JUEGOS DE GUERRA

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¡Extra! ¡Extra! Un nuevo capítulo en Nunca Jamás de las películas de nuestra infancia. Su sección preferida, untada de Nocilla, con cromos de Naranjito, con pistolas de plástico de la serie “V” sacadas de la Teleindiscreta, con zapatillas de deporte Paredes y Blandiblup pegado en el pelo. Una nueva oportunidad para retroceder a través del túnel del tiempo a aquellas tardes en las que la máxima preocupación era acabar los deberes de “mates”.

En la anterior entrega de la saga (que podéis ver enterita si pincháis en la palabra “Infancia” que tenéis en la nube de etiquetas a la derecha del blog) revisitábamos las aventuras de Gastón y su Lady Halcón y, en ella, decía que por aquella época, Matthew Broderick se había convertido en un actor a buscar gracias a dos películas: la ya citada “Lady Halcón” y la que hoy os traigo, “Juegos de guerra”.

Por aquella época, en 1983, la informática estaba aún gateando con sus pañales al aire. Los ordenadores eran trastos incomprensibles para gran parte de la población, los Personal Computers (que pronto serían llamados tan sólo PC) empezaban a aparecer en las habitaciones de los adolescentes de las familias de clase media usamericanas, mientras que en España empezaban a aparecer aquellos Spectrum que cargaban los juegos lentamente desde una cinta de casette.

Internet era una idea impensable al nivel en que lo vivimos hoy en día, pero la red de redes también empezaba a extender sus tentáculos sobre el planeta, con primitivos modems a velocidades que hoy desesperarían al más paciente y las míticas pantallas de fósforo verde sin un solo gráfico, así que el cine tenía un buen caldo de cultivo para especular con conspiraciones informáticas a nivel planetario, las consecuencias de la inteligencia artificial y los miedos de la gente al pensar que las máquinas podían llegar a tomar decisiones, en décimas de segundo, que condicionarían nuestro futuro.

Si a esto, le añadimos que estamos en los últimos años de la guerra fría, con tensiones constantes entre las dos superpotencias mundiales de aquella época y el miedo generalizado a una nueva guerra mundial, con el agravante de la proliferación de armas nucleares, nos encontramos con una película de aventuras ochentera en toda regla, calentita para que un imberbe de siete u ocho años disfrute como un enano delante de la pantalla.

David es un chaval extremadamente inteligente con una gran habilidad para la informática. Los ordenadores, los modems, los juegos de marcianitos y las infiltraciones en computadoras ajenas, no tienen secretos para él. Más adelante, lo llamaremos un hacker, pero de momento es el amigo que todos querríamos tener para que nos cambiase la nota de aquel examen hecho en un mal día.

Investigando compañías de juegos de las que poder descargarse las últimas novedades, da con un extraño juego de estrategia llamado “Guerra termonuclear mundial” al que decide echar una partidita. Las cosas se complican cuando el programa no es un juego, sino el acceso al superordenador que controla la defensa del país en caso de guerra. Parece que ha iniciado una guerra entre Usamérica y la URSS, pero, ¿será capaz de pararla?

En la aventura, junto con Broderick, encontramos a otro de los rostros comunes por aquella época en las películas de adolescentes, Ally Sheedy (“Cortocircuito”, “El club de los cinco”), una actriz que desapareció del mapa sin hacer ruido para explorar sus propios caminos, con una vida bastante tortuosa.

Buceando por internet, he descubierto que el director, un tal John Badham que no me sonaba de nada, es el responsable de algunas otras pelis que se incorporaron a mis aventuras infantiles y, de paso, me da nuevas ideas para seguir engordando esta sección. Badham fue el director también de “El club de los cinco”, “Cortocircuito” , “El trueno azul”, “Procedimiento ilegal” o “Fiebre del sábado noche”, película también famosa pero que no entra dentro de mi lista enanil.

Lo mismo se podría decir de los guionistas, responsables de películas como “Proyecto X”,  también con Matthew Broderick y “Los fisgones”, no tanto de mi infancia pero también dentro de ese tipo de aventuras para toda la familia, con Robert Redford, Sidney Poitier y Dan Aykroyd.

En definitiva, “Juegos de guerra” es una película de aventuras, con el clásico protagonista con quien todos nos queremos identificar, que provocó a casi toda mi generación las ganas de tener un ordenador en casa. Claro que lo que en principio iba a servir para infiltrarse en todos los ordenadores ultrasecretos del mundo, al final cristalizó en largas tardes de partidas con el “Manic miner”, el “Match day II” o “La abadía del crimen”. Pero no importa, todos nos quedamos con ese aire antibelicista y la frase del superordenador con alma de niño sobre las guerras:

“Extraño juego. La única manera de ganar es no jugando. ¿Qué tal una partida de ajedrez?”

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