FESTIVAL DE SITGES 2015 – INTRODUCCIÓN

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Creo que puedo decir, sin temor a equivocarme, que tanto para mí como para El Maestro de Motores, acudir al festival de Sitges es como para un chaval de 12 años adicto a la adrenalina ir a Port Aventura. Nos ponemos meses antes a preparar el asalto a la meca del zombie hispano, vamos haciendo una recopilación de las películas que van anunciando, las almacenamos en un Excel con colorines, nos vemos los trailers, las pre-votamos para que nos sea más fácil hacer una selección, las comentamos con chascarrillos graciosos y nos vamos zambullendo en nuestro propio hype, sabiendo que jamás podremos llegar a las expectativas que nos vamos creando.

Tenemos nuestras rutinas bien definidas, a lo largo de estos años. Siempre vamos al mismo apartamento, sabemos que tenemos que comprar el billete de AVE con tiempo, nos pensamos mucho si coger algún maratón nocturno a sabiendas de que al día siguiente seremos más muertos vivientes que los protagonistas de las películas, programamos posibles siestas en días alternos, nos proveemos de comida basura y bebidas con taurina en momentos clave en los que el sueño puede caer sobre las pestañas como una losa, calculamos los tiempos entre películas con precisión milimétrica sabiendo el tiempo de desplazamiento entre las distintas salas, conocemos los lugares que más nos gustan de cada patio de butacas y, lo único que desconocemos, son nuestros propios límites, pues año tras año superamos la capacidad de atención del cerebro humano.

Este año, nos volvió a acompañar Lo Que Diga Mamá, añadiendo un componente crítico extra a todo lo que veíamos porque, aunque ella aún no lo sabe, en realidad no le gusta mucho el cine de género. Ella dice que sí, porque en su condición de friki, debería pero en realidad seguro que preferiría una buena dosis de cine clásico. Nosotros estamos encantados de que se una a nosotros y le tiramos de la lengua para que despotrique a gusto contra la falta del mismo de algunos directores. Así, la vemos encenderse ante tramas apenas bosquejadas en dos párrafos de guión, actores recién salidos de la escuela de cine o efectos especiales de saldo.

Los tres formamos muy buen equipo, una máquina bien engrasada que controla los tiempos de forma milimétrica y de esta forma, seguimos forzando a nuestras neuronas a una degustación de cinefagia compulsiva que nos acerca a la locura temporal. Esta vez han sido 28 películas en 5 días, deglutidas una detrás de otra, paladeadas con fruición unas y tragadas tapándonos la nariz otras. Un par de ellas, incluso, introducidas por gotero acústico mientras nos echábamos un sueñecito.

Nosotros nos echamos al hombro la responsabilidad de desgastar las calles de Sitges de cola en cola para poder volver al mundo civilizado y cuerdo y hablar de nuestras experiencias, como el que se va a visitar a alguna tribu perdida en la esquina más perdida del continente africano a riesgo de participar en un banquete en calidad de plato principal, para luego traer a la sociedad el remedio infalible contra los juanetes, con una pomada extraída de algún arbusto de flores de colores chillones.

Cada uno tenemos nuestros gustos y hay algunas cintas que provocan airados y sesudos debates (“No tienes ni puta idea” “No, tú no tienes ni puta idea” “No, tú”) pero, en el fondo, coincidimos bastante y cuando una película es mala de pegarle con un palo, estamos de acuerdo.

Este año ha habido alguna que otra perla, alguna que otra sonora decepción y algún descubrimiento que guardaremos en las pelotas doradas que dan forma a nuestras islas de la personalidad friki. Hemos conocido zombies de diversas religiones, dioses ateos, conspiraciones extraterrestres, tentadoras bellezas con violentos discursos moralizantes, psicologías oníricas en stop motion, casas encantadas de varios estilos, chinorris metiéndose patadas voladoras a ritmo de Mozart, épicas más ochenteras que las realizadas en los ochenta, distopías industrializadas cantábricas, cenas desasosegantes y de ambiente enrarecido, necrofilias de botellón, vengadores sobre ruedas con tarifa nocturna, exnovias que se resisten a dejar de tirar de la manta, bosques irlandeses infestados de leyendas, rencillas empresariales llevadas al extremo (o dando ideas), hombres santos aburridos de patear dunas, noches de Halloween plagadas de niños grimosos llamando a las puertas, internados solitarios en medio de frías ventiscas y hasta un pistolero a la vieja usanza desenfundando más rápido que su sombra.

Aquí, queridas y queridos lectores, comienza mi revisión personal y totalmente transferible a nuestros cinco días de esta 48ª edición del festival internacional de cine fantástico de Cataluña.

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