LA BODA DE MI MEJOR AMIGA

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Aprovechando el día del cine, hace unas semanas, nos dio por ir a ver alguna de esas películas que no nos atrevemos a escoger al precio normal. Seis euros y pico, en el mejor de los casos, sin palomitas, ni bebida, ni gominolas, en plan espartano, es un precio lo suficientemente respetable como para pensarse despacio en qué imágenes invertir las siguientes dos horas.

Por el contrario, si la sesión cuesta dos euros, uno se atreve a intentar pasar un rato de risas con una película como “La boda de mi mejor amiga”, con su humor escatológico, su parte romántica,  su protagonista envidiosa e infantil, sus secundarios a cada cual más rarito. Un producto con el suficiente punto extravagante como no sonar a pura repetición.

Annie es una chica que no tiene mucha suerte con los tíos. Bueno, acabo de decir que la peli no suena a repetición y empiezo con la frase más usada en la descripción del mundo de la comedia romántica. No he dicho que sea un dechado de originalidad. ¿Me dejáis seguir o me vais a interrumpir a cada párrafo?

Pues eso, que no tiene suerte, así que se dedica a acostarse con un playboy de poca monta, intentando enamorarle filtrando el hecho de que es un capullo integral. Además, deberá lidiar con el hecho de que su mejor amiga ha decidido casarse, nombrándole a ella dama de honor number one, con la responsabilidad que ello conlleva. Trabajo que se hace más difícil al tener que competir con una nueva amiga de su amiga (un lío, tenéis que concentraros) que parece ser doña perfecta: guapa, atenta, un prodigio en las relaciones públicas y la mejor anfitriona del universo. Una especie de Mary Poppins de las amistades femeninas.

Así que la historia se centra en Annie, en la mezquindad que supura cada vez que esta nueva aspirante al Nobel de la amistad intenta pasar por encima suya, en los tropiezos que sufre intentando prepararle a su amiga la mejor despedida de soltera de la historia de las despedidas de soltera y en la aparición en su vida de un policía con cara de informático friki.

La película funciona a bastantes niveles gracias a tres pilares fundamentales, pueden ustedes tomar nota convenientemente:

a) La actriz protagonista: Kristen Wiig. Una chica de esas cuya cara suena y no sabes si es que la has visto en alguna peli o se parece a tu vecina del quinto (algo que en mi caso sería raro al vivir en un edificio de cuatro pisos). Buscando información, no creo haberla visto antes, pues resulta que es una fija en el Saturday Night Live, una actriz de doblaje de dibus de varias series y que ha participado en películas que no he visto. A partir de ahora, no tendré duda en identificar su cara, pues es una de las actrices con más vis cómica que he visto en mucho tiempo.

b) Los secundarios: con papeles que aportan lo justo en cada momento. Desde esas locas compañeras de despedida de soltera, con rostros televisivos americanos que no nos suenan demasiado, Rose Byrne, guapísima y tremenda en ese papel de tocapelotas constante o Chris O’Dowd, cuyo careto despistado y buenazo siempre nos recordará al personaje de Roy en “The I.T. Crowd”, pero que a poco que haga consigue generar una sonrisa.

c) El humor brutote: ver a una chica que, probándose el vestido que va a llevar en su boda, tiene un acceso gastrointestinal (más conocido como apretón del quince) y tras encontrar el baño de la tienda de altísima costura ya ocupado por sus damas de honor, en la misma condición, tiene que salir corriendo y acaba dejando un regalo en medio de la carretera, no es algo que se suela dar en la comedia romántica. Así que, si uno consigue encerrar la vergüenza ajena a buen recaudo, es probable que suelte alguna que otra carcajada.

Aún con todo esto, no os esperéis que falten los momentos más cotidianos como las reconciliaciones, los encuentros del amor verdadero y los pasajes de manual de comedia romántica. Pero no son muchos, están espaciados y vienen apaleados por los sketches de incorrección. Así que no se puede pedir mucho más.

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