GHOST RIDER: ESPÍRITU DE VENGANZA

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Ahí va un pequeño juego para los aficionados a las películas de acción y fantasía, para los amantes de los tebeos y para los cinéfagos en general. Pensad en la peor película de superhéroes, héroes o salvadores de mundos que hayáis visto. Venga, espero un rato.

Tic, tac, tic, tac.

¿Ya? ¿Cuáles os han venido a la cabeza? ¿Quizá “Daredevil”, “Los vengadores” (la de Uma y Ralph Fiennes, no confundir con el bombazo marveliano que está a punto de llegar), “Dragon Ball evolution”, “La liga de los hombres extraordinarios”, “Street fighter”, “The punisher”?

No son malas opciones, pero, amigos, ni se acercan. Imaginaos esa peor película que destrozó vuestras horas de aventuras delante de alguna novela gráfica, mezcladla con la peor película del Nicholas Cage más histriónico, añadidle 3D y un cámara con Parkingson y os acercaréis ligeramente a la sensación que puede producir ver la segunda parte del infernal motorista fantasma.

Es más, quizá baste decir que si tuvisteis la mala suerte de ver la primera, esta segunda entrega la convierte en una buena película. En un películón de guión calculado, personajes carismáticos y acción vigorizante.

Es muy complicado sacar a relucir todo lo que chirría en la película de los directores de las dos entregas de “Crank” o “Gamer”. Podríamos empezar por la historia, absurda y sin sentido, continuar por los actores, sobreactuados y perdidos, seguir por la dirección, cutre y sin fuerza, parar en los diálogos, estúpidos y vacuos y señalar el final, absurdo, sin gracia y sin ningún respeto por el personaje. Quizá, si hubiera que salvar algo, serían los efectos especiales, mejorados en el diseño del motorista endiablado. Y eso es todo.

Nicholas Cage, un fan confeso del mundo del cómic (no en vano le puso a su hijo Kal-El, que el espaghetti volador se apiade de él en los recreos) sobreactúa y peca de un histrionismo mayor que en cualquiera de sus películas exteriores… y estamos hablando de Cage, un tipo que hace unas 10 pelis al año y que no se distingue precisamente por un estilo naturalista y pausado.

Alguien con mucha vista, dijo alguna vez que cuanto mejor es el villano de una película de estas características, mejor es el film. Según esta máxima, estaríamos ante una de las mayores boñigas de la historia del celuloide de carácter fantástico. Unos tipos que quieren secuestrar a un niño que puede convertirse en el diablo, ya que su madre, en un momento de desesperación, a punto de morir, se deja engañar por el diablo, que la deja preñada. Así que, tenemos a la panda de inútiles que tratan de llevarse al chaval, al propio diablo y, más tarde, a un tipo al que se le concede, palabras textuales: “el poder de la descomposición… de las tinieblas”. Así, con pausa dramática en la que te da tiempo a ir a por un bocata y volver. Una frase que provocó la mayor carcajada de todo el metraje.

Ah, y el final. No puedo dejar de comentar, con un enorme spoiler, el ingenioso giro que concluye la aventura. Ese momento en el que los guionistas, que da la casualidad de que son los propios directores, a partir de una historia de un David S. Goyer que debió de escribirla colocado, deciden pasarse por sus respectivos agujeros negros al personaje dual de Ghost Rider y todo lo que tiene de interesante esa lucha interna entre el bien y el mal y convierten al motorista… en un ángel. Cuadrados los tenéis, amiguetes.

Por suerte, la generosidad de Iban hizo que no tuviéramos que pagar por ver semejante engendro. Nos regaló un par de entradas VIP, con lo que podemos considerar la experiencia como un estudio científico sobre el poder de las productoras de colocarnos cintas aptas para coeficientes intelectuales negativos. Sobre la enorme vista de las salas de cine de dejar sin estrenar productos interesantes mientras se arrodillan y le lamen el prepucio a las majors usamericanas.

Un doctorado merecemos.

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