FESTIVAL DE SITGES 2015 – DÍA 4

NINA FOREVER

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La comedia negra sigue siendo una de las especialidades de la Gran Bretaña. Los ingleses se sienten como pez en el agua entre corrientes de incorrección, podredumbre, drama elegante y chistes que parecen no serlo. Y en esta mezcla, el del humor británico con tintes paranormales, nos llegó la primera película del cuarto día.

Holly es una chica rarita. Su último noviete la ha dejado por rarita y rarita y solitaria se siente, distanciada de la mayor parte de la gente. Y a Holly le gusta Rob, que también es muy rarito. Aunque él tiene más explicación, ya que su novia ha muerto en un accidente de moto y desde entonces no levanta cabeza, lidiando con alguna que otra tendencia a poner fin a su existencia y con la extraña relación con sus ex-suegros.

Cuando Holly y Rob entablan una relación, todo parece que les va a servir para recomponerse por dentro. Lástima que el plan no salga del todo bien desde el momento en el que, cada vez que se acuestan, Nina, la ex-novia cadáver de Rob, tome forma en su cama, llenando las sábanas de sangre, con el cuello doblado en una extraña posición y tan deslenguada y tocapelotas como siempre.

Cuando escogimos esta película, tanto el Maestro de Motores como yo pensamos que habría más comedia, sin embargo quizá tenga más de drama fantástico filosófico con sonrisas repartidas. Una excusa para hablar de la pérdida y las barreras que nos deja nuestro pasado en la vida que intentamos construir en el presente. El intento de los tórtolos vivos por descubrir la manera de deshacerse de Nina, que tampoco tiene ninguna gana de estar ahí, nos lleva a una disección del poder de la memoria y la culpa y la lucha de una pareja por tratar de superarlos.

Así, con una forma natural, desprejuiciada y pelín gore de presentar el sexo, la película se adentra en vericuetos pseudo-filosóficos de los que, en última instancia, no sabe salir demasiado bien. La metáfora está ahí, pero los directores y guionistas, Ben Blaine y Chris Blaine, oscilan entre momentos brillantes, como los intentos de ella por hacer desaparecer al fantasma o la cena con los padres de Nina y otros sin demasiada sustancia, que sólo hacen por seguir avanzando la trama hacia un final algo anticlimático.

De todas formas, se agradece el tono de la película, carente de prejuicios y tratando de dar una visión muy novedosa a esto de los fantasmas, de una forma más seria aunque similar a la que construyó Joe Dante en la divertida “Burying the ex”, el año pasado.

THE DEAD ROOM

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Un clasicazo de festivales de género que no puede faltar, el grupo de investigadores de lo paranormal que llega a una casa encantada y algún entre cabreado la lía en un crescendo de sustos de puertas que se cierran, objetos que se caen y apariciones que hacen buh al espectador. Una estructura sencillita que suele esconder alguna que otra vuelta de tuerca que rara vez me decepciona. Y efectivamente, así fue.

Tres investigadores del más allá de diversa índole acuden a una decrépita casa encantada para registrar los acontecimientos que allí se produzcan. Un veterano curtido en mil batallas, descreído y que confía ciegamente en la ciencia, un madurito experto en sistemas electrónicos y ordenadores que está deseando encontrar alguna prueba fantasmagórica y una chiquilla gótica con sensibilidad para conectar con las presencias extrañas.

La ambientación, las conversaciones, los sustos y la mayoría del argumento es de manual de peli de casas con fantasmas, pero uno ya lo sabe y lo disfruta. Quizá no tanto mis compañeros de butaca, que van buscando experiencias nuevas y no les gusta la repetición. Paradójicamente luego salen de una cola y se ponen en otra de forma repetida durante varios días.

Al final la historia da un pequeño giro, necesario para que la cinta no sea un calco y que, aún así, tampoco es que se lleve el premio mundial a la originalidad, pero que vale para desencadenar una pequeña discusión sobre si ha sido afortunado o no. A mí me pareció que no estaba mal del todo y le añadía una pequeña gota de distinción.

En fin, una película de las de dejarse llevar que puede servir como trampolín a un director para demostrar que puede elaborar de forma solvente un proyecto que no presenta demasiadas novedades y hacerlo de forma muy entretenida.

