GRAVITY

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Record de recaudación en Usamérica y en España, niña mimada de los adeptos al cine espacial y de los frikis de los efectos especiales, alabanzas para el trabajo de una Sandra Bullock que parece que hubiese pasado de ser la peor actriz del universo a la mejor, odas en versos alejandrinos para su director, Alfonso Cuarón, aupado al Olimpo de los realizadores, rapsodas para un uso del 3D que parece dejar en bragas a la que hasta ahora era la que decían que mejor había aprovechado dicha tecnología, “Avatar”, un hito en el cine de ciencia ficción, una revolución desde “2001, una odisea del espacio”, soberbia, magnífica, la pera en vinagre…

¿Es para tanto “Gravity” o a la gente se le ha calentado la boca, en busca de nuevos fenómenos a los que encumbrar?

En parte, sí, es para tanto pero, como es normal, no es perfecta. Al menos, no para mí, que le vi alguna pequeña pega. Sin embargo, sí, me emocionó, me mantuvo con los ojos abiertos de par en par, agarrándome a la butaca muchas veces, esquivando basura espacial otras, sufriendo con las desventuras de la doctora Stone y rindiéndome a los pies de un Alfonso Cuarón excelso, con un dominio de la cámara, el tempo y el suspense practicamente insuperable.

Por cierto, debo decir que para comentar con vosotros la “pega”, debo meterme en un spoiler. Pero no os preocupéis, porque avisaré con tiempo y lo camuflaré muy bien para que no lo leáis si no queréis.

El argumento es bien sencillo. La doctora Ryan Stone y el comandante Matt Kowalsky, se encuentran flotando más allá de la atmósfera, instalando algún cachivache muy importante en la ISS (estación espacial internacional) cuando los rusos (siempre los rusos, que tíos) deciden destruir uno de sus satélites espía con un misil, provocando una buena cantidad de basura espacial que, a toda velocidad, se acercará al punto donde se encuentran nuestros protas, provocando una carrera contrarreloj por la supervivencia.

Desde el principio se sientan las bases de lo que va a ser la película. Sobre un fondo negro aparecen tres advertencias. En el espacio no se propaga el sonido (anoten bien, guionistas y realizadoras de sci-fi). Las temperaturas oscilan entre muchos grados sobre cero y muchos bajo cero. La vida en el espacio es imposible.

La cámara se mueve y vemos una fantástica vista de la tierra vista desde el espacio. Abramos mucho la boca y acomodémonos en el asiento porque el escenario de “Gravity” será siempre tan espectacular como esto. O incluso más. Increíbles planos del espacio infinito, con la tierra de fondo o hiperrealistas interiores de la estación espacial y otros satélites que orbitan sobre nuestras cabezas.

Se presentan acto seguido los personajes dejando claro, en dos certeros trazos, sus personalidades. Sandra Bullock, una doctora (no sabemos en qué) eficiente en su trabajo y acojonada por tener que hacerlo en gravedad cero a un montón de kilómetros sobre la superficie del planeta. George Clooney, un astronauta veterano, de vuelta de todo, que disfruta su último paseo por el espacio dando la chapa a todo el mundo con sus batallitas.

A partir de aquí y sin perder el tiempo, Cuarón provoca el accidente y la bola de nieve empieza a rodar. Clooney y Bullock comenzarán a hacer todo lo posible por esquivar los trozos de satélite que orbitan incontrolados y por buscar una forma de regresar a casa. Y para que el personaje de Sandra Bullock empatice con el espectador, se presentará un trauma que provocará un interesante arco evolutivo en el personaje a medida que lucha tanto por sobrevivir como por encontrar una razón para hacerlo.

El director no necesita más que 90 minutos para construir un preciso mecanismo en el que cada escena, cada dificultad, cada acontecimiento, se desliza hacia el siguiente de forma fluida. Sin grandes diálogos, con el toque justo de humor que introduce el experimentado astronauta y la carga de profundidad de la doctora, el guión de Alfonso y Jonás, padre e hijo respectivamente, es afilado y certero. Las interpretaciones de los dos actores son magníficas y, sí, sobre todo la de una Bullock inconmensurable (aunque las operaciones estéticas le hayan dejado una expresión un tanto curiosa), que a mí nunca me pareció mala actriz (me enamoré de esa nariz respingona desde “Speed”) pero que también creo que nunca ha rayado de forma tan tajante la perfección. Todo constituye un espectáculo asombroso. Todo, salvo un pequeño gran detalle.

Leeréis, si buscáis, textos de grandes conocedores del espacio, los satélites y las sucesiones misiones espaciales de los países como este o como este (me lo ha chivado Ender), que os hablarán de fallos en altitudes, órbitas y velocidades, diseños e ingenierías. Posts que son muy interesantes pero, dado mi desconocimiento, en nada me afectaron al disfrute de la peli. Sin embargo, sí hay un momento en el que mi alarma de física básica de EGB empezó a destellar y emitir agudos pitidos. Es aquí donde viene el spoiler y para describirlo, como en un libro de misterio, tendrás que pasar el ratón por encima.

El momento es aquel en el que Stone y Kowalsky tratan de asirse desesperadamente al satélite ruso y consiguen detener su trayectoria gracias a que ella se enreda la pierna con unos cables. En el último instante, cuando parece que el astronauta no va a poder parar, ella consigue agarrarle por el extremo del cable que tiene de su traje. ¿Salvado? Pues no, porque inexplicablemente, a pesar de hallarse en el espacio, prácticamente inermes a la atracción gravitatoria de cualquier cuerpo, algo tira de Kowalsky como si estuviese colgando de un acantilado, momento en el que aprovecha para convertirse en un héroe sacrificándose por la protagonista. Y momento también en el que fui expulsado de la atracción de la propia película durante un buen rato.

Salvo ese pequeño detalle, el resto lo disfruté como un enano. Así que, si no sois muy fans de la ciencia ficción, olvidad vuestros prejuicios y dadle una oportunidad a esta joya del cine moderno. Si no sois muy fans del 3D (y no me extraña, después de todo lo que nos la ha intentado dar con queso la industria jolibudiense), dadle una oportunidad a las gafitas de marras. Y si no sois muy fans míos, dadme también una oportunidad de vez en cuando, que no soy mal chico.

Cuarón ha conseguido un hito que, esperemos, será imitado, seguido y estudiado por nuevas hornadas de directores dispuestos a revolucionar nuestra forma de ver el cine.

Un pequeño paso para un director, una enorme boya de salvación para el espectáculo.

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