INDEPENDENCE DAY: CONTRAATAQUE

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Es inevitable. Cuando uno acude a ver una película de estas características, secuela de un blockbuster noventero que arrasó taquillas y neuronas adolescentes, lo hace bajo el manto de la primera. Y, a no ser que uno haya vuelto a revisar aquel blockbuster comandado por Will Smith, Jeff Goldblum y Bill Pullman, lo hace con las imágenes que la memoria guarda con los bordes amarillentos por el paso del tiempo, normalmente mucho más complacientes y alegres que las originales.

Es mi caso. Recuerdo habérmelo pasado pipa con el original día de la independencia, con un Will Smith en su salsa, que teníamos idolatrado tras merendarnos todos los capítulos de “El príncipe de Bel-Air” y la buddie movie “Dos policías rebeldes, con un Jeff Goldblum haciendo lo que mejor sabe hacer, remarcando discursos pseudocientíficos con sus larguísimos dedos y un Bill Pullman poniendo la nota patriotera con su sempiterno flequillo de estudiante de internado religioso en el papel de un Presidente de los Estates heróico y pintón.

Las pullas y respuestas sarcásticas entraban muy bien en nuestra época adolescente, la amenaza de los bichos nos subía la adrenalina y el hecho de que los derrotásemos creando un virus informático para un sistema operativo terrestre que infectaba la nave nodriza conectándose mediante USB o semejante, nos parecía de lo más normal. No en vano nos llevan diciendo de toda la vida, que cada nuevo puerto de conexión informático es “universal”.

Por tanto, a pesar de que uno sepa que los gustos han ido evolucionando desde los tiempos en los que las películas de acción se escenificaban punto por punto en los recreos entre mates y soci, la nostalgia tira mucho y cuando Roland Emmerich vuelve a los mandos de la destrucción masiva, acompañado de Goldblum, Pullman y algunas del resto de caras de la producción original, olvidamos que el realizador germano se ha dedicado a parodiarse a sí mismo en sus últimas producciones, que Will Smith no ha tenido tiempo para incorporarse al equipo (hecho del que se vengan nombrándole tan sólo para comentar que se piñó en un vuelo de prueba, como si fuese Pierre Nodoyuna en vez del piloto experimentado que nos salvó el culo de la extinción) y de que es muy posible que la memoria nos esté traicionando e “Independence day” no merezca una secuela en el mismo tono noventero.

Sin embargo, al salir de la sala de cine, dos hemisferios independientes de mi cabeza debaten sobre si deberíamos estar satisfechos con lo visto. Por un lado, el nostálgico se ha agarrado al formato palomitero, a las destrucciones en masa, que aquí deja espacio al Emmerich más desatado, llegando a destruir una ciudad tirándole encima otra (¡bravo, bravo!), a los personajes que están ahí como mero alivio cómico (que igual suben al 50% de los actores con diálogo) y a la acción desenfrenada y las ganas de patear el culo a aliens grimosillos.

Y es que en esos personajes destinados a meter las frases chistosas y los caretos graciosos, está, quizás, lo mejor de la película. En ese auditor gris y trajeado que descubre su vocación disparando armas más grandes que él al lado de un dictador africano cuyo brazo es más grande que su tórax. En el militar jovencillo, escuchimizado y algo torpón, primero de su promoción, amigo inseparable del hermano de Thor y enamorado de la inalcanzable piloto china. En el genio loco que despierta del coma en el que cayó sumido al final de la anterior película, cuyos inventos locos ayudarán a la solución y con una relación adorable con su pareja médico (que por cierto, hay que aplaudir que tengamos, aunque de forma tímida y sin un sólo besito, una relación homosexual de dos señores maduros en un blockbuster de ciencia ficción, algo que hace unos pocos años resultaba impensable).

Por otro lado, el hemisferio que representa a mi propio auditor gris con maletín, reconoce que no hay casi nada detrás de toda esa parafernalia de efectos especiales. Que las situaciones se mueven a base de coincidencias, estando todo el mundo en el sitio correcto en el momento adecuado a pesar de ser puntos tan alejados como Nevada y algún cráter lunar (vale que viajemos rápido con la tecnología extraterrestre pero llegar siempre on time a nuestro destino va más allá de la ciencia ficción más disparatada). Que jamás llegamos a conectar emocionalmente con los personajes y así las muertes, los sacrificios y las penurias nos la sudan bastante, aguardando pacientemente al siguiente punch line que nos provoque otra sonrisa. Que muchos de los actores no saben muy bien qué hacer con personajes tan planos, estereotipados y sin arco evolutivo.

Menos mal que soy un tipo optimista, que sabe desconectar la actividad cerebral a tiempo acabo otorgando la victoria del debate al hemisferio macarra, nostálgico e infantiloide.

Lo que sí hay que reconocer es que el punto de partida quizá daba para un poco más. Esa tierra que ha logrado la paz mundial al verse amenazada por unos seres de fuera del planeta, esa comprensión y explotación de la tecnología que les robamos a los marcianos, ese Guantánamo de bichos espaciales, ese gesto tan humano que consiste en rechazar ayuda y disparar primero y preguntar después mientras uno se saca la chorra, la apoya encima de la mesa presidencial mientras dice aquí estoy yo y para marciano el que tengo aquí colgado, hubiesen sido temas interesantes para desarrollar en vez de optar por la salida fácil y mostrar al héroe guapito que debe salvar la Tierra porque allí vive su novia guapita y heróica también cuyo padre es el ex-presidente también guapito y heróico que unirán fuerzas para atizar a alien más grande de todos en los morros con los inventos que los genios menos guapitos pero con mucho carisma inventan en el último segundo.

Pero en fin, esto no es “2001, una odisea del espacio” ni el colega Roland McDo… estoooo, Emmerich es Stanley Kubrick y lo que importa es imprimir velocidad al argumento para poder seguir destrozando continentes enteros y, entremedias, dejar algún que otro hueco para el discurso patriótico mientras se ven escenas a cámara lenta de gente alrededor del mundo escuchando sus radios y mirando al cielo mientras la esperanza germina de nuevo en sus corazones.

No nos engañemos, sabíamos a lo que veníamos. Y en el fondo, hasta nos gusta.

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