SOME KIND OF HATE

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Todo lo contrario que en el caso anterior se puede decir de la siguiente propuesta de la jornada. Si en la neozelandesa “The dead room” teníamos un argumento típico llevado a la pantalla con buena mano, en este caso tenemos un punto de partida interesante, que podría haber dado mucho más de sí, tratado de una forma bastante chapucera, que da lugar a un puñado de actores bastante perdidos en una historia que camina como un borrachín tratando de llegar a casa a las siete de la mañana.

Uno de esos raritos intensos de instituto, carne de cañón para malotes decididos a ganarse una reputación a base de humillaciones a los más débiles, recala en un campamento para inadaptados después de rebelarse ante el bullying y romperle las narices a su acosador. Allí se topa con un puñado de adolescentes marginados, problemas parecidos a los que sufría en el instituto y unos monitores aún más grillados que los propios chavales.

Hasta aquí, drama de telefilm. Pero el punto Sitges llega cuando el fantasma de una víctima de acoso aparece para enamoriscarse del nerd y decidir que para ayudarle no estaría mal empezar a matar malotes, con la conocida técnica de si yo me rajo te duele a ti. Al principio el protagonista aprecia la ayuda, pero después de unos cuantos fiambres empieza a crearle un pequeño cargo de conciencia y decide que aquello no está bien.

El problema es que esto es TODA la película. Maltrato va, muerte vuelve hasta que se empieza a liar la madeja en una sarta de actos pasados que aparecen de repente para desvelar un misterio que a nadie le importa un carajo cuando se destapa, de cara a un desenlace que a poco que uno piense en él pierde toda la lógica.

Los personajes no se guían por ninguna lógica conocida en esta parte del universo y se limitan a actuar de forma absurda llevando la trama hasta donde el director ha decidido que es una buena forma de rematar. Así que lo único que saco en claro de esta cinta es lo buenorra que está Grace Phipps y que, a pesar de que la competencia de la gran mayoría de actores jóvenes que aparecen, poco pueden hacer con un guión atolondrado y poco pensado.

THE HALLOW

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Y burla burlando, llegamos a mi ganadora particular del festival. Una película que me deslumbró con su amor por el terror psicológico de la vieja escuela, con sus efectos visuales y maquillajes artesanos, con una historia arraigada en las leyendas irlandesas y una realización impecable que se desarrolla en un tempo que va incrementando su intensidad de forma precisa hasta un final absolutamente perfecto.

Coryn Hardy, su británico guionista, lleva tiempo llamando la atención con su gusto por los ambientes oscuros, los maquillajes, el arte visual al más puro estilo Stan Winston y su fanatismo por Steven Spielberg y la década de los 80 y hasta ahora era conocido por un buen ramillete de cortometrajes y por videoclips de gente tan diversa como Paolo Nutini, The Horrors, Biffy Clyro, Olly Murs o The Prodigy. No era raro que tarde o temprano consiguiese financiación para su primer largometraje y con él bajo el brazo y sus pintas de genio vagabundo a lo Johnny Depp se acercó por el festival a presentarlo y tratar de transmitir su amor por las historias clásicas de terror.

Adam es un botánico que trabaja para el gobierno catalogando un bosque irlandés que el estado planea vender para paliar su deuda interna. Así que se traslada con su mujer y su bebé a un casoplón apartado para hacer su trabajo cuando, nada más llegar, es advertido de que los espíritus no van a dejar que destruya los milenarios terrenos que estudia.

Mezclando las leyendas celtas con teorías científicas, Hardy construye un ambiente pesado y oscuro enmedio de los espesos bosques irlandeses y sitúa a esta entrañable familia en medio de esa hostilidad, tanto del entorno como de sus propios vecinos, introduciendo muy poco a poco elementos fantásticos que se van estrechando su alrededor.

Tiene escenas grandiosas que, quizá en otra época o con otra promoción, podrían haber pasado a los anales del cine de género. Una propuesta que luce como arrancada de otro tiempo, cuando éramos más ingenuos y nos dejábamos atrapar por cuentos asombrosos, donde el ordenador aún no había suplantado a los oficios tradicionales y donde las grandes historias nos llevaban a interminables discusiones en el recreo.

“The Hallow” tiene ese gusto a antiguo que tanto me gusta y me sumergí en la propuesta del británico desde el primer momento, dejándome llevar por la angustia de estos padres que se sienten superados por seres antiguos que reptan en la noche.

