LA AVERÍA

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Ya había mono de teatro. Hacía eones que no nos acercábamos al calor de un escenario y el hormigueo del directo empezaba a convertirse en zumbido, así que, viendo la amplia oferta dramática en la capi y atendiendo a las sugerencias de la pandi (cuanto diminutivi), elegimos la puesta en escena de esa bestia interpretativa agazapada en cuerpo de señorita de nombre Blanca Portillo de una obra basada en el cuento breve de un suizo (como los relojes de cuco) llamado Friedrich Dürrenmatt. Cuento que ha sido convertido a obra de teatro por Fernando Sansegundo (no sabía que había un patrón de los segundones… habrá que empezar a ponerle velas) y que habla sobre algunos problemas endémicos de la sociedad actual como el exceso de individualismo, los planteamientos maquiavélicos para la consecución de objetivos, la avaricia, los prejuicios, la ética (o falta de ella), los conceptos de ley, justicia, condena y redención y la sabiduría y experiencia del que es relevado de sus quehaceres por exceso de cumpleaños. Temas universales y fuente inagotable de propuestas que en este caso cobran forma en el cuerpo de unos ancianos que se reúnen periódicamente en una casa para realizar un extraño juego, al que será invitado un viajante de comercio que se queda tirado en medio de ninguna parte por causa de una avería en su flamante bólido último modelo y cilindros en V (nunca he sabido lo que significaba colocar cilindros como si fueran patos migrando, pero queda guapo ponerlo).

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No sé qué es lo que me atrajo más de la obra, si el texto, los actores o la escenografía y caracterización, tres aspectos en los que “La avería” destaca como un pijo de polo de cocodrilo en el festival de Ortigueira… pero en el buen sentido. El texto es a ratos cómico, a ratos filosófico, a ratos dramático, las interpretaciones esconden la verdadera edad de los actores detrás de un trabajo físico y de voz enorme y la escenografía se hace con el espacio que ofrecen las naves del matadero de Madrid de forma mágica, mientras que el trabajo de maquillaje que se adhiere como una segunda piel a los actores es más propio de los medios cinematográficos que del teatro, con un detalle y una precisión admirable. Se debaten mis inquietudes de escritor, mis ratos de actor y mis ceros en clase de plástica por aplaudir a alguno de los tres puntos, aunque como no se deciden, acaban marchándose de cañas pasando del tema y hablando de la rehabilitación de Lindsay Lohan.

Esto son rayadas mías, porque lo único que hay que hacer (bueno, en Madrid no porque ya se han ido, pero igual en otras ciudades del territorio aun podéis, ahora que han salido de gira) es sentarse en la butaca y dejarse llevar por una historia que va recorriendo regiones tan diferentes como la comedia, el absurdo, el drama, el thriller o el terror (con un punto musical en ciertos momentos que pone los pelos de punta). Seguir con atención el camino que transita el perdido viajante de comercio (perdido en varios y profundos sentidos) al escuchar a esos viejos charlatanes que tratan de abrirle los ojos… y quizá algo más.

Sólo me chirría un poco el único personaje femenino, encarnado por Emma Suarez, un elemento que representa un poco el destino, el azar, la parte ilógica de la propuesta y ha sido luego cuando he leído que es el único que no estaba en el relato original y me he sentido listo y gafapasta al advertir la falta de armonía de su papel con el resto. No es que no me haya gustado, pues sus apariciones dan lugar a algunos de los momentos más absurdos y psicotrópicos del argumento, pero sí que sentí que no cuadraba con lo que le rodeaba en el momento del desenlace, donde las cartas se van desplegando ante los ojos del anonadado comerciante, de manera literal y abstracta.

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Impresionante el trabajo de esos ancianos maravillosamente caracterizados, encarnados por Fernando Soto, Asier Etxeandía, Daniel Grao, José Luis Torrijo y Emma Suárez, que se dan un aire con el abuelo de los diminutos, el Jim Carrey de una serie de catastróficas desdichas, Fétido con mostacho, el ángel de “Qué bello es vivir” y Morgana. Vale, las tres últimas están muy cogidas por los pelos, pero las dos primeras son vivas imágenes especulares. Fenomenal el papel de José Luis García-Pérez como el comerciante con ansias de grandeza. Grandísimo el trabajo de dirección de Blanca Portillo que construye auténticos cuadros animados que se quedan en la memoria. Enorme la idea de que los personajes estén transitando por la casa y el jardín, en sus quehaceres, mientras el público se va acomodando en sus butacas.

Y para rematar, parte del público dio una verdadera lección de cómo de acertadas son las conclusiones que saca la obra. Una de las últimas frases la dice uno de los ancianos, refiriéndose al viajante, cuando le comenta a sus colegas: “no ha entendido nada”. Mientras los aplausos sonaban en la mayoría de la sala, algunos espectadores comenzaron a desfilar por delante del plantel hacia la salida, con prisa de llegar a algún sitio que no dudo que sería de importancia vital para la supervivencia de la humanidad. En todo caso, supongo que los actores estarán acostumbrados a que parte del público decida no aplaudir y aprovechar para salir haciendo el mayor ruido posible por delante de sus agradecimientos a la platea, precedidos todos por las sprinters del día, dos señoras de pelo cardado y voluminoso, más oros que el patriarca de un clan gitano, pintadas como cuadros renacentistas y con pinta de haber ido a lucir al teatro los últimos modelitos de Potorrio y Chuminio.

Supongo que en ese momento a Blanca Portillo se le pasó por la mollera la misma frase que a mí:

“no han entendido nada”.

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2 thoughts on “LA AVERÍA

  1. Ayyy, yo pensé lo mismo del fiscal… era él, era él!!
    Y por cierto, el maquillaje era de cine, no era de teatro. Lo dice Blanca Portillo en una de sus entrevistas. El maquillaje de teatro no es tan bueno 🙂

  2. Jeje, he de confesar que lo del maquillaje lo leí antes de ponerlo. No soy tan observador como parece.

    Y sí, Asier Etxeandía podría haber sido doble de Jim Carrey sin dificultad.

    Besitos.

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