KIKI, EL AMOR SE HACE

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Que Paco León está cambiando nuestro cine, a base de pequeñas revoluciones, es un hecho. Se lanzó a la aventura, peleándose con las distribuidoras, con su primer largometraje como director, apoyándose en la familia y tirando de costumbrismo e ingenio a pesar de la escasez de medios. “Carmina o revienta” nos descubrió la vis cómica de la matriarca de la familia y la capacidad como realizador del propio Paco, que quizá lo habíamos dejado algo encasillado entre “Aida” y sus parodias en “Homo zapping”.

El tío, se lió la manta a la cabeza y estrenó la película al mismo tiempo en salas de cine y videoclubs on-line, cabreando a una industria que sigue anclada en un modelo de gestión obsoleto cuyas grietas tratan de sellar con discursos rancios y echando balones en el patio de Internet.

No le dio mayor importancia y después de levantar la secuela de la señora Barrios, el actor y director se ha animado con una comedia de encargo, libremente basada en la película australiana “The little death”, con más dinero detrás y haciendo gala de un humor incisivo y atrevido, sin caer en la chabacanería ni la risa de pincel grueso en un tema tan difícil de abordar de forma digna como son las filias sexuales.

Además, casi de casualidad, he completado la experiencia acudiendo al Microteatro por Dinero a ver una especie de spin-off de uno de los personajes de la película. En realidad yo iba a ver a un amigo en una excelente micro-obra de comedia negra con tintes de thriller llamada “Venganza fraternal” pero, ya que estábamos, aprovechamos para acercarnos a ver “Kiki Kagaseya”, donde Maite Sandoval expande, con muchísima gracia y un ritmo admirable, su personaje de madre no tan moderna como ella pensaba.

Pero volvamos a la película. El estilo de humor de Paco León es peculiar, ya que la puesta en escena es tremendamente naturalista, con interpretaciones veraces y un estilo muy sosegado mientras que los diálogos son brutalidades de tamaños descomunales. Tanto es así que, algunas de las historias, si fueran sacadas de ese contexto de comedia, podrían verse como auténticas historias de terror. Sin embargo, esa ligereza a la hora de contarlas y esos personajes que hablan sobre ellas como si estuviesen hablando de un desengaño o de ir a comprar el pan, les dan un cariz realmente hilarante.

El director sevillano se destapa como un gran director de actores y el amplio plantel que se ha puesto a sus órdenes está inmenso en sus respectivas historias. Belén Cuesta, Natalia de Molina, Alex García, Candela Peña, Luis Bermejo, Alexandra Jiménez… todos están perfectos en los papeles de esos locuelos humanos con apetencias sexuales fuera de la norma.

Filias y gustos que se tratan, además, de forma muy natural. Desde la visita a ese garito de encuentros sexuales temáticos de lo más variopintos, hasta las escenas amatorias en las que los personajes encuentran el orgasmo de formas inimaginables. Paco León deja claro que él cree de manera firme que cada persona posee una sexualidad distinta y no debe haber tabúes, aunque en algunos momentos la libertad de cada uno puede llegar a chocar con la libertad del que está enfrente… o debajo. De ahí que la ligereza con la que se toma la narración aparte la mirada de lo que, en algunos casos, podría llegar a ser un abuso, un engaño o, directamente, un acto punible.

De todas formas, puede que esto sea una rayadura de coco excesiva para una comedia que, lo único que pretende, es la risa del respetable, a ritmo de una banda sonora festiva y calentorra y no un tratado filosófico sobre el sexo.

Y ahí, Paco León, ha encontrado nuestro punto G.

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