LA GRAN BELLEZA

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Cuando salí de la sala, una de las primeras cosas que se me vinieron a la cabeza fue pensar en qué habría escrito Boyero sobre esta peli. El famoso crítico de pluma afilada es un gran amante del cine clásico usamericano y suele detestar las modernidades y películas experimento, así que pensé que serían unas risas leer su crítica.

La sorpresa fue mayúscula cuando leí que, aunque la primera vez que la vio no la había gustado, quizá influido por la sobrecarga de imágenes en la vorágine festivalera, decidió darle a la peli una segunda oportunidad. A mí, en mitad del film se me habían quitado las ganas de darle siquiera la primera. Pero la sorpresa aumentaba cuando comentaba que en el siguiente visionado había apreciado muchas más cosas y le había acabado encantando.

Y es que algo debo no haber entendido porque “La gran belleza” se está postulando con energía como la mejor película europea del año, ahí en una carrera igualada junto con “La vida de Adèle”, “Amor” o “La caza”. La gran mayoría de la crítica interplanetaria la alaba sin reparar en gasto de epítetos, tiene un 7.7 en Filmaffinity y un 7.9 en IMDB y no para de recibir nominaciones y premios.

Sin embargo, a mí me ha parecido un ejercicio visual curioso y bien rodado sobre un guión con una enorme cantidad de nada. Un montón de personajes vacuos, realizando actividades intrascendentes mientras sueltan diálogos pedantes en una Ciudad Eterna decadente y fotofóbica.

Y no nos engañemos, la peli va de eso, de la vida de un snob pagado de sí mismo que vive excesos nocturnos rodeado de la fauna más excéntrica, falsa y pija de Roma. Y supongo que habla de ello la mar de bien. El problema es que a mí, el tema, no me interesa lo más mínimo.

Un par de veces durante el largometraje, los personajes hablan sobre la idea que tuvo Flauvert de escribir una novela sobre la nada y su incapacidad de llevarla a cabo. Creo que Paolo Sorrentino lo ha intentado en el formato cinematográfico y lo ha conseguido. Ha logrado estrenar una película de dos horas y media sobre la nada más absoluta. Sobre el humano relleno de nada, sobre los diálogos vacíos, sobre la ausencia de objetivos, sobre el comportamiento más estúpido.

Los personajes aparecen y desaparecen del argumento sin que se produzcan arcos dramáticos o justificación de ningún tipo, las conversaciones son las del snob cuya única preocupación es quedar por encima del de al lado con un argumento filosóficamente vacío pero cargado de retórica, hay escenas totalmente absurdas que están ahí de manera gratuita, quizá por quedar bien estéticamente. Toda la película gira alrededor de las apariencias sin verdadero fondo y supongo que ahí es donde radica su valor, además de la poderosa interpretación de Toni Servillo, su protagonista absoluto.

Reconozco que el objetivo está conseguido y reconozco la fuerza de muchas de las secuencias pero, repito, las andanzas de este grupo de vividores me importa un silbato. Me aburren las larguísimas secuencias de festa rachada, me cansa su cháchara intrascendente y me siento repelido por la antipatía de sus personajes.

Una película excesiva y hortera que retrata un estilo de vida abofeteable, que va ejecutando un slalom entre la belleza y la fealdad que dudo que deje a nadie indiferente.

De ahí a mejor película europea del año hay un abismo de Helm. La misma grieta que nos separa a mí y a los críticos de medio mundo.

Algo no he entendido. Seguro.

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