IRON MAN 3 (PARTE I: CONTEXTO)

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Todo empezó hace alrededor de trece años. La gente creía que la revolución llegaría en forma de efecto 2000, con ordenadores colapsados por culpa de un reinicio no previsto por programadores de todo el planeta (que viendo lo que pasa en las empresas tecnológicas, tampoco sería tan descabellado que hubiera sucedido) y el mundo sumido en tinieblas y resurgiendo bajo un nuevo sistema.

O algo así.

Sin embargo, la revolución se produjo en las pantallas de cine. Bueno, vale, fue una revolución puramente friki y no afectó en lo más mínimo a la sociedad real en que vivimos. Las cosas siguieron yendo a peor, seguimos pensando que podríamos alicatar este país y crecer infinitamente, que Europa era una madre amantísima que nos ayudaría en los malos momentos, que la televisión era educativa, los medios de comunicación imparciales y los partidos políticos tenían entre sus filas gente con coeficiente intelectual por encima de la media. La revolución de la que hablamos no destapó nada de eso y el castillo de naipes en el que vivíamos siguió desmoronándose, pero los frikis tuvimos una nueva razón para soñar, babear, fliparlo en colores y comprar merchandising a cholón.

Dicha revolución vino de la mano de un neoyorquino que había triunfado en la gran pantalla dirigiendo un tremendo thriller llamado “Sospechosos habituales”. Lo hizo metiéndose de lleno en un fregao que hasta ese momento había producido resultados más bien reguleros, el de la adaptación de superhéroes al celuloide. Al menos en cuanto a la Marvel se refiere.

Hasta entonces, nadie había tenido la pericia suficiente o no existía la tecnología adecuada o nadie se había tomado el mundo del cómic fantástico lo suficientemente en serio como para ofrecer al lector fiel de La casa de las ideas un producto redondo. Sí había sucedido sin embargo con DC de las manos de Richard Donner y sus dos primeros Superman y Tim Burton con sus dos primeros Batman. Sin embargo, los intentos de llevar a buen puerto el universo marveliano, mucho más colorido y frondoso, habían sido algo desastrosos. Aún tengo en la memoria aquel Spiderman televisivo, en su formato japonés o usamericano o el mítico Hulk cuyos personajes de Bruce Banner y la bestia parda (verde), los encarnaban Bill Bixby y Lou Ferrigno, respectivamente.

¡Ah! Y tengo pendiente por ver la adaptación que Roger Corman hizo de Los 4 fantásticos, pero eso tiene que ser tan alucinante y psicotrópico que ni siquiera debe jugar en la misma liga.

El caso es que llegó el joven Singer y, a base de amor por los comics y ganas de llegar al corazoncito de cada friki, se cascó un X-Men que nos dejó a todos boquiabiertos. Quizá aún no tenía una confianza plena en esto de plasmar en pantalla los iconos marvelitas y decidió llevarse la imaginería a un terreno más seguro, sin los trajes míticos (que gran línea de diálogo cuando Cíclope le pregunta a Lobezno, una vez que se pone por primera vez el negro traje de batalla de los mutantes: “¿qué preferías, licra amarilla?”), pero su respeto por cada uno de los personajes, por la grandeza de las historias, por el potencial de su mitología, era total.

Supongo que fue después de ver la recaudación mundial de la lucha de ideales entre Charles Xavier y Eric Lehnsherr, aka Magneto, cuando Marvel se llevó las manos a la cabeza. Los derechos de personajes míticos como Logan y sus compañeros con mutación genética, Spiderman o Los 4 Fantásticos descansaban en otras productoras y, aunque reaccionaron rápido montando su propia división cinematográfica y recuperando el control de algunos de sus héroes, como Iron Man o Hulk, debían renunciar a los antes mencionados. Sin embargo, tenían suficiente material para trabajar como para intentar un proyecto ambicioso, planeado y bien estructurado. Una locura de debía tener como objetivo una película tan compleja de escribir y equilibrar como “The Avengers”. Y todo ello, requería de un primer paso calculado y aplastante. Un paso que, de no ser firme y triunfante, podía echar por tierra esta arriesgadísima y fuerte apuesta.

El elegido para iniciar el camino fue Tony Stark, el multimillonario borrachín y mujeriego que diseña y se enfunda un traje de hierro para combatir el mal. Corría el año 2008 y literatura tenían de sobra, ya que no sólo en el cine los superhéroes vivían días de esplendor, con las adaptaciones de Raimi para Spiderman y (ya para DC) Nolan para Batman, aparte de la mencionada saga mutante, sino que en los comics (o novelas gráficas, como los gafapastas venían denominando ahora las grandes historias en viñetas) también había genios que habían revitalizado el multiverso Marvel como Brian Michael Bendis, Joss Whedon, Warren Ellis, Mark Millar o incluso el propio Kevin Smith (oh, nosotros te adoramos). Sólo había que elegir bien las piezas y el fan de la editorial haría el resto.

Desde luego, la jugada fue valiente. Se eligió a un director semidesconocido como Jon Favreau (que los adictos a “Friends” podrán reconocer como el novio multimillonario de Monica), que sólo llevaba tres películas a sus espaldas: las comedias “Crimen desorganizado” y “Elf” y esa especie de secuela de “Jumanji” llamada “Zathura: una aventura espacial”. Sin embargo, el tío era un gran fan de los tebeos de la casa y tenía las cosas meridianamente claras. Tanto, que se metió en una pelea para conseguir que la productora aceptara al único actor que él creía que era perfecto para el papel: el otrora díscolo y amigo de las sustancias ilegales, aunque repleto de talento Robert Downey Jr.

El resultado, todos lo sabemos. Una tremenda película de aventuras donde las personalidades de Robert Downey Jr. y Tony Stark se fusionan a la perfección, con una introducción antológica y unos efectos especiales con los que los fikis del mundo segregamos litros y litros de baba al ver un traje de hierro (aunque ya lo aclara Mr. Stark, que no es hierro, que es una aleación de otros metales, que no ponemos atención) adelantar a varios cazas en vuelos espectaculares.

Así, el plan maestro pareció asentado y se empezó a avanzar hacia el final de lo que se vino en denominar la ”Fase 1”, con resultados diversos y para todos los gustos hasta esa culminación en forma de orgasmo de superpoderes en donde Joss Whedon explota nuestros cerebros con la que, para mí, es, a día de hoy, la mejor película de superhéroes de la historia: “Los vengadores”.

Ahora muchos os estaréis llevando las manos a la cabeza (bueno, muchos os las estaríais llevando si este blog lo leyera mucha gente) mentando a San Christopher Nolan y su Caballero Oscuro, pero os he de decir que eso no es una peli de superhéroes, es puro cine negro y con un multimillonario amante de los gadgets a la cabeza y, por supuesto, una jodida obra maestra. Pero ahora, estamos hablando de fantasía, desbarre, locura, imaginación y color y en eso, la genialidad de Whedon es la campeona por KO hasta el momento.

Pero la vida sigue. La “Fase 1” se ha completado y hay que comenzar el camino hacia la “Fase 2”, que se rematará, cómo no, con la segunda parte de la reunión de los superhéroes más poderosos del planeta.

Y por fin, debería empezar a hablar de la película en sí.

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