FESTIVAL DE SITGES 2015 – DÍA 2

ANOMALISA

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La apuesta personal del Maestro de Motores era un bombón, así que, por mi parte, tras saber que la cinta era un proyecto muy personal de Charlie Kaufman, el guionista con el cerebro lleno de interconexiones loquísimas que concibió “Cómo ser John Malkovich” y “Olvídate de mí”, no pregunté más. Ni avances, ni argumentos ni mamandurrias. Sin dudar ni un momento, dije “sí quiero” y acudí presto a ver qué nos quería contar esta vez el escritor marciano.

Concebida como una película de animación en stop motion, tan personal era el proyecto, que decidió recurrir al crowdfunding a través de la plataforma Kickstarter para recibir dinero sin presiones de ningún tipo y dar a luz lo que le saliera de la mismísima meninge, sin que ningún productor miope le viniese con exigencias. Así que aquí tenemos una historia, salida de la mente del genio sin barreras actorales, de productores o de concepción de ningún tipo. De la neurona a la pantalla.

Pues bien, me dejó algo frío. Y en este caso, creo que se trata un problema mío y no de la película, que es original, profundamente bella y dotada de una sensibilidad brutal. El problema es que, al ser tan personal o bien te sientes identificado con los sentimientos y las percepciones del guionista o te quedas algo fuera de la película y, en mi caso, mi personalidad es opuesta a la del torturado personaje.

También es uno de esos casos en los que es mejor saber del argumento lo menos posible, así que me limitaré a decir que va sobre un experto en relaciones profesionales de cara al público con problemas sentimentales que acude a una ponencia en otra ciudad y vive una curiosa relación.

Tanto las ideas que utiliza Kaufman para retratar los traumas mentales del protagonista como la preciosista puesta en escena de estos muñecos tan reales son acojonantes y, sólo por eso, la película se disfruta cantidad. Sin embargo, en vez de empatizar con él yo me sentí lejano, como observando un curioso espécimen de humano a través de un microscopio, lo que hizo que sintiera la experiencia como incompleta.

En fin, el típico caso de “no eres tú, soy yo”.

WE ARE STILL HERE

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El problema no fue que ellos aún estuviesen allí, sino que estuviésemos nosotros. De manera bastante clara, aquello era un homenaje a las películas de terror de casas encantadas de los 70, como las de Lucio Fulci. Un terror sangriento, con personajes bastante planos que se sirven más de la imagen que del argumento para provocar pesadillas en el respetable.

A mí ese tipo de cine nunca me ha gustado. Como buen niño de los 80, cuando yo empecé a comer fotogramas, aquello había evolucionado a un tipo de terror más elegante. No por falta de brutalidad, sólo hay que ver “Tu madre se ha comido a mi perro” para saber que no está relacionado con los litros de sangre. Pero se rodaba de otra manera.

Así que, no hay nada que me atraiga en la historia de estos señores que se mudan a una antigua casa para intentar volver a empezar después de la muerte de su único hijo con tan mala suerte que dan con una casa llena de almas clamando venganza en un pueblo de tipos que también dan muy mala espina.

Por allí aparecen una pareja amiga de los protagonistas que, a la vez, son los padres del mejor amigo del hijo muerto que, también aparecerá más tarde, con su novia. El amigo vivo, no el hijo muerto. Esta pareja son unos hippies que hacen sesiones de espiritismo y todo el rato ponen cara de oler a cocido de entrañas y les advierten de que allí hay muy malas energías. Sin embargo, se quedan y claro, las cosas no acaban bien.

Aparece con una cara algo operada la ex de Tim Burton, Lisa Marie y también Barbara Crampton, una mítica del cine de terror. Y todo transcurre de manera tonta y absurda en un crescendo cada vez más gore hasta llegar a un final tan tonto y absurdo como había sido la película hasta aquel momento.

Al menos, al salir de la película, pensé que ya habíamos pasado el peor momento del día. Me equivocaba. Aún quedaba asistir a una de las grandes desilusiones del festival y asistir a hora y media plagada de la nada más absoluta.

SPL 2: A TIME FOR CONSEQUENCES

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Son inevitables las decepciones en Sitges, así como los experimentos fallidos pero eso hace que las veces en que los astros se alinean, no te esperas nada particularmente brillante y salimos del cine opinando de forma unánime que hemos descubierto una joya, sean un subidón comparable a una buena dosis de V en “True blood”. Y los asiáticos son unos buenos candidatos para sorprenderte por los dos extremos.

Cuando elegí esta película de guantazos y la sugerí en nuestro planning final, viendo que por allí campaban los soberbios rodillazos voladores de Tony Jaa, no me esperaba que El Maestro de Motores, bastante impasible, en general, hacia las coreografías de tortazos, saliese de la sala encantado.

Y es que no es para menos. Y no sólo por las guantadas que, aunque espectaculares, al Maestro se la siguen pelando bastante, sino por una historia de polis y mafiosos muy bien montada, con secuestros, planes muy malévolos y un puñado de personajes muy bien definidos y bastante comiqueros.

Efectivamente, Tony Jaa reparte que es un primor pero, para mi sorpresa, sus rijostios no son los más espectaculares. Está por ahí Jing Wu al que hay que seguirle la pista y un camboyano que viene siendo como el tipo que te tienes que pasar al final del juego para ganar, que pega unos saltos que ya le gustarían a LeBron.

Aunque, nuestro momento preferido, nada tiene que ver con las vistosas tanganas que se forman a lo largo de la peli, sino que lo protagoniza una niña tailandesa enferma y un chaval hongkonés con síndrome de down a través de una conversación plagada de emojis que es para quitar el sentido.

