JOKER

En el cine, con la expresión de los gustos, se dan los mismos fenómenos físicos que en la naturaleza. Ya sabéis, lo de las leyes de la termodinámica, el principio de conservación y todas esas cosas que estudiábamos en el instituto, los que íbamos por ciencias, al menos.

En el mundo de las críticas, yo lo expresaría de la siguiente forma:

«Ante la aparición de una masa crítica, aparecerá otra masa crítica de la misma fuerza y sentido contrario, provocando que la entropía crítica, con el tiempo, tienda a cero».

Seguramente se pueda explicar mejor, pero ante apariciones de fenómenos cinematográficos, cuanto más numerosas se vuelvan las críticas en un sentido, más alzarán la voz las críticas en sentido contrario tratando de contrarrestar las primeras. Y esto creo que se da en ambos sentidos.

Si aparece una película que una gran mayoría cataloga como una boñiga de ñu descomponiéndose al sol de la sabana, siempre surgirán voces airadas que alegarán que los primeros no tienen sensibilidad o no la han entendido o no saben apreciar los matices o, en definitiva, no tienen ni puta idea. Y lo mismo pasa cuando se estrena una película que una amplia mayoría considera como un peliculón. Las voces denostándola y explicando, punto por punto, por qué aquello no tiene ningún valor, no tardarán en aparecer.

Quizá este fenómeno sea más visible en películas que tienen notas medias muy altas. Hace poco ha pasado con «Avengers: Endgame» y ahora, demostrando que el género superheróico tiene un fandom bastante gritón y furibundo, ha vuelto a pasar con la reimaginación a cargo de Todd Phillips y Joaquin Phoenix del villano por antonomasia del Hombre Murciélago: Joker.

La película tiene un 8,9 en IMDb, un 8,5 en Filmaffinity, un 68% de críticas profesionales positivas en Rotten Tomatoes y un 89% de críticas del público positivas en el mismo medio. Podríamos decir que una amplia mayoría de la audiencia considera a «Joker» una gran película.

Sin embargo, uno entra en Twitter, ese campo de batalla que sirve como saco de boxeo de los rincones más oscuros de la psique humana y no es difícil encontrar multitud de voces dispuestas a explicarnos cómo emosido engañado. Las incapacidades del director, su obsesión por fotocopiar el tono de las grandes obras de Scorsese (que por cierto ha declarado últimamente su menosprecio por las películas de superhéroes) sin llegar a un ápice de su profundidad y su apología de la violencia o su inclusión de un mensaje revulsivo nocivo que podría dañar nuestro ecosistema. Un director que, recordemos, asienta su pasado en obras cómicas con menos pretensiones como «Road trip (viaje de pirados)», «Starsky & Hutch», «Escuela de pringaos» o la trilogía de «Resacón en Las Vegas».

Para los párrafos que he dedicado a mi impresión sobre todo este equilibrio de fuerzas y opiniones encontradas, lo que opino sobre ello os sorprenderá: me la bufa todo bastante.

Es decir, me parece divertida la pelea sobre el barro en que se convierte discutir sobre cine pero no soy yo demasiado de incorporarme a ella. Me parece perfectamente plausible y lícito tener opiniones frontalmente opuestas ante una película porque estamos hablando de arte, de una disciplina profundamente subjetiva y los ojos y el cerebro de cada uno se va a fijar en aspectos radicalmente distintos. Nuestros procesos mentales toman derroteros infinitamente diferentes y por eso nuestra posición ante una obra puede diferir de manera drástica.

Lo que es curioso, en el caso de Joker, o quizá no tanto, es la opinión que merece el trabajo de Phoenix. Creo que no he leído ninguna opinión que sugiera que el actor hace un trabajo malo. Ni mediocre. Ni siquiera mejorable. Joaquin Phoenix se ha convertido, a base de una elección de papeles arriesgada que incluso le ha llevado a fingir ser otra persona que se había vuelto majareta durante más de un año, en uno de los mejores actores que podemos disfrutar hoy en día. Una imparable fuerza de la naturaleza con bastante tendencia a aparecer en películas mirando de forma melancólica a través de una ventanilla de coche, autobús o cualquier otro medio de transporte, como aportaba de forma bastante graciosa algún twittero.

Sin embargo, volviendo a la polémica: ¿es Joker la enorme interpretación de un actor y ya está? ¿Es el guión y la dirección de Todd Phillips un quiero y no puedo que trata de imitar el enorme talento de un director mítico? ¿Emosido engañado?

