EL NOMBRE (LE PRÉNOM)

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Puritita envidia.

Mientras en este santo (como Dios manda) país intentamos contrarrestar la crisis gravando la cultura, los estudios, la inteligencia, el arrojo y la innovación, haciendo cada vez más difícil la producción propia de cine y teatro, elevando las tasas escolares y universitarias hasta el infinito y más allá, recortando en investigación y desarrollo y poniendo trabas a los emprendedores, mientras se premia el borreguismo, la sumisión, el analfabetismo y la ceguera mental, en nuestro país vecino parece que tienen una receta diferente para salir del hoyo.

No me voy a meter en datos técnicos y aburridos, sino que voy a incidir en la anécdota de siempre y tema principal de esta bitácora: el cine. Mientras que en España vemos nuevos realizadores que consiguen llegar al largo y triunfar de pascuas en ramos, nos llegan todas las semanas películas francesas de todos los olores, colores y sabores. Algunas infumables, otras normalitas y otras espléndidas. Para todos los gustos y todos los públicos. Un abanico inagotable que demuestra un amor por el talento patrio que ya quisiéramos, mientras nosotros, al más puro estilo de macho ibérico, los apuntamos con el dedo y los llamamos chauvinistas.

Y yo, me muero de envidia y me pongo a pensar en todo lo que no es cine y me entra un cabreo de no te menees, de esos que empujan a manifestarse echando espumarajos por la boca mientras uno ve cómo los encorbatados dirigentes que no han buscado curro en su vida y han pasado infancia y adolescencia entre los entramados de un partido político, escalando, pisoteando y aprendiendo el don de decir sin decir, pasan del vulgo.

Ya sabía yo que me iba a ir por las ramas. El caso es que ayer, vi una gran comedia de corte teatral francesa. Con un enorme texto, un puñado de grandes actores y un sentido del humor y del cinismo brutal. Una prima cercana de “Un dios salvaje” que escarba entre personalidades muy diversas de un grupo de amigos y familiares que se conocen desde la infancia y acuden a una cena íntima que acaba destapando toda esa pelusa que se esconde bajo la alfombra y que acaba provocando hostias cuando se pasa por encima.

La tonta excusa de una cena en la que uno de los comensales va a comentar a su pandilla de toda la vida que ya sabe el sexo de su futuro hijo y a comentarles el nombre que él y su pareja han elegido, le sirve a Matthieu Delaporte, la cabecita pensante que ha escrito la obra de teatro, más tarde el guión de la película y, por último, se ha lanzado a codirigir junto a Alexandre de La Patellière, para mostrar la cara más común de nuestra especie: la estupidez.

A contar la historia le ayudan cinco actorazos que llevan el peso de la cinta sobre sus hombros. Patrick Bruel, Valérie Benguigui, Charles Berling, Guillaume de Tonquedec y Judith El Zein interpretan el gran circo de la vida con una soltura y una fluidez extremas. Uno cree estar espiando por el ojo de una cerradura vidas ajenas gracias a la naturalidad y la cercanía de las interpretaciones, que cuentan con la ventaja de un guión fantástico.

Una comedia deliciosa, de las que no se ven a menudo que, sin embargo, pasará sin pena ni gloria por nuestra cartelera, maltratada por el doblaje, la saturación de películas usamericanas, el excesivo precio de las entradas y nuestros propios prejuicios, mientras el remake de “Desafío total”, cagándose en la memoria de los cinéfagos ochenteros, copará los puestos altos de la lista de recaudación, como un alumno vago que copia al compañero de mesa cambiando el tipo de letra a uno mucho más molón y con colorines para que el profesor no lo note.

Y sí, me he levantado respondón, gruñón y con ganas de pataleta.

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