EL PERFECTO ANFITRIÓN

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Un tipo escapa cojeando del atraco a un banco, con una bonita herida de bala en un pie. Tiene cada detalle planeado al milímetro para poder huir y preservar su identidad. Coge una bicicleta que utiliza para llegar a un coche aparcado lejos de la escena del delito. Abandona la bicicleta en un contenedor, se deshace de la peluca y las gafas que escondían sus facciones y se larga en el automóvil. Al poco, comprueba que la policía está facilitando sus datos y su fotografía en la televisión. Ese es el primero de los muchos errores que cometerá esa noche.

Sin saber muy bien qué hacer, utiliza su encanto personal para intentar pasar la noche en casa de algún desconocido, hasta que se le ocurra cómo salir del embrollo y, tras un par de intentos, acabará en una elegante mansión con un tipo estirado, snob, de exquisitos modos y algo raro. Parece el perfecto anfitrión, pero quizá no sea oro todo lo que reluzca.

A partir de este punto, la película de Nick Tomnay, desarrollada a partir de un cortometraje suyo que, según leo, fue multipremiado, se vuelve una extraña comedia negra con mezcla de thriller repleta de giros imposibles. A veces, tan imposibles que provocan una extraña sensación de incomodidad, ya que nunca llegué a saber si el director se la estaba tomando en serio o si se trataba de una broma continua.

De lo que no hay duda es que lo mejor de la cinta es comprobar los ilimitados recursos interpretativos de David Hyde Pierce, el curioso hermano de Frasier en la serie homónima, que se enfunda un papel de pirado que le permite jugar todo el rato con el personaje. El actor, un enamorado del teatro, es el núcleo central del argumento y se despendola a gusto en escenas a cada cual más surrealista.

Toda la parte que se desarrolla en el interior de la casa de ese extraño Warwick Wilson es un viaje hacia la locura, una rampa hacia las situaciones vergonzantes que a veces se pasan de rosca. Una vez que la película se aproxima al desenlace final y va enseñando las cartas que ha ido escondiendo y dando los últimos giros, empecé a pensar que lo que Tomnay me ofrecía ya era demasiado. Demasiadas cartas marcadas, un guión que se retorcía continuamente en busca de la sorpresa, que sí se consigue, pero que ya en cierto momento deja de importarme al encontrarme saturado de situaciones delirantes.

Supongo que la idea original, concentrada en el tiempo que da un cortometraje, resultaría un experimento divertido. Es al extender esta idea hasta el infinito, añadiéndole por medio de flashbacks las motivaciones del atracador y ampliando poco a poco el personaje del anfitrión, cuando todo comienza a empalagar. El conjunto se hace excesivo tanto en la parte del guión como en la de la puesta en imágenes. Incluso los personajes secundarios de los policías que buscan al delincuente o la breve aparición de la vecina, se tornan caricaturizadas, intentando buscar siempre un humor muy personal.

Así que, ¿me gustó la película? Pues no estoy seguro. Cuando no me daba vergüenza ajena ni me saturaba, supongo que sí. Pero a medida que avanzaba el metraje, esto cada vez era más complicado. Así que juzgad vosotros y me contáis.

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