ENTRELOBOS

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Hay un puntito arriesgado en convertir una historia real en un guión cinematográfico, así a pelo, sin que medie en ningún punto una novelización de la misma.

Es arriesgado porque, estas historias, pueden resultar adictivas y emocionantes contadas en una mesa de bar, acompañadas de un carajillo o una cocacola o un té con limón, porque se hacen cercanas, se les da vueltas, se les añaden pinceladas de cosecha propia y la propia imaginación rellena los huecos mucho mejor de lo que lo puede hacer una cámara, aunque sea digital, de última generación y con sonido dolbisurraund.

Es peligroso, pero no es imposible que salga bien, obviamente. En esto del cine, no hay nada imposible, ahí está la magia. Aunque, así a bote pronto, las que se me ocurren no han dado el salto de la vida al guión, sino que había una novela en medio, como pasaba con “La gran evasión” o, por poner un ejemplo mucho más actual, con “La red social”. Porque, por muy interesante que sea la historia, es muy difícil que no quede coja sin una dosis de embuste, que ayude a hilar los hechos y no parezca lo que decíamos al principio: una historia contada en un bar.

Justo eso le pasa a “Entrelobos”. Que la historia promete, que el protagonista, seguramente te la cuenta bajito en una noche lluviosa y te sumerges en una infancia increíble y te imaginas a ese chaval de ojos enormes intentando sobrevivir en un entorno tan hostil, haciendo migas con los lobos, odias con toda el alma a ese señorito desprovisto de sentimientos y añoras, sin haberlas vivido, las historias de proscritos y bandoleros.

Pero si partiendo de esas historias, se hace el guión y se pone en pantalla grandota, vemos que falta chicha. Falta la fábula que haga de barniz y decore esa base de hecho verídico. Y al no tenerla, la leyenda pierde fuste y se convierte un un bonito documental de naturaleza, en el que casi estás esperando una voz en off con los colores de Félix Rodríguez de la Fuente explicando las costumbres del lobo, del buitre leonado y de la lechuza real. O nos chirrían momentos supuestamente emotivos y mal resueltos. O echamos en falta una pizca de aventura y de romance. O nos sobra ese momento epílogo, totalmente postizo, que acaba de rajar el cristal del cuento y nos pegamos el porrazo contra una realidad un poquito más gris.

No obstante, hay más piezas en el conjunto, aparte de la gran fotografía naturalista adentrándose en los montes de Sierra Morena, que suman muchos puntos, como ese grandísimo descubrimiento de ojos enormes y mirada curiosa con apellido de entrenador sudado: Manuel Camacho, de esa estirpe de chavales españoles que de vez en cuando enamoran a un país entero, como hizo Pablito Calvo en “Marcelino pan y vino”, Cristina Cruz Mínguez en “Celia”, Manuel Lozano en “La lengua de las mariposas”, Nerea Camacho en “Camino” o, el que continua el “tour de force” de Camacho, ese Juanjo Ballesta que nos golpeó con “El bola” y que, aunque monopolice los carteles publicitarios de esta película, no aparece más que en el último cuarto de hora.

Parece mentira cómo un enano que no puede haber tenido mucha experiencia delante de las cámaras puede transmitir tanto en una sola mirada, algo de lo que ya les gustaría presumir al gran grueso de la generación de “Física o química”. Mirada que, al estilo de Tom Hanks en “Naufrago”, lleva sobre sus párpados todo el peso de la película y sale triunfante, ayudado por ese monstruo de la interpretación que fue bandolero (ficticio) de joven en parajes similares llamado Sancho Gracia.

Estos dos actores, nos regalan los mejores momentos de la película en ese núcleo central que se alimenta mucho más de la acción que de la palabra, en donde la relación entre ambos se fragua y el viejo enseña al joven todo lo que debe saber para sobrevivir en la montaña, tan sólo ayudado de un cuchillo, una fogata y un hurón. Una parte central mucho más trabajada e interesante que el resto de la película, un poco olvidada en cuanto a desarrollo, aunque cuente con un par de secundarios de lujo, como Alex Brendemühl, cambiadísimo con respecto a su papel en Héroes, de la que hablé hace poco y Carlos Bardém, al que se le está cincelando una cara de malo del Far West que no hubiera desentonado ni lo más mínimo dando la réplica a los protagonistas de las pelis de John Ford.

Con todo esto, “Entrelobos” deja un regusto agridulce, entre el envite de alma aportada y la falta de desarrollo del guión, muy cortito en muchos momentos. Lástima, porque con ese prota de corta estatura y enorme talento y ese paraje mágico, podía haber salido una película redonda.

2 thoughts on “ENTRELOBOS

  1. De acuerdo contigo, sobretodo en la interpretación del niño-lobo, el viejo pastor y los lobos el gran duque y la fotografía que es explendida. Nada más.
    ¡Que buen vasallo, si hubiera gran señor!. traducido: ¡Que buenos actores si hubiera buen guión!. La hitória se lo merecia.
    Un abrazo-

  2. Coincido en que a partir de cierto momento la cosa flojea y se hace irregular, le hace falta un mejor desarrollo. No obstante a mí el epílogo, como usted lo llama, no me resultó postizo…, totá, que salí contento del cine con esta historia, que les podría haber salido mejor, desde luego que sí. Y el chavalín lo hace de lujo, y Sancho Gracia, y los lobos… Tan mu bien todos…

    Saludos.

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