Enamorados nos quedamos de esa niña que está en el centro de todo el tinglado, más maja que la Lina Morgan, que ablanda los corazones de los héroes y provoca que se vayan a repartir estopa a los escenarios más curiosos a ritmo de música clásica, ora con el Requiem de Mozart, ora con el Verano de Vivaldi.

Salimos los tres eléctricos de la función sintiendo que, una vez más, habíamos hecho el día con una de las pelis que menos papeletas tenía, a priori.

¡WATA!

TURBO KID

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Le llegaba el turno esta vez a una de las apuestas más arriesgadas, también a petición mía. El trailer dejaba bastante claro que aquello iba a ser una marcianada que asentaba su imaginería en la facción de ciencia ficción apocalíptica más alocada de aquellos locos 80. Esta vez no hubo tanta uniformidad en cuanto a las valoraciones, en gran parte por la diferencia generacional. Lo Que Diga Mamá y yo, que crecimos en aquella época mágica y empapamos cada poro de aquel chorro de ideas de colorines, pudimos disfrutar mucho más que El Maestro de Motores, que parece haber filtrado esa década para quedarse con lo que había antes y lo que vino después.

Bebiendo de películas como “Conan”, “Mad Max”, “Tron”, “Los bicivoladores” e incluso “Power Rangers”, la terna de directores neozelandeses cuentan la historia de un solitario adolescente en un planeta seco y desértico, donde el bien más preciado es el agua y que se gana la vida traficando con basura. Un fan de un personaje de comics llamado Turbo Rider que comienza una extraña relación de amistad con la teenager rubia más feliz del universo y debe calzarse el disfraz de héroe, aliado con un rudo vaquero para destronar al malvadísimo Zeus que tiene bajo su yugo (y su parche) a la sociedad.

La película tiene ese aire naíf propio de las producciones ochenteras, con el típico viaje del héroe y un porrón de momentos cómicos protagonizados por la chiquilla que mencionábamos que, en muchos momentos, consigue alzarse como lo más logrado de la película, destronando, incluso, al propio Michal Ironside que imprime veteranía y ganas al supervillano de la película.

Sin embargo, las mismas bazas que juegan a favor de la producción, en algunos momentos, cuando se pasan de rosca, pueden llegar a resultar cansinas. Alguna que otra pelea se vuelve larga y repetitiva y esa búsqueda del humor gore llega a rozar el ridículo en determinados instantes.

Sin embargo, por mi parte, se le perdona todo por su búsqueda de una identidad propia y lo arriesgado de la propuesta. Bueno, se lo perdono por eso y por la simpatía y cercanía del más parlanchín de sus directores que se despachó a gusto con anécdotas e historias en el Q&A y que nos pidió que lo abrazáramos a la salida y le preguntásemos lo que nos viniese en gana. Así que, allá que fuimos Lo Que Diga Mamá y yo a darle un buen abrazo de oso y a charlar un rato con el colega Yoann-Karl Whissell, un tipo tan sonriente y con tan buena energía que no dudo que volveremos a hablar pronto de él.

VULCANIA

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Acababa la jornada y confiábamos mucho en nuestra última baza, elegida por unanimidad por nacionalidad, por plantel actoral y por propuesta. El film español más anunciado del festival, interpretado por Aura Garrido, José Sacristán, Ginés García Millán, Ana Wagener, Silvia Abril, Rubén Ochandiano y Miquel Fernández. Una historia distópica, situada en una acería perdida en las montañas sobre un tipo que podía manipular el metal a su antojo.

Así, como carta de presentación, no dudamos en que aquello tenía un potencial muy bueno.

Lástima que se convirtiese en la gran decepción de nuestro periplo friki-catalán.

Me maravillan los designios del cine. Iba a decir el nuestro, pero estoy seguro de que en todos lados cuecen habas y proyectos que sobre el papel puedes intuir que no llegarán a buen puerto, reciben subvenciones y ayudas. El guión de “Vulcania” no puede ser muy extenso porque la historia da para un cortometraje y poco más. Un puñado de escenas tan dilatadas que parece que se van a romper en algún momento y golpearte en un ojo.

Parte de un puñado de buenas ideas, eso no se puede negar. Quizá no demasiado originales pero poderosas. La sociedad apartada, la situación temporal ambigua, los símbolos de la extraña sociedad, los extraños poderes del protagonista, el misterio de las muertes con las que arranca la película… los mimbres para construir una buena historia están ahí y los actores para hacerla realidad, también. Sin embargo, José Skaf, que escribe y dirige y su socio Diego Soto, que se encarga de guionizar, deciden lanzar el cuento hacia el vacío, estirando como un chicle acontecimientos que apenas tienen interés.

Es una pena ver a actorazos de la talla de Aura Garrido, José Sacristán o Ginés García Millán tan desaprovechados, desfilando por la pantalla intentando dar valor a un texto muy poco trabajado.

Decisiones de personajes absurdas, momentos de supuesta tensión creados con giros argumentales de traca y una lentitud general que demuestra falta de ideas continuamente. En general, da la sensación de que el desarrollo de la historia tiene una falta de trabajo brutal.

Echando la vista atrás, sigo pensando que no hay prácticamente nada que se pueda aprovechar salvo el propio planteamiento.  Y su final, demasiado parecido a cierta película que a todos nos vendrá a la mente, nos dejó con la sensación de que se ha malgastado una buena cantidad de dinero en una historia que no daba la talla.

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