moviéndose entre la comedia y el drama, las aristas, debilidades y contradicciones del alma humana.

Sin embargo, hace unos años, nadie pensaba que el realizador de Nueva York iba a volver a dirigir.

Allá por 1998, O. Russell era un afamado director indie que se disponía a petarlo con su primera peli de gran presupuesto. “Tres reyes” tenía los ingredientes para hacerlo. Un conflicto internacional actual de fondo, un argumento algo loco y tres actores de renombre encabezando el reparto. Pero entonces, empezaron las bofetadas. Literalmente.

Cuentan que llegó el día en que George Clooney se hartó del trato vejatorio que estaba dando David a los técnicos y se lo hizo saber. El dire no se amedrentó y se encaró con la estrella. Un grito llevó a un insulto y de aquí pasaron a la hostia limpia. Tuvo que ser un bonito cuadro contemplar a una estrella y un aspirante a director estrella repartirse estopa en medio del desierto, como si fuera un patio de instituto. Lástima de un teléfono con cámara en esos momentos.

Sin embargo nunca hay que tirar la toalla porque algo parecido sucedió algunos años más tarde, con la tecnología mejor preparada para captar estos tróspidos momentos. Clooney se había ocupado de pregonar que no iba a volver a trabajar con aquel tipo y David trataba de pasar página centrándose en el desarrollo de su siguiente peli, titulada “Extrañas coincidencias”. Entonces tuvo una disparidad de criterios con la actriz Lily Tomlin, que en cualquier otro rodaje se solventaría con una sana discusión que quizá incluso condujera a mejorar la escena. Pero O. Russell no era un tipo de nervios templados, precisamente, y ahí estaban las cámaras para inmortalizar el momento. Y entonces, sucedió esto.

Quién sabe por qué, pero ese pequeño berrinche lo convirtió, de la noche a la mañana, en un leproso en la meca del cine, artísticamente hablando. Bueno, el enfurruñe y que no fue a ver la película ni su tía la de Cuenca.

Tuvieron que pasar seis años, un divorcio, un hijo bipolar, una conversión al budismo y el que un amigo se acordase por fin de él, para que el iracundo cineasta volviese a disponer de otra oportunidad. Mark Wahlberg, que no se había peleado con él en el rodaje de “Tres reyes”, lo llamó para que se hiciera cargo de una historia construída para repartir Oscars. Sin dudarlo, el dire se agarró al milagro como un koala a su bambú y, un rodaje más tarde, Christian Bale y Melissa Leo tenían un Oscar en sus vitrinas.

Bueno, y el propio Wahlberg una nominación, que ya es para darse con un canto en los dientes. Porque, seamos serios, todos dudamos que el otrora rapero y modelo de gallumbos conocido como Marky Mark vaya a recibir un premiaco gordo con esa expresión ruda que nos luce en cada rodaje.

Más tarde, el realizador se valió de sus experiencias con los trastornos psicológicos para dar una nueva campanada con “El lado bueno de las cosas” y ahora parece que caga oro con cada nuevo encargo, ya que no para de recibir alabanzas por los líos de estafas, estética porno setentera y peinados rarunos de su nueva criatura. Por no mencionar que igual Christian Bale vuelve a recibir premios a mansalva por volver a sus dietas extremas, luciendo una grimosa panza con calva incluida. Parece que se entienden bien actor y director y quiero no pensar que sea por dejarse los estribos en el cajón por la mañana, como Bale demostró aquella vez.

Y es que a Jolibú le encantan las historias de caída y redención, de tipos que muerden el polvo para a continuación levantarse y superar todas las expectativas. Es la explicación más plausible que encuentro al hecho de que estas dos últimas películas estén recibiendo tanta admiración por parte de la crítica. Porque, aunque no están mal y son entretenidas, no me parecen tan brutales como dicen.

Que sí, que estoy de acuerdo con que el neoyorquino consigue extraer oro de sus personajes, pero esa mezcla de comedia ácida y drama indie que exhiben, se me atraganta un poco.

“La gran estafa americana” es una especie de “El golpe” pero con personajes que tienden a resultar antipáticos. Una pareja de timadores, una mujer histérica, un político carismático, un policía egocéntrico y pasado de vueltas y, alrededor de todos ellos, una intrincada trama que pretende emplumar a un montón de cargos corruptos y mafiosos organizados. Todo plagado de diálogos enajenados y personajes llevados al límite.

El batiburrillo se extiende durante dos horas y cuarto, ahí es nada, liando y desliando la madeja hasta un final muy “made in Hollywood” y, aún así, no llega a cansar, lo cual tiene su mérito.

Aunque tampoco llega a emocionar, lo cual me lleva a preguntarme por qué lleva tanto crítico emocionado detrás.

Estamos en las mismas de siempre. El cinéfago que hay en mi interior se sacia con material menos excelso y con más calorías.

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