HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE PARTE II

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Buenas tardes a todos. ¿Qué tal las vacaciones? ¿Bien? Me alegro. ¿Veo caras nuevas? Algo me dice que no, que seguimos siendo los mismos. Así me gusta, rollo íntimo, que lo hace todo como más romántico.

Pues aquí me tenéis de nuevo, después de las vacaciones estivales, con la piel morena y curtida por la brisa marina de las rías baixas y por el aire nocturno de las montañas orensano-zamoranas, dispuesto a compartir con vosotros cada gota de opinión puramente subjetiva y cada reflexión cargada del atrevimiento que sólo da la ignorancia.

Para empezar con buen pie, con el izquierdo concretamente que es con el que más salto, vayamos con el final de la saga que ha logrado que un desconocido chaval pase a ser el joven más forrado de las islas británicas después de los príncipes. La batalla final entre Harry Potter y “aquelquenodebesernombrado” aka Lord Voldemort aka Tom Riley (para no deber ser nombrado la de nombres que tiene el tipo).

He de advertiros que fui a ver el final de los magos antes de irme de vacaciones y antes también de que se fuera al garete una cantidad importante de materia gris entre el sol, el alcohol y la música a todo trapo, así que no sé yo si lo que diga sobre ella tendrá mucho parecido con la realidad. Pero, que diantres, ¿cuándo lo tiene? (por cierto, ¿sabíais que diantre es un eufemismo para diablo? Yo me acabo de enterar. Lo que tiene esto de no acordarse mucho de la peli y tener que rellenar).

En fin, la cinta arranca donde acaba la anterior, que para eso es una segunda parte y se dedica a cerrar el círculo, a rematar el camino, a encauzarlo todo hacia ese esperado duelo entre Harry y Voldemort, aclarando todas las tramas abiertas. Un fin de fiesta encauzado hacia la épica, la acción y las heroicidades. Y ese es el mayor problema del film, que estando orientado a un tono épico elevado, se queda un poco descafeinada la cosa.

En los momentos en los que debe predominar la emoción, la trama pasa por encima como de puntillas. En los momentos en los que el duelo entre los antagonistas tendría que alcanzar su cenit, le falta ese punto de emoción que nos hace agarrarnos a la butaca. En los momentos en los que la acción debería inundar la pantalla elevando nuestra adrenalina, algo hay en la forma de rodar que no consigue removernos.

Y no es que esté diciendo que la película esté mal. Todo es bastante de manual, correcto, adecuado pero sin sobresaltos. Pero es que a un remate de 8 películas millonarias, que provienen de una saga literaria también millonaria, yo le pedía algo más. Es como si te llega Stephen Hawkins y te saca un 7 en física teórica. Vale, tío, has cumplido, pero todos esperábamos alguna genialidad.

Así que, después de ocho películas y siete libros, creo que me quedo con la parte escrita. En las películas, contamos con un buen inicio, orientado, como el primer volumen en papel, hacia el público infantil y una gran tercera parte, cuando tuvieron el valor de cederle la batuta a alguien como Alfonso Cuarón, que se desmarcó de un nivel restante que oscila entre lo entretenido y el aprobado raspado.

Ahora hay que estar al tanto de si los tres actores principales consiguen deshacerse del fantasma de los estudiantes de magia y triunfar en el mundo del cine, algo muy difícil para rostros que serán asociados durante mucho tiempo al colegio Hogwarts.

Sacando la bola de cristal, vaticino que les resultará algo más fácil a Emma Watson y Rupert Grint que al protagonista absoluto, Daniel Radcliffe, quizá el menos dotado actoralmente de los tres. Hagamos apuestas.

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