EL TRATAMIENTO

Cómo les gusta a los guionistas hablar de ellos mismos. O, en su defecto, del mundo del cine en general. Mirarse el ombligo en busca de las pelusas que encarnan los miedos, las frustraciones y los traumas que les han llevado o que adoquinan sus carreras.

Es una máxima de todo escritor: habla de lo que conoces. A veces envuelven su concepción del mundo en fundas metafóricas con los colores de la ciencia ficción, el terror o la ficción histórica y otras la tratan de manera literal. Al final, con independencia del vestido elegido, hay proyectos que funcionan y otros que fracasan.

“El tratamiento”, obra que se estrenó en el Teatro Pavón, quizá el espacio de la capital que más está innovando y arriesgando en cuanto a dramaturgia se refiere, con continua afluencia de público adicto ya a sus montajes, pertenece a la categoría ganadora. La historia de anhelos y debilidades del guionista protagonista, trasunto de su escritor y director, Pablo Remón, conforma una historia compuesta de momentos aparentemente inconexos que acaban por hilvanarse con asombrosa facilidad.

Él asegura que no es autobiográfica, sino que es una historia en la que vuelca su mirada sobre un montón de temas: el paso del tiempo, la llegada a los temidos 40, la realimentación entre cine y vida, la identidad o la autoría.

Todo empieza con la historia pequeñita de un verano adolescente que enlaza con una loca clase de guión y de ahí el foco va cerrando el plano hacia la figura de Martín, profesor del curso y guionista frustrado con un guión sobre la guerra civil que podría dar el salto a la ansiada producción cinematográfica, a pesar de la inacción de su caótico representante.

El texto engarza de forma muy elegante el humor y la emoción en un relato plagado de humanidad que se beneficia de la presencia escénica de cuatro actores muy entonados. Francesco Carril encarna a ese perdido guionista woddyallenesco y alter ego del propio Remón con una mezcla de fragilidad y tozudez que convierte al protagonista en un ser entrañable y, alrededor de él, Bárbara Lennie, Ana Alonso, Emilio Tomé y Francisco Reyes encarnan a una batería de personalidades que desfilan alrededor de la vida de Martín, zarandeándole entre momentos surrealistas, nostálgicos y emocionantes.

Todos están estupendos y sigue sorprendiendo la naturalidad y la fluidez de Lennie ya sea encima de las tablas o delante de la cámara, pero yo me quedo con el descubrimiento de un enorme, en varios sentidos, Francisco Reyes, que me brindó algunos de los momentos más hilarantes de la función.

Sorprende también la escenografía diseñada por Mónica Boromello por su sencillez y belleza. En realidad siempre me llama la atención la capacidad que tiene el teatro para introducir al espectador en el ajo a partir de elementos muy simples, actuando sobre la imaginación y el poder del actor en espacios vacíos.

En este caso se trata de unas sencillas paredes que dan la impresión de pertenecer al taller de un ebanista, con ganchos para colgar las herramientas que utilizarán los actores para contar la historia. Dichos ítems van desapareciendo a medida que los personajes los van necesitando hasta desnudar por completo el panel al final de la obra.

“El tratamiento” se va ahora de gira pero, si tenéis curiosidad, he visto en la página del Teatro Kamikaze que vuelve en junio. Así que aún os podéis acercar a la mente de un guionista en apuros en este país nuestro que sigue tratando su producción cinematográfica sin la importancia y el cuidado que merece.

Menos mal que nos queda el reducto teatral, mucho más atrevido y kamikaze.

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