Si esperáis que en este post se responda a alguna de estas preguntas, vais listos. Como si no me conocierais, a mí y a mi incapacidad para pillar subtextos y para extraer la sustancia del verdadero cine de una película.

Lo que sí os puedo decir es que yo salí encantado de la sala. Encantado con una nueva interpretación de un villano que da para las que hay y para infinitas más. Que puede ser retratado como pura anarquía malévola o como una víctima del sistema. Que puede ser representado con alma de obra pulp o como ensayo psicológico sobre la oscuridad de la mente humana. Que ha sido encarnado en el cine con caracterizaciones tan diferentes como la colorida y más cercana a la parodia de Jack Nicholson, la oscura y retorcida de Heath Ledger o esta más dramática y sucia de Joaquin Phoenix.

Pero no es el cine el único dispuesto a jugar con los orígenes o el carácter de la némesis de Batman. Nada tiene que ver el viaje de tortura y degradación y los orígenes que se narran en «La broma asesina» de Alan Moore con la locura y el desenfreno de «Arkham Asylum» de Grant Morrison, por poner dos que he leído. Y sin embargo, algo de ambos está presente en la película de Todd Phillips, quizá desde una perspectiva más dramática y más alejada del universo del propio Batman, si no fuera por esas menciones a Thomas Wayne, en algunos momentos ligeramente forzadas, todo hay que decirlo.

Este nuevo Joker es una víctima de nuestra sociedad, de su propia familia y de sus enfermedades mentales. Un cóctel explosivo que presenta su transformación final como una conclusión inevitable.

Un tipo con pensamientos negativos constantes, con una enfermedad que transforma en carcajada su incomodidad y su nerviosismo, algo que provoca tan sólo rechazo y violencia a su alrededor, con una educación basada en la mentira y en la propia locura de una madre perturbada que da lugar al sueño de convertirse en payaso sin tener la más mínima gracia. Un sistema sanitario que le deja de lado negándole la asistencia psicológica y la medicación y un ídolo que le humilla e imprime el último empujón a su descenso hacia los infiernos.

Todo mal.

El Arthur Fleck de la película vive en un mundo inclemente, sin un resquicio para la esperanza. En una ciudad oscura y gris, habitada por gente vil y de los pocos que parecen refugiar un ápice de bondad en su interior, no parece que todos se salven.

La vida le cuesta a Arthur una barbaridad. Cada nuevo paso hacia el futuro es un esfuerzo incólume para no caer en la locura, reflejado en esa escalera infinita que debe subir todos los días para llegar a una casa tan deprimente como el resto de su existencia (ey, he pillado una metáfora, ¿qué os parece?).

Su historia sólo podía tener dos finales (si no conociésemos los comics, claro). Podría seguir pensando que su vida es una tragedia y Arthur podría haber dado fin a sus días ahorcado en alguna habitación vacía con una sucia bombilla desnuda iluminando su triste destino. O, por el contrario, podría llegar a la conclusión de que la existencia es una comedia, dando un paso fuera de esa realidad y observando todo desde una perspectiva cómica. Un sainete surrealista. En ese contexto todo deja de cobrar valor, la vida misma se convierte en un chiste y te libra de cadenas para desatar tus instintos más oscuros.

Como suele ocurrir con las ideas más locas, esto convierte a Arthur Fleck en un símbolo, mal entendido, de la lucha de clases. La clase baja, mayoritaria en Gotham, encuentra un líder que los guiará hacia una revolución contra esa clase alta sátrapa y corrupta, con las ideas simples y faltas de racionalización que suele esgrimir la extrema derecha. El comienzo de una amenaza que, en un futuro, puede crear una figura tan extrema como Joker pero en el otro lado del cuadrilátero: la conversión de Bruce Wayne en Batman.

Me gusta que el guión de Todd Phillips y Scott Silver (escritor de «8 millas» o «The fighter», películas que tienen también esa base proletaria y grisácea) sea tan negro, tan carente de esperanza, tan desolador. Un relato que plasma un escenario radical en el que muchas interpretaciones son posibles. ¿Qué hacer ante una sociedad tan podrida que corrompe todo lo que contiene? ¿El orden o el caos? ¿La razón o la acción?

Cada cual pondrá su propia experiencia y sus propios ideales sobre la historia, configurando tantas experiencias diferentes como formas de pensar y algo así no se da en todas las películas. Y menos en las basadas en comics.

Eso sí, si sois de los que no os ha convencido nada de lo que hay en esta película, siempre podréis despotricar a gusto y gozar de otras interpretaciones legendarias como la de nuestro gran amigo Tommy Wiseau.

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