FESTIVAL DE SITGES 2015 – DÍA 5

HELLIONS

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Ay, pobre Robert Patrick, para lo que ha quedado. En otro tiempo, el gélido actor fue el adversario más temible que ha tenido el Chuache en toda su carrera. Un Terminator digievolucionado, capaz de transformar su extremidad en punzón picahielos, atravesar barras de metal sin desencajar el gesto e intentar exterminar al díscolo Edward Furlong con una determinación inquebrantable.

Ahora, con una cara más pétrea si cabe, se pasea por cintas de segunda, creando su propia leyenda de secundario de serie B. Una suerte de Michael Ironside que, en unos años, podría rescatar Tarantino en una de sus famosas jugadas inesperadas.

Aquí, el colega ejerce de sheriff de una localidad que vive un Halloween más peligroso que de costumbre. Unos pequeños monstruos se dedican a acosar a una típica rubia usamericana con cara de cheerleader que podría optar a nueva participante del reality “Embarazada a los 16”. El problema es que a los engendros no les debe gustar demasiado el programa de la MTV y pretenden evitar un nuevo episodio arrancándole el nuevo ser de las entrañas de nuestra protagonista.

Reconocemos que el avance ya nos dio algo de miedo en su día, no en el buen sentido. Unos tonos malva impregnando ciertos planos llevaban nuestra memoria a la nefasta sala donde padecimos “Amer”. Después de aquello, hemos desarrollado una filtrofobia incurable.

Al final, no era tan mala como la cinta del SyFy pero tampoco había mucho a lo que agarrarse. Carreras, sustos de manual y un Robert Patrick que se dedica a recargar su recortada. Prescindible.

SOUTHBOUND

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Entendedlo. Era el último día y el cansancio pesaba como una losa sobre mi consciencia. El cuerpo humano tiene sus límites y nos estábamos dedicando a traspasarlos con alegría. Y eso que esta película de episodios entrelazados, no pintaba mal. Resultaba entretenida y original y, aún así, no pude resistirlo.

Creo recordar que vi el primer episodio completo y parte del segundo y, a partir de ahí, entré en mi propia película mental, construyendo un largometraje onírico a partir de los retazos de los días anteriores. Si llego a tener un cuaderno al despertar, me hubiese convertido en el nuevo Clive Barker.

Dicen mis compañeros de butaca que no estuvo mal. Tendré que tratar de recuperarla algún día. Me gustaría contaros más de ella que lo de los episodios encadenados y que al principio había dos tipos huyendo en furgoneta de una especie de mantis religiosas metálicas gigantes y después unas niñas que eran invitadas a cenar por una familia que daba muy mal rollo, pero no puedo.

FEBRUARY

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Y llegó otra sesión de controversia y disensión. Claro, yo había descansado de lo lindo en la sesión anterior y llegaba a ésta película fresco como un romanesco recién recolectado, mientras que mis compañeros de festival seguían peleando con sus neuronas por mantenerse despiertos. Así que una película de cocción lenta, que va desgranándose a ritmo pausado y enseñando sus cartas de forma calculada, les pareció una tortura cantonesa, mientras que yo paladeé cada plano, cada historia y cada pequeño giro de guión hasta un final calculado y milimétrico. Y oiga, después de haber asistido a “The invitation” y “The hallow” podemos calificar este año como el de los argumentos bien rematados.

En un aislado internado, se quedan dos alumnas por diversas razones. Una pasa de sus padres y quiere mazar con su novio, mientras piensa en cómo decirle que igual está gestando un pequeño problema y a la otra no le vienen a recoger sus progenitores y nadie consigue localizarlos. Cada una es la antítesis de la otra, la popular y la rarita y, a medida que la ventisca y la nieve se cierne sobre el edificio, empezarán a pasar cosas algo sospechosas, nunca demasiado explícitas, de soslayo, introduciéndonos en un ambiente muy malrrollero.

Así, las historias de estas dos chicas y de una tercera que trata de llegar a la residencia se irán entretejiendo hacia un giro final que, en el fondo, me pareció lo de menos. Lo importante es que los pelos se me ponían como escarpias en aquel ambiente aislado y frío, mientras asistía a las pequeñas pistas que el director, un tal Osgood Perkins, iba dejando por el camino.

SLOW WEST

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Y remataba el festival con una película del Oeste. Un cambio de género, de ritmo y de energía para clausurar un año de Sitges que no había ido nada mal, finalmente.

Y, aunque parezca lo contrario, por lo caduco que nos parece hoy en día el western, se trataba de una de las apuestas más seguras de nuestro periplo. Michael Fassbender debajo del sombrero protagonista, calzando unas botas con espuelas que parecían hechas para un actor como él, un Kodi Smit-McPhee que ya nos había deslumbrado en “Young ones” y “El amanecer del planeta de los simios” y está a punto de volverlo a hacer interpretando a la versión joven de Rondador Nocturno en la nueva de los X-Men y un tal John Maclean a los mandos de su primer largometraje.

La historia es la de un pie tierno, un chaval enamoradizo que viaja desde su escocia natal hasta los áridos paisajes del lejano oeste en pos de su idealizado amor de juventud, tratando de mantener a salvo su aristócrata trasero en una tierra sin ley. Para que no tengamos que enterrarlo en los primeros minutos de película le ayudará un pistolero en alquiler, un tipo duro de los que encienden las cerillas en la barba y que desenfundan más rápido que su propia sombra, tratando de imprimir al pobre chaval un poco de realidad y hombría por el camino.

Este viaje del héroe, esta road movie al galope, se desarrolla de forma ágil y muy entretenida hacia el clásico tiroteo final, siguiendo los cánones del género y desempolvando un tipo de películas de las que ya no se hacen.

Un buen remate para una añada muy interesante, en la mejor de las compañías y que ha dado lugar a nuevas tradiciones de las que ya no prescindiremos. Aunque en la siguiente edición, a lo mejor, haya que establecer una jornada de barbecho por exigencias del guión vital.

Sitges y Ana de Armas, esperadnos que volveremos.

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