LA FORMA DEL AGUA

No conozco personalmente a Guillermo del Toro… como es obvio. ¿Os imagináis que hubiese empezado este post con: conozco personalmente a Guillermo del Toro? Menudo bombazo y giro de los acontecimientos. Hubiese catapultado a este blog a una dimensión radicalmente distinta. Pero no, seguimos con las opiniones de chichinabo y los análisis de todo a cien.

Como decía, no conozco personalmente a Guillermo del Toro pero viendo sus películas me lo imagino como un niño grande, un adulto que sigue jugando con los monstruos que le han maravillado desde niño, un tipo entrañable, generoso y achuchable que inventa cuentos de hadas para continuar soñando y haciendo soñar.

Es uno de los pocos directores del que me he visto todos sus largometrajes hasta el momento y reconozco que, al margen de que unos me gusten más que otros, siempre consigue envolverme en el mundo que crea para sus historias, hasta en sus películas de encargo menos personales.

“La forma del agua” no es una excepción y a pesar de no ser la que vaya a colocarse en lo alto del podio de mi ranking personal, quizá sí sea la que más bonita me ha parecido. Sus elementos visuales y sonoros, conjugan de una manera espectacular. La fotografía del danés Dan Laustsen, un habitual de cintas fantásticas y de terror, la ambientación, el vestuario, el diseño de personajes y, por supuesto, la genial banda sonora de Alexandre Desplat, te sumergen en ese mundo a mitad de camino entre “Amelie” y “La ciudad de los niños perdidos” en el que transcurre la historia de amor entre Elisa y el monstruo marino.

Sin embargo, como me ha sucedido en más ocasiones con sus películas, el argumento no me llega con la misma intensidad. Entiendo que es una fábula, que no precisa de una gran profundidad y que trata el tema del amor sin prejuicios de una manera sencilla. Sé que su gran baza es cómo se presenta este amor y la grandeza de sus interpretaciones y aún así no puedo evitar que me parezca todo demasiado simple, con personajes que bordean la caricatura y poco desarrollo en algunas de sus tramas o arcos evolutivos.

Me pasa con la relación entre los dos outsiders, la muda que a pesar de su vida rutinaria y su incomprensión por parte de una gran parte de los que le rodean elige la felicidad y el cariño de su compañera de trabajo Zelda y su vecino Giles, que se enamora del monstruo capturado y torturado por los despiadados trabajadores de estas instalaciones gubernamentales secretas. Ambos seres sienten un flechazo un poco porque sí, porque es necesario para el devenir de la trama, sin detenerse a mostrar los inicios de dicho amor.

Me pasa con el personaje de Michael Shannon, que vuelve a estar enorme e imponer cada vez que aparece en pantalla, como nos tiene ya acostumbrados. Su malo malísimo, Richard Strickland, es un villano de dibujos animados, al que nos vemos obligados a odiar sin paliativos desde la primera hasta la última escena. No hay grises en su maldad como tampoco los hay en la bondad de Elisa, interpretada con muchísimo mimo y cariño por Sally Hawkins, en la de la Zelda robaescenas de Octavia Spencer o en la del sofisticado y cinéfilo Giles en manos de uno de los mejores secundarios del cine moderno, Richard Jenkins.

Todo sucede única y exclusivamente para avanzar la trama hacia el desenlace que tiene pensado el realizador mexicano, dejando de lado tramas que podrían haber tenido algo más de peso. El huevo que se le cae a Elisa en el laboratorio, la relación de Strickland con su mujer y sus hijos y su obsesión con el silencio, la búsqueda afectiva de Giles, la importancia de la sala de cine que existe bajo el piso de Elisa… todo se muestra y es a continuación abandonado con la misma velocidad.

A del Toro le interesa más dar alguna que otra pincelada sobre los prejuicios hacia lo distinto, la incomunicación humana y poner en la balanza la monstruosidad de la raza humana en comparación con la inocencia de otro de sus queridos monstruos, interpretado nuevamente por ese actor sin rostro que es Doug Jones, sin ahondar en ellos para centrarse en la envoltura, dando lugar a escenas de inconmensurable belleza, como el sueño del prólogo, la escena de amor en el baño de Elisa o ese final etéreo y un poquito previsible.

Es su forma de hacer cine, es su forma de concebir una historia y lo ha dejado claro a lo largo de toda su carrera. Le importa mucho más la imaginería, el monstruo y la creación de esos mundos que la construcción de guiones complejos y no tengo absolutamente nada que reprocharle al respecto.

La película es, como he dicho, preciosa y la dirección es irreprochable. La manera que tiene Guillermo de unir todos los elementos cinematográficos no me extrañaría que le regalase el Oscar a la mejor dirección, aunque dudo que sea suficiente para concederle el de mejor película.

Yo espero que le premien con unas cuantas estatuillas doradas y que luego me invite a su casa para ver dónde las ha colocado en medio de sus monstruos y sus juguetes. Así empezaría el post de su siguiente película con: conozco personalmente a Guillermo del Toro.

Y fliparíais.

2 thoughts on “LA FORMA DEL AGUA

  1. Pos opino más o menos como tú. Es bonita, quizá sea en cuanto a dirección de lo mejor de Del Toro, tiene una maravillosa fotografía (la música encaja con el mundo y la historia, pero no me ha entusiasmado, la verdad)…, pero no me ha llegado. Se pasa el rato.

    Salutations.

    P.S. Cuando conozcas al bueno de Guillermo…, preséntamelo.

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