HARRY POTTER Y LAS RELIQUIAS DE LA MUERTE PARTE I

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Recuerdo devorar ávidamente los libros del mago gafotas. Me leí los cuatro primeros de un tirón, casi sin respirar y esperaba cada nueva entrega con ganas, imaginando mil posibilidades para la batalla final entre el prota y el maloso que no debe ser nombrado. Algunos libros me gustaron más, otros menos, alguna parte quizá se hacía algo lenta, pero siempre había capítulos emocionantes y repletos de aventuras que me mantenían un ratito más sin apagar la luz, incapaz de no comenzar el siguiente capítulo, para ver cómo salía del entuerto el trío estudiantil, qué nuevo hechizo descubrían o qué nuevo misterio salía a la luz.

Sin embargo, la saga de películas se me está haciendo algo larga. Con excepción de la primera entrega, que aunque algo infantil, inundaba la pantalla del espíritu que había imprimido J.K. Rowling a sus novelas y nos permitía poner cara a los personajes con la plana mayor de la actualidad actoral británica y la tercera, en la que Alfónso Cuarón dotó de negrura al relato y le sacó de un plumazo mucha carga infantil, los demás capítulos se me hicieron pesados, desestructurados, deslabazados y faltos de emoción, incapaces de estar a la altura de la letra escrita.

Y ahora, viendo la primera parte del capítulo final, que han dividido en dos para estirar un poquito más el hipogrifo de los huevos de oro, empiezo a pensar que quizás la longitud de la peli le venía pequeña al enorme contenido de las novelas. Que quizás, al tratar de abarcar demasiado, las entregas cinematográficas se quedaban en una sucesión de capítulos que trataban de avanzar la acción hasta el siguiente libro, que quedaban cojas por falta de espacio. Que podría ser que no fuera culpa del director, obligado a meter en dos horas un guión estratosférico.

¿Por qué de repente creo esto? Pues porque, a pesar de que el director es el mismo que el de las últimas entregas y de que la primera parte del último libro me pareció lo más tostón de la saga, la película sube varios puntos con respecto a sus predecesoras. El desarrollo de la historia es esta vez mucho más medido y lineal, ya no da la impresión de avanzar a saltos y el tono se vuelve tan oscuro como en el ya comentado capítulo de Cuarón.

La historia va llegando poco a poco a su fin y ya no hace falta introducir nuevos hechizos, ni mostrar nuevos aspectos del mundo mago, ni impresionar con otro partido de Quidditch (que ya se hacían repetitivos) y David Yates se centra en el viaje iniciado por los tres amigos para derrotar al mago oscuro, un objetivo mucho más acotado y que le viene como Quaffle a palma de la mano para plasmar la tensa relación entre Harry, Hermione y Ron en estos momentos difíciles, para dibujar sentimientos y actos al tener que caminar en la frontera entre la vida y la muerte, con medio mundo mago buscándoles para darles matarife.

La película queda así mucho más redonda, al no tener que esforzarse en acelerar la acción para condensar todos los puntos que enlazan con la siguiente entrega para no dejar cabos sueltos. Dado que ya no estamos hablando de un año escolar completo, nos podemos parar a ocuparnos de los detalles de los personajes, bastante olvidados hasta ahora y, por si fuera poco, Yates toma una decisión muy afortunada: aprovecha el relato de una leyenda fundamental para la trama, la de los tres hermanos y las reliquias de la muerte, para ceder protagonismo a un tipo llamado Ben Hibon, suizo como los relojes de cuco, que se casca un paréntesis en forma de corto animado atesticulante. Una fábula con apariencia de teatro de títeres de sombra que le da un aspecto a cuento milenario que te deja pegado al asiento. Tres minutos, que pasan a ser una de las partes más destacadas de la película, un descubrimiento en cuanto a narración y puesta en escena y el reconocimiento mundial para Hibon, que sólo había realizado un par de cortos y un videojuego (fue director de “Heavenly Sword”, para los adictos a las maquinitas) y ahora tiene una peli de animación en post-producción (animada y de zombies, ni más ni menos) y otra en pre-producción.

Por supuesto, aparte de estas mejoras sustanciales con respecto a las carencias de películas anteriores, sigue la necesaria dosis de acción, como en la magnífica secuencia de apertura, en una vertiginosa escapada volante, pero todo el armazón se dedica a apuntalar lo que puede ser una batalla final que, si sigue estas líneas (y parece que sí, ya que las dos partes se rodaron como una sola película), puede ser apoteósica, como merece el final de la saga más mítica de este siglo, que ha enganchado a la lectura a millones de chavales y ha reunido a un elenco espectacular a lo largo de sus ocho entregas.

Ahora, sólo queda esperar a que “el que no debe ser nombrado” y “el que no deja de nombrarse” crucen sus varitas en la bomba final.

P.D. Como bola extra, os dejo uno de los cortos de Ben Hibons, realizado para la MTV asiática y el avance de su debut en el largometraje, que dudo que lleguen a estrenar en nuestro país.


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