JURASSIC WORLD: EL REINO CAÍDO

Es muy difícil que, hoy en día, la saga de Parque Jurásico genere ni la mitad de entusiasmo de lo que generó la primera y alucinante película que Steven Spielberg nos regaló allá por 1993. Debemos partir de esa base. El tema quizá esté demasiado manoseado y los recuerdos nostálgicos de las sensaciones que invadieron a los que por aquella época éramos adolescentes son imposibles de igualar.

Por lo tanto, la entrada en el Hollywood de los grandes presupuestos de Juan Antonio Bayona podría haber sido un caramelo envenenado. Expectativas imposibles de cumplir, antecedentes de una película que, eliminado el factor nostalgia, se quedaba en poco…

Sin embargo, la pericia como realizador de Jota queda, con el estreno de esta nueva entrega, fuera de toda duda. Con un guión que, aunque es cierto que trae alguna que otra idea fresca, no consigue nada absolutamente novedoso, el director español consigue alumbrar secuencias espectaculares, piezas de acción que sí constituyen una novedad en la saga y momentos para el recuerdo, además de lograr ensamblar una película cargada de entretenimiento y aventuras que no deja casi tiempo a respirar.

Tras el fiasco de la primera apertura real del parque imaginado por John Hammond hace más de dos décadas, los dinosaurios fueron abandonados a su suerte en Isla Nublar, con tan mal fario que un volcán entra en erupción poniendo en peligro la vida de todos ellos.

Claire intenta conseguir un cambio en la ley para salvar a los bichos, sin embargo todo indica que la respuesta es un no rotundo. Cuando la llaman de la fundación Hammond para salvar algunas de las especies y construir un refugio alejado de la mano del hombre o la explotación mercantil, acude de nuevo a Owen para llevar a cabo la operación y conseguir un futuro feliz para su pequeña y mortal amiguita jurásica Blue.

Obviamente, las cosas tardarán poco en torcerse de nuevo.

La película está claramente dividida en dos segmentos de carácter muy diferente. El primero, continúa la inercia de la saga con carreras sin respiro en una isla a punto de sucumbir ante la naturaleza pero es en la segunda cuando Jota dota de personalidad propia al film, situando un tercer acto en el interior de un enorme caserón e imprimiendo a muchas de las escenas de un ambiente de terror clásico que les sientan como un guante.

Es en el apartado visual y en la dirección donde la película consigue los mayores aciertos, con una realización muy spielbergiana en muchos momentos, sin embargo se echa de menos que el guión no incidiera algo más en los conflictos morales y éticos de la ingeniería genética y se limite a pasar por ellos de puntillas, volviendo a centrarse en el espectáculo y en el sprint continuo.

Eso no quita para que la película sea más compacta y atractiva que la anterior, con momentos de humor muy conseguidos a cargo de, cómo no, Chris Pratt y que la química entre éste y Bryce Dallas Howards se sienta más cercana y real.

Está claro que llegará la tercera parte de esta segunda trilogía, parece que a cargo del director de la primera, Colin Trevorrow y os engañaría si os dijese que no voy a acudir, puntualmente, a verla. Sin embargo, también creo que sería un buen momento para bajar el telón del mosquito conservado en ámbar porque es difícil que los animales viejunos tengan mucho más que contar.

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