ISLA DE PERROS

Probablemente no hay director en la actualidad que tenga su visión cinematográfica más clara que Wes Anderson. Su estilo se imprime con facilidad en casi todas las facetas de una película: el tono, la dirección, el texto, las actuaciones… todo, absolutamente todo huele a Anderson y es capaz de convertir cada plano en una declaración de intenciones perfectamente reconocible.

Su segunda película de animación, después de la adaptación del relato de Roald Dahl “Fantástico Sr. Fox”, confirma punto por punto el párrafo anterior. De nuevo vuelca toda su creatividad y toda su visión creativa en una nueva fábula en la que los perros son los protagonistas y los humanos los secundarios.

En un futuro cercano, el alcalde de Megasaki City, ante la plaga de enfermedades transmitida por los canes que asola la ciudad, decide desterrar a todos ellos a una isla cercana que servía hasta el momento como almacenamiento de basura, condenándolos al olvido.

Atari, sobrino del alcalde que cuenta con 12 años de edad, sisa un avión para plantarse en la sucia isla en busca de su perro Spot. Allí se encontrará con una pandilla de cuadrúpedos que reconocen el amor del humano por su amigo peludo y le ayudarán en la empresa.

La película es una absoluta preciosidad. Ya encontramos planos de arrebatadora belleza en cualquier película de Anderson, pero en esta parece que se ha empeñado en crear una pequeña obra de arte en cada fotograma, consiguiendo que la imagen se imponga al fondo y aún así saliendo victorioso.

A Anderson le acompañan colaboradores fieles que ya han trabajado con él con anterioridad, ya sea escribiendo la historia (Roman Coppola, Jason Schwartzman, Kunichi Nomura, F. Murray Abraham), como prestando sus voces (Bill Murray, Edward Norton, Jeff Goldblum, Scarlett Johansson, Harvey Keitel, Anjelica Huston) a los que se incorporan nuevos amiguetes (Bryan Cranston, Tilda Swinton, Ken Watanabe, Greta Gerwig, Liev Schreiber). Un auténtico plantel de lujo oral que demuestra que poca gente hay ahora mismo en la industria que no quiera trabajar con este genio de la composición visual y yonki de la simetría.

Algunas voces claman que utiliza la cultura nipona con el paternalismo de un occidental con síndrome del conquistador pero yo no lo he notado. La mitología y la idiosincrasia del país del sol naciente sirve como marco perfecto a la historia y para dotar a perros y humanos de dos idiomas extremos incapaces de entenderse, además de proporcionar material visual extraordinario para la película, ayudándose además de las notas de la genial banda sonora de uno de los compositores de moda en Hollywood: Alexandre Desplat.

Uno sale de la película con una sensación muy agradable, de cuento de abuelo narrado al pie de la cama, teniendo la impresión de que quizá no ha asistido a una historia demasiado profunda, ni demasiado original pero plagada de pequeños detalles que la engrandecen a cada paso.

Ah y con una moraleja nada despreciable: los amantes de los gatos no son gente de fiar.

Sabio donde los haya, el Anderson.