EL LOBO DE WALL STREET

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Seguimos nuestro periplo por las nominaciones a los premios de la academia con uno de los clásicos del cine yanki. Ese italoamericano bajito, gafapasta y de conversación arrítmica e imparable llamado Martin Scorsese sigue demostrando su amