LA CUMBRE ESCARLATA

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Pensándolo con detenimiento, creo que Guillermo Del Toro me ha acabado cayendo mejor por su forma de ser, por su amor por el cine de género, por su pasión a la hora de asumir proyectos, que por sus películas. Éstas, aunque me gustan, salvo un par de excepciones que se han quedado a las puertas de la excelencia, no me han llegado a enamorar.

Las dos películas que más he disfrutado del director mexicano son “El espinazo del diablo” y “El laberinto del Fauno”. Me lo he pasado pipa con “Cronos”, “Mimic”, “Blade II” y las dos entregas de “Hellboy”. Mientras que “Pacific Rim” ha sido la única con la que no he conectado. Y, aún así, sigo esperando que su siguiente película me parezca la hostia. Y, como me conozco, sé que lo seguiré esperando, porque el tipo me cae bien.

“La cumbre escarlata” aún no es esa película y entra a la categoría de proyectos de Del Toro de pasárselo bien en el cine. En gran medida porque, como le pasa muy a menudo, la puesta en escena y la realización de este cuento victoriano son apabullantes. Es una película que entra por los ojos desde el primer momento, con ese tratamiento del color que recuerda a las antiguas películas de terror de la llegada del cromatismo al cine, con esos vestidos elegantones, con esa mansión destartalada repleta de secretos al que llega la protagonista. Todos los aspectos de la producción están cuidados al mínimo detalle y eso se nota.

Por otra parte, el director ha conseguido reunir un tridente actoral brutal, que queda tan bien en ese siglo XIX que parece que ha vivido en aquella época. Mia Wasikowska, con esa belleza serena, pálida y frágil encarna a una protagonista con tintes feministas que pierde sus ideas por amor, Tom Hiddleston, que desde que lo vimos enredar por Asgard comprobamos que los trajes exóticos le sientan como un guante y la impresionante Jessica Chastain, un camaleón que da el pego de perversa hermana victoriana, de física nuclear, de grunge alocada o de lo que se ponga, un auténtico animal actoral al que da gusto paladear en pantalla grande.

Así que, si tan bien están los actores y tan conseguida está la ambientación, ¿por qué esta película no consigue emocionarme? Me repito, chavales, pero como casi siempre, por el guión. Una historia que, aunque desprenda ese olor a clásico, aunque tome elementos que han funcionado toda la vida y puedan seguir funcionando, se quedan en una superficialidad abrumadora. El andamiaje sobre el que se construye el relato se parece muchísimo a la casa familiar sobre la cumbre escarlata: desprende autenticidad, está repleto de pequeños detalles que lo hacen interesante pero no hay nada realmente novedoso y está vacío por dentro, lleno de agujeros a través de los cuales se vislumbra la nada.

Esa inocencia y esa honestidad de la propuesta, un cuento clásico de fantasmas, juega tan a favor como en contra. Transmite simpatía, porque no engaña a nadie, cae simpática y se ve con interés pero su falta de profundidad provoca que se olvide demasiado rápido. Uno se queda con ciertas imágenes, salidas de la imaginación desbordante de Guillermo (por favor, esa planta baja sin tejado sobre la que, continuamente, cae una liviana lluvia que va cambiando con las estaciones es una imagen para la posteridad), como ilustraciones antiguas de un libro polvoriento encontrado en la biblioteca de un viejo caserón. Sin embargo, la historia se desvanece en la memoria como los fantasmas que alberga.

Por eso, sigo aún esperando que este director consiga escribir o encontrar el guión perfecto, la historia que consiga aunar su poderío visual con un fondo de categoría. La película que le haga perdurar en el tiempo.

Tarde o temprano, lo hará.

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