No va a acabar aquí la carrera de Corin Hardy, porque, de momento, es el enésimo candidato a hacerse con ese proyecto maldito que de mano en mano va, como la falsa moneda, como es el remake de “El cuervo”. Esperemos que sea el definitivo y pueda consagrarse con un retorno del personaje de James O’Barr como se merece.

INNER DEMON

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Ursula Dabrowsky, la directora y guionista de esta cinta, también se acercó por la ciudad para presentarnos su propuesta. Con su aire campechano y su candidez daba más la impresión de que nos presentaría su receta de buñuelos de chocolate que una cinta con secuestros y asesinatos protagonizada por unos paletos malísimos que secuestran y torturan jovencitas, pero amigos, las apariencias engañan.

La cinta no empieza mal, desde luego. Los dos malísimos villanos de los que hablábamos se acercan a una casa pija para secuestrar a una teenager rubia y así empieza una persecución por los bosques canadienses que parece que nos depara el cambio de personalidad de una chiquilla condenada a sobrevivir y salvar a su hermana pequeña.

Sin embargo, la película llega a un punto concreto en el que, de repente, se estanca por completo. Para el motor y se queda aparcada en la cuneta sin que vuelva a pasar nada hasta un final que rompe los esquemas anteriores y te deja con la cara a cuadros.

Otra de esas cintas en las que uno se queda pensando si aquello no daría tan sólo para un buen corto y la duración de largometraje se le queda grande. Porque sí es cierto que, cogiendo los primeros minutos, unas pocas escenas del medio y un desenlace curioso, queda una historia de quince minutos muy pintona. Sin embargo, alargada hasta los 84 minutos, que tampoco es que estemos hablando de un metraje tan extenso, el guión se hace pesado e interminable.

OFFICE

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Me pasé todo el festival pensando que ésta era otra película y no sé muy bien por qué. En algún momento vi un trailer que asocié a este título y el cruce de cables fue constante. Lo que yo creía que era una comedia negra, resultó ser un thriller oriental con un punto de partida muy potente que se va desgranando muy poco a poco. Repito, muy poco a poco. Pero que muy, muy poco a poco. De forma exasperantemente lenta.

Un empleado de banca mata a su familia y desaparece. Un detective entra en el caso y se dirige al edificio de oficinas donde trabajaba el homicida para intentar averiguar algo. Allí observa un ambiente enrarecido entre los becarios, los trabajadores fijos y los jerifaltes y acaba descubriendo que las cámaras de vigilancia muestran que el asesino volvió al curro después de la matanza y no volvió a salir.

Con una crítica subyacente a la enorme presión a la que son sometidos los trabajadores de las multinacionales y a la competencia feroz que marca la consecución de un puesto fijo o de un ascenso, el thriller va dando poco a poco (muy poco a poco) paso a un descafeinado slasher que acaba diluyéndose en una cinta que acaba por no poder remontar el lento (muy lento) ritmo impuesto.

LAST DAYS IN THE DESERT

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El día más largo del festival, no se nos ocurrió otra cosa que forzar, al final de la jornada, a las tantas de la madrugada, un experimento, quizá espoleados por la presencia en la cinta de Ewan McGregor, un tipo que no suele fallar. Después de muchas horas de visionado y un palpable cansancio en los músculos oculares, nos pareció una gran idea dejar para poner el punto y final al día, la historia de Jesús en el desierto.

Es decir, una película que trata los meses de meditación que se tomó el mesías en un amplio espacio vacío, a solas con sus pensamientos y con sus conversaciones con el diablo, encarnado por él mismo.

Menos mal que por el medio se encuentra con una familia y podemos disfrutar de algún diálogo antes de llegar a la conclusión de que más valía hacerse el harakiri. Sin embargo, estas conversaciones con un padre de familia que hace una casa, un hijo que quiere irse a la ciudad y una madre moribunda, tampoco son para echar cohetes.

Rodrigo García, hijo del premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, escribe y dirige esta visión humana sobre el prota del nuevo testamento, tratando de incidir en la persona y no el mito pero le queda una película extremadamente aburrida, sin nada a lo que agarrarse salvo el intento de McGregor de dar profundidad y carisma a un personaje callado e introspectivo que vive, durante unos días, con una familia con problemas de comunicación.

Un aburrimiento soberano muy evitable que provocó una falta de sueño que nos pasó factura al día siguiente. Menos mal que iba a ser ya el último y el más cortito.

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