LA EXCEPCIÓN A LA REGLA

Llámalo magia, llámalo química, llámalo fortuna. Nadie puede prever si una película va a triunfar en el cerebro de un espectador. No hay baremos medibles, no hay reglas estrictas, no hay una forma de realizar un enlace directo entre un puñado de neuronas y un producto cinematográfico.

A priori, la última película de Warren Beatty, un tipo que es una leyenda en en Jolibú usamericano y que no se había puesto a los mandos de una producción desde hacía diecinueve años, tenía todos los ingredientes para gustarme. Y analizadas por separado sus características, puestas en una balanza neutral, todo indica que debería hacerlo.

La ambientación es exquisita. La forma en la que plasma aquella meca del cine de finales de los años 50, con sus aspirantes a actrices capaces de actuar, bailar y cantar esperando su oportunidad, sus grandes estudios lidiando con los caprichos de sus totems, su puritanismo de fachada y su mundo de cartón piedra se retrata de una forma perfecta.

Las actuaciones están a la altura. Warren Beatty se mete en la piel del traumado y raruno Howard Hughes, Lily Collins es adorable interpretando a esa aspirante a actriz inocente y atrevida, Alden Ehrenreich da el tipo como el recién llegado con ganas de comerse el mundo de los negocios y la cantidad de grandes nombres de la industria que acuden a la llamada de Beatty para papeles que en algunos casos rozan el cameo, como Matthew Broderick, Candice Bergen, Alec Baldwin, Ed Harris, Annette Bening, Martin Sheen, Oliver Platt o Steve Coogan, es impresionante.

El punto de partida y las historias que se abren a partir de él son interesantes. El universo alrededor de ese multimillonario, medio genio medio perturbado llamado Howard Hughes, da para mucho, como ya demostraron Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio en “El aviador”. Tanto la historia del cineasta ya mayor al que tratan de ridiculizar por medio de una biografía no autorizada, como su lucha por continuar con el control de sus negocios o la complicada historia de amor entre uno de sus asistentes y una de sus actrices, que tienen la estricta regla de no liarse bajo pena de ser despedidos, tienen suficiente gancho como para atraer mi atención.

Sin embargo, a pesar de estas y otras bondades, los 126 minutos de película me agotaron y me aburrieron, resultándome insufribles en más de una ocasión.

Recapacitando sobre ello, creo que el mayor motivo es que todo está tan deslavazado, tan desordenado, tan deconstruido, como si se tratase de la propia mente desestructurada del magnate o de un senilismo incipiente del cineasta, que no podía llegar a concentrarme. El montaje se me antoja sin el más mínimo sentido narrativo y la historia va pegando saltos que no veo que correspondan a ningún criterio, pasando de una historia a otra y de una escena a la siguiente de forma aparentemente aleatoria.

Esta forma de contar la historia me resulta extraña al principio, me mosquea en el medio y me enerva al final. No puedo con ella y acaba por anular el resto de fortalezas de la peli, por mucho que sean muchas más.

La magia no hace su efecto y a partir de la hora estoy deseando que acabe la película, que se me hace eterna, a pesar de los destellos de calidad que supuran algunas de las escenas. Warren Beatty conoce el oficio y construye momentos que, por separado, funcionan pero, a mi modo de ver, no consigue hilarlos de manera coherente.

Quizá la peli sea una metáfora del propio personaje y yo no lo haya pillado pero, el que yo no me entere de los simbolismos sí que no es una excepción a la regla.

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