LA AUTOPSIA DE JANE DOE

Como íbamos diciendo el otro día, el Maestro de Motores se acercó por el hangar familiar para visitar la nave y aprovechamos para merendarnos una estupenda sesión doble fantástica con muchas ganas.

Tras salir de los frenéticos vagones repletos de muertos vivientes orientales y enmendarle la plana al director en el típico debate loco post-película, nos metimos de lleno en el taller familiar de un médico forense y su hijo a esperar el cadáver de una desconocida que aparece semienterrada en la escena del crimen de una casa de la misma localidad. Una Jane Doe, como dicen los usamericanos, que dará lugar a una inquietante y claustrofóbica película a medio camino entre los fantasmas, las posesiones y las casas encantadas.

El director es un noruego llamado André Øvredal que triunfó en el festival de Sitges de 2011 con una película titulada “Troll hunter” que, en su día nos pareció algo extraña por el avance y decidimos dejar de lado. Decisión que demuestra, una vez más, el poco criterio que tenemos el Maestro de Motores y yo a la hora de elaborar nuestro calendario festivalero.

Seis años después y con tan sólo un cortometraje entremedias, se baja desde la nieve escandinava hasta la niebla londinense y ficha, nada más y nada menos, que a un Brian Cox que no para de aceptar proyectos en una espléndida madurez actoral y un Emile Hirsch que parecía que se iba a comer el mundo después de la espléndida “Hacia rutas salvajes” y que ha pasado algo desapercibido desde entonces.

Ellos dos llevan, casi en exclusiva, el peso de la película y lo hacen con una fantástica química que en muchos momentos consigue salvar escenas que con peores actores podrían haber resultado irrisibles.

La historia va de un médico forense bastante sherlockiano, sabio y amante de los enigmas que enseña el oficio a su hijo con cada nuevo cadáver que llega al puesto de trabajo situado en los sótanos de su casoplón. Cuando llega la Jane Doe del título, no entienden nada. La ciencia no consigue explicar el estado del cuerpo, ni la causa de la muerte, ni las evidencias que se van encontrando al ir diseccionando el fiambre y, por si esto fuera poco, cosas muy raras comienzan a suceder dentro de los fríos pasillos de los bajos de la casa.

Desde el primer momento sentí empatía por los dos protagonistas y me metí de lleno en aquel sótano lleno de olores a alcoholes, productos químicos y música rock proveniente del viejo radiocassette y a eso ayudó mucho una primera hora soberbia, donde se sugiere mucho más que lo que se muestra y donde el misterio de la muchacha difunta se va desarrollando muy poco a poco.

Es cierto que, a partir de cierto punto, el realizador abre la mano y deja que la película se desmelene, rompiendo de esta forma el clima oscuro, contenido y nervioso del principio, pero tampoco llegó a molestarme. El señor Øvredal aprovecha muy bien el escenario e introduce a padre e hijo en un juego del gato y el ratón en el que deberán descifrar el misterio a tiempo si quieren sobrevivir.

Quizá hubiera agradecido que la película se cerrase de una manera algo más evidente, en vez de dejar la puerta abierta a una posible secuela que siga desarrollando el misterio de la identidad de la mujer. No lo veo necesario y es posible que empañe el buen trabajo de esta pequeña obra que, con bastante probabilidad, pasará desapercibida para el gran público.

Por dejar constancia de todas las opiniones, el Maestro de Motores no se mostró tan complacido como yo por el cambio de rumbo de la película y acabó situando su opinión sobre la misma en la fina línea que separa el éxito del fracaso.

En todo caso, la sesión continua sirvió para abrir boca de cara a la XIV Muestra SyFy que tendrá lugar entre el 2 y el 5 de marzo de nuevo en la capital y en la que volveremos a unir fuerzas junto con el resto de la pandilla basura, a la que ya echamos de menos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.