JURASSIC WORLD

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Punto 1. La nostalgia es un peligro.

Un arma de doble filo. Por un lado permite a los productores y directores ofrecernos productos que, presumiblemente, no iríamos a ver si no estuviera involucrada pero, por otro, nos crea ciertas expectativas que son, a veces, imposibles de cumplir.

En mi caso, nunca sé demasiado bien cómo me afecta. En ocasiones, me llena de ganas de ver ciertas secuelas (“Star Wars”, “Indiana Jones”) y en otras me provoca cierta pereza. La nueva película del parque de dinosaurios era del segundo bloque y mis expectativas se situaban, más bien, en la parte baja. Quizá por eso salí del cine más satisfecho de lo que esperaba.

Puede que, por hallarse en la primera categoría, la nueva peli de la galaxia muy, muy lejana necesite muchos argumentos para dejarme babeando en la butaca. O no, que ya he dicho que no sé muy bien de qué forma me afecta la nostalgia y el síndrome hype en cada caso.

Punto 2. John Williams es un jodido genio.

Esto es algo que ya barruntaba, pero no sabía hasta qué punto el alma de las películas de Steven Spielberg cabalga a lomos de las bandas sonoras del compositor.

Al poco de empezar “Jurassic World”, hay un momento en el que las celebérrimas notas de “Jurassic park” comienzan a sonar. Se van acercando despacito. Como de puntillas. En ese momento, de repente, nos vemos transportados en el tiempo y en el espacio y aparecemos en la isla Nublar allá por 1993, con menos años y el corazón henchido de expectación. Ese instante supone un temprano punto de inflexión en el que nos sumergimos en la película como si nos hubiésemos tirado a bomba desde un trampolín. A partir de aquí, hubo cosas que me gustaron más y cosas que me gustaron menos, pero Colin Trevorrow me ganó. Supe que la nostalgia iba a ser utilizada para hacer el bien y cada nuevo detalle de la primera película se antojaba un sincero homenaje.

No tengo ni idea de qué pensaríamos ahora mismo de Spielberg si, en un universo paralelo, no se hubiese encontrado con John Williams, pero nadie puede imaginarse “Tiburón”, “Encuentros en la tercera fase”, “Indiana Jones”, “E.T.” o “La lista de Schindler” sin sus temas más significativos.

Punto 3. La pareja protagonista: ¿lo mejor y lo peor?

La relación entre el malote de Chris Pratt y la pelirroja Bryce Dallas Howard me rechinó desde el primer segundo. Esa manida tensión sexual, presente en el 90% de películas y series de acción desde que el cine es cine, metida con calzador, no había por donde cogerla. El machote y la dama en apuros… venga ya Trevorrow, no puedes ser tan previsible.

Y, sin embargo, no lo es. A pesar del principio y el final, el director se atreve a coger los tópicos y meterles un meneo. Sí, Starlord es un gamberro molón pero es ella la que le salva el pellejo y la que desencadena el desenlace. En realidad, es ella la que avanza la trama y es esta relación la que saca la mayor parte de las carcajadas. Bueno, ellos y algún puntito de la pareja de técnicos de la sala de control, con un grandioso gag hacia el final.

Eché en falta que hubiesen arriesgado un poquito más en la idea, evitando ese previsible desenlace romántico hacia la puesta de sol. Pero, al menos, arriesgaron mucho más que con el topicazo de los hermanos.

Punto 4. Si no puedes con Spielberg, únete a él.

Probablemente hubiese sido un suicidio plantear un reboot de Parque Jurásico. La peli original del barbudo de Hollywood dejó una enorme e imborrable huella de dinosaurio en las mentes de todos los que, por aquella época, éramos unos chavales descubriendo la magia del cine. La escena del jeep corriendo entre los Gallimimus, el vaso de agua temblando con las pisadas del T-Rex o las persecuciones de los Velociraptors son insuperables y no puedes pelear contra la memoria de un viejoven.

Así que aliarse con la original y convertir esta secuela en una extensión de aquella, apelando como un chamán a su memoria, jugando con los personajes y cambiando sus roles (¿alguien ha dicho Terminator 2?), construyendo un parque de atracciones del que dan ganas de sacarse un par de entradas a la de ya y tratando de llevar la acción desde lo más alto hasta lo estratosférico, han sido su grandes bazas. Lo que, probablemente la convierta en la segunda mejor de la saga.

Corolario.

Ya no tenemos 16 años y nuestros ojos y experiencias no son las mismas. Habrá que preguntarle a los adolescentes de hoy, dentro de 15 años, si consideran esta película como una de las que los marcó de pequeños y los convirtió en carne de festivales (me atrevería a apostar a que no). Pero con todo esto, la película se disfruta de lo lindo.

Colin Trevorrow ha conseguido atrapar un puñado de la magia que imprimió Spielberg a aquella primera adaptación de la novela de Michael Crichton y la ha dosificado para impregnar, con una fina capa, su mundo jurásico.

No era fácil contentar a un puñado de nostálgicos pero, por mi parte, lo ha logrado.

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