IRON MAN 3 (PARTE II: LA PELI)

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Quizá pensando en que el inicio de la “Fase 1”, no pudo ser mejor con Iron Man, el primer movimiento de la segunda sigue abriéndolo el personaje más carismático de la división cinematográfica marveliana. Y la primera noticia que nos llegó sobre la producción fue una sorpresa: Jon Favreau abandonaba la dirección, supuestamente por discrepancias monetarias con Marvel (los rumores de la racanería de los mandamases en cuanto a sueldos no es la primera vez que surgen, aunque quizá sea prudencia y contención, quién sabe), aunque se mantiene como productor ejecutivo (como también figuraba en “Los vengadores”) y en su pequeño papel como Happy, el guardaespaldas del todopoderoso Stark.

En su lugar, toma las riendas un viejo conocido de Robert Downey Jr., que ya lo había dirigido en ese film, convertido en cine de culto moderno, llamado “Kiss kiss bang bang”, Shane Black. De todas formas, la maniobra es muy parecida al momento en el que se le dio por primera vez a Favreau, así que nada que objetar.

Las aportaciones de gente nueva, no acaban ahí. La política de Marvel de contratar a verdaderos frikis y fans del mundo fantástico para satisfacer a los frikis que pagan las entradas, las figuritas, las camisetas y los blu-ray, sigue en pleno funcionamiento, así que se contrata a Drew Pearce, un británico que ha escrito una sit-com en las islas (británicas también) sobre unos superhéroes que se juntan en un pub a tomarse una pinta y comentar el día a día de sus actividades heróicas (“No heroics” es el título, por si sentís curiosidad). Además, éste se basa para el desarrollo del argumento en parte de la serie de comics de cabeza de lata más aclamados últimamente, “Extremis”, escritos por Warren Ellis (uno de los genios, ya mencionados, que ha contribuido a revitalizar la venta en papel de los marvelitas), en el que también se basaba la primera película, con la reinvención del personaje en traficante de armas arrepentido.

Lo siguiente de lo que nos enteramos, fue de que, por fin, tras la demanda popular, aparecía El Mandarín, mítico antagonista de Stark, como lo es el Jocker para Batman, Moriarty para Holmes o Bárcenas para Rajoy. Un supervillano difícil de adaptar, ya que se trata del típico genio loco con afán por conquistar el mundo, aunque con la particularidad de poseer unos anillos de poderes alienígenos e inimaginables. Por otra parte, pensándolo detenidamente, ya habían aparecido dioses nórdicos y alienígenas de cráneos rojos, así que unos cuantos anillos mágicos tampoco supondría un locurón. Además, el mismísimo Sir Ben Kingsley firma para darle vida, lo que nos hace pensar que la interpretación va a estar a la altura de lo esperado, o más allá.

Año y pico después de aquellas primeras y prometedoras noticias, por fin llega el momento de averiguar que clase de film teníamos entre manos.

Hay quien opina (muchos) que Shane Black ha conseguido la mejor película de la trilogía del hombre de hierro. Otros (muchos también) piensan que el resultado es equiparable al nivel conseguido por Favreau en la primera entrega, lo que tampoco es nada desdeñable. Algunos otros (los menos) proclaman que es la peor de las tres. Creo que todo depende de las expectativas, de lo que esperes de una película de superhéroes, de los cómics que uno se haya metido al cuerpo y de lo que te haya atrapado de las dos anteriores.

Por mi parte, me posiciono entre el primer y el segundo grupo. Descaradamente, opino que es bastante mejor que la segunda, la cual tenía algún bajón de ritmo en la segunda mitad de la película y aún no tengo claro si me ha parecido mejor que la primera. Tampoco me preocupa, ya que me lo he pasado como un enano y oiga, las comparaciones son odiosas, o es que nunca os lo ha dicho vuestra madre?
La peli comienza de forma magistral. Con un monólogo en donde Tony Stark, en off, rompe la cuarta pared y le narra al público los errores que cometió para llegar a un estado de indefensión, material y mental, adelantando alguna escena impactante (o menos, si habíais visto antes el trailer). Entonces, retrocede la acción hacia los tiempos en el que aún era un borrachín sin escrúpulos y deja en evidencia a un par de mentes brillantes. Según él, su primer error. Shane Black ya ha lanzado el anzuelo y nos tiene intrigados sobre las consecuencias de su personalidad arrogante y nihilista.

A partir de ahí, ya en narración convencional en tercera persona, de vuelta al presente, se muestra a nuestro prota apartado de la empresa, cacharreando de nuevo con sus juguetes, probando nuevas y remolonas ideas, mientras Pepper se ha hecho cargo de Industrias Stark. La trama no ignora ni por un momento las películas anteriores e hila perfectamente con las secuelas de la batalla junto con los vengadores (“He visto dioses, alienígenas, poderes sobrenaturales… yo sólo soy un hombre dentro de una lata”) que le han dejado secuelas emocionales y una atroz falta de confianza en su propia persona. Este es uno de los puntos que más me han gustado de la película, el hecho de mostrar un hombre repleto de inseguridades y debilidades, despojado del halo de imbatibilidad que le proporciona la armadura. Un argumento recurrente en el multiverso Marvel en los cómics y que a menudo se elige para su traslado a la pantalla (Spiderman pierde los poderes, Banner es incapaz de invocar a Hulk, Thor es despojado de Mjolnir), aunque pocas veces se entrelaza tan bien el guión con el trabajo del actor como en esta ocasión.

La aparición en la escena política de El Mandarín pone el mundo de Tony Stark patas arriba. Y el de la política usamericana. Otro rasgo identificativo del cambio de rumbo de la editorial que se ha visto salpicada en pantalla, la importancia del contexto actual y de la ética en la política contemporánea. Las implicaciones de las decisiones de los gobiernos en las acciones de los superhéroes (tan sólo hay que observar la magnífica saga “Civil war” o “The Ultimates”). Se ha subido un nivel con respecto a las sagas ochenteras y noventeras que transcurrían en galaxias lejanas, con implicaciones fantásticas. Ahora los superhéroes viven en nuestro mundo, se relacionan con el pueblo y el pueblo opina. Los gobernantes no son meras comparsas que se limitan a dar palmaditas o ponerse furiosos, sino políticos preocupados por el villano de turno, que tampoco es ya un ser mitológico, sino una amenaza real, palpable.

Estos dos aspectos (el estado de Tony Stark tras su visita al agujero de gusano de los extraterrestres coleguitas de Loki y las aspiraciones de El Mandarín y sus medios para conseguirlas) son las dos mejores bazas de la película y, en una gran parte de la acción, el traje de Iron Man está fuera de escena. Entiendo que por esta razón, mucha gente se puede sentir decepcionada, debido a la falta de acción durante una gran parte del metraje, aunque el guión, a mí, me parece fantástico, mostrando la capacidad de superación del hombre cuando se ve despojado de todo. Mención especial para la relación de Tony Stark con el chaval, con diálogos geniales y una complicidad asombrosa.

Otro aspecto de la trama que sube puntos con respecto a las dos primeras es el papel de Gwyneth Paltrow/Pepper. En la primera entrega, una mera comparsa, chica florero sin remedio. Algo más de progagonismo en la segunda, con el acercamiento de su relación amorosa y más aún en esta última, protagonizando alguna escena ya de entidad. Aunque sin eclipsar en ningún momento, claro está, al todopoderoso Downey.

En el último tercio de la película, la mentalidad cambia, se ofrece, como viene siendo costumbre y como mandan los cánones de los cómics de tipos que se dan rijostios, la traca final y, aquí es donde surge algún reparo. No a nivel visual, donde sigue siendo espectacular y adrenalínico, sino a nivel cerebral. Que sí, que podemos dejar el raciocinio de lado y admitir las licencias que queramos, pero la pregunta que se dispara inmediatamente en el lobanillo (¿En serio? ¿Ahora? ¿Y por qué coño no antes?) produce una ligera quemazón.

A mí, sin embargo, el descubrimiento del plan del villano, cuando las cartas se ponen boca arriba y se nos enseña el qué y el cómo, me mola. Algo que, según he oído, no es plato de buen gusto para mucha gente. Quizá por rompedor, por escisión con los cómics. Otra vez las dichosas expectativas nublándonos la visión e impidiéndonos disfrutar de un terreno que, si fuéramos a él vírgenes de imaginería, quizá viéramos más brillante.

Y ya por último, como está mandado, la perla final, tras los títulos de crédito, para los que resisten levantando los pies mientras los empleados de limpieza barren las palomitas por debajo, para los pacientes o simplemente para los que se saben el programa de mano. Esta vez, dirigido por el genial Edgar Wright (no me cansaré de repetirlo, para los que aún no me hayan leído o hecho caso, no dejéis de ver dos tremendas parodias británicas como “Zombies party” y “Arma fatal” y atentos al estreno de “Bienvenidos al fin del mundo”, que cerrará la llamada “Trilogía del corneto” de Wright, Pegg y Frost), como adelanto a lo que será su incursión en el multiverso Marvel: su desarrollo de Ant-man, otro vengador con muchas cosas que contar. Un epílogo que muestra su lado más cachondo.

En definitiva, si te gusta Marvel, si has disfrutado con las dos primeras entregas del hombre de hierro, si te cae bien Robert Downey Jr., si estás abierto a que retuerzan los personajes y a dejarte sorprender… difícil será que te decepcione la cinta.

Sin embargo, si tus expectativas te traicionan… ay si te traicionan.

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