HER

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Dicen por ahí que “Her” es una película para modernos. No me consideraba yo un miembro destacado de la tribu, ya que mi perfecta vista hace que no lleve gafas, no sé a qué sabe el cardamomo y mi garito de moda es el bar del pueblo de al lado pero el caso es que no me ha podido gustar más. Literalmente.

También puede que se trate de una peli para ciertas generaciones. Soy de esa remesa de finales de los setenta que ha tenido la suerte de pillar programas para chavales como “La bola de cristal” y “Planeta finito”, de esos que expandían la mente y no la reducían al encefalograma plano y me desenvuelvo con la misma comodidad con un libro de bolsillo de esos de doblar la puntica de la página para recordar por dónde ibas que cacharreando con la última versión de Ubuntu.

También ayuda al disfrute del film según qué gustos frikis. Haber leído a Asimov o a Orson Scott Card y a la vez ser capaz de disfrutar de directores tan alejados como Lynch, Kubrik o Richard Curtis, puede que te regale curiosidad hacia una variedad enorme de temas, de forma que si alguien los junta en una película de estética minimalista, no resulte tedioso.

El caso es que la nueva película de Spike Jonze, no es para todos los públicos. Vale, quizás las antiguas tampoco. “Cómo ser John Malkovich” tenía un rollo paranoide difícil de aguantar para mucha gente y “Donde viven los monstruos” construía un universo infantil oscuro y tenebroso que uno no sabe muy bien cómo tomarse.

Jonze es un rarito, está claro. Cuando se juntaba con Charlie Kaufman, otro outsider de tomo y lomo, el resultado era un desquiciado collage de ideas de fumeta pero, ahora que vuela sólo, la cosa no se queda atrás. Y a los raritos se les ama o se les odia, depende del grado de impostura que a cada cual le parezca que desprenden.

Para mí, “Her” es una historia de amor que me agarra las entrañas y me las retuerce, aderezada con esas preguntas metafísicas de ocho de la mañana que no suelen encontrar respuesta cuando uno está sobrio. ¿Quién soy? ¿Qué hace que yo sea yo? ¿Es mi cerebro? ¿Mi alma? ¿Un puñado de conexiones sinápticas creadas al azar? ¿Mis experiencias? ¿Mis recuerdos?

Si quien se pregunta todo esto es una mezcla entre la Jane de la saga de Ender y Johnny número 5, dos referentes culturales grabados a fuego en mi firmware neuronal, con la sensual voz de Scarlett Johansson susurrando por los altavoces, entonces es casi imposible que no caiga rendido a los encantos del film.

Porque, ya que hablamos de ella, la Viuda Negra no sale en la película pero su presencia es constante y su trabajo oral consigue elevar la extraña relación ciberfílica a cotas brutales. De hecho, es una de las películas recientes que más debe cambiar de verla en versión original a versión doblada. Cada matiz del personaje de Samantha es una lección sobre la importancia que juega la voz de un actor en su interpretación. No le vemos la cara y, aún así, sabemos exactamente qué está sintiendo a cada momento.

Por suerte, el trabajo de los actores que sí salen en pantalla no va a la zaga. Joaquin Phoenix construye un tipo herido, introvertido y melancólico, incapaz de volcarse por completo en una relación personal, que hace que suframos con él, que nos enamoremos con él, que perdamos y ganemos en cada nueva esquina vital. Y Amy Adams, despojada del glamour y el maquillaje de “La gran estafa americana” está perfecta como la vecina achuchable y vulnerable.

La peli es una equilibrada mezcla entre la dramedia romántica, la filosofía propia de la ciencia ficción asimoviana y sí, también un continente de estética y banda sonora de modernos adictos a los festivales urbanos más trendy. Si estos nos son tus temas, huye despavorido, pues el sopor se adueñará de tus sentidos a la mínima, se te dormirán los miembros y necesitarás una fila de bofetones para despertarte al final de la proyección, como cuando tratan de tranquilizar a la vieja de “Aterriza como puedas”. Pero si eres alguien sensible, que es capaz de escuchar Arcade Fire y My chemical romance sin querer cortarse las venas, que soporta los quince primeros minutos de “2001: una odisea espacial” sin el mínimo bostezo y que lloraba con el anunció de Tristón, entonces ni se te ocurra perdértela.

Ay, Tristón… que congoja me acaba de entrar.

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