EL MUNDO SEGÚN BARNEY

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Vida. Esa palabra, presente en el título y constructora única del argumento, es la fidedigna definición de esta película. Vida de un ser humano imperfecto, egoísta, gracioso, ocurrente, nervioso, leal, traicionero y contradictorio.

Tened claro que, empezando con este párrafo puedo ponerme tan metafórico, pedante e insoportable como si me hubiese poseído Juan Manuel de Prada con sobredosis de sinónimos, así que aún estáis a tiempo de correr despavoridos hacia algún refugio antiboludeces. Avisados quedáis.

Como decía… vida.

Que noooo, ¿cómo os voy a hacer esto? Para esas parrafadas profundas ya tenéis muchos otros críticos por la red, que se pasan semanas buscando nuevas palabras polisílabas y esdrújulas. Aquí estamos para comentar en plan salón de de casa, con la crema de orujo delante y lanzándonos a opinar de lo que no sabemos, con desparpajo. Y sí, la película es lo ya dicho, una gran dosis de vida, además de un recital del enorme Paul Giamatti (otro más, este hombre no para), postales de un hilo vital, desde la juventud hasta la vejez. Un cúmulo de experiencias que merecen ser contadas, o por lo menos que merecen serlo si se narra de este modo y se interpreta de esta manera.

La novela de Mordecai Richler y, por tanto, el guión que sale de ella escrito por Michael Konyves (un par de nombres puestos claramente para rellenar, porque ambos son conocidos mayormente por sus tías abuelas) se centra en la vida del tal Barney, en sus matrimonios, en sus inquietudes, en sus vilezas y genialidades y en las personas que le rodean, pero es tal la personalidad arrolladora del protagonista que el resto de gente aparece desdibujada, apenas esbozos con un par de cualidades en primer plano, tan diferentes de la detallada descripción, casi psicoanálisis, del personaje principal, que llega a notarse un montón.

Sin embargo, a pesar de ello, gracias a que los actores secundarios aparecen en permanente estado de gracia y bordan sus personajes, uno se deja llevar ante la llamativa diferencia de dibujos. Dustin Hoffmann (pocas cosas necesita este hombre para encandilar, cada gesto una lección), Scott Speedman (un tipo que parecía sosete y guaperas y que se sale en un papel de eterno perdedor), Minnie Driver (que gusto volver a ver a esta mujer desde los 90 y lo bien que se conserva la jodía) o Rosamund Pike (guapísima, elegante, el contrapunto perfecto a la imperfecta humanidad de Barney) aportan finos sabores al ingrediente principal, que no es más que Mr. Giamatti, el único actor del universo conocido al que he visto reírse y llorar al mismo tiempo de forma tan creíble y tierna.

Muchas películas que narran vidas se quedan a medias. No es fácil elegir qué momentos son destacables o de que manera introducir las elipsis que marcarán los años vividos. Sin embargo, “El mundo según Barney” lo consigue con una fluidez admirable. Empezando en un tramo medio y a base de flashbacks y flashforwards, nos guía a través de los hechos más admirables del protagonista, giros marcados en su mayoría por sus amores y sus amistades.

Un gran film de enormes interpretaciones al que llegamos de pura casualidad, corriendo de cine en cine buscando un horario que nos valiese. Quizás fue el destino, una gran forma de llegar a una película que habla precisamente de eso.

Toma metáfora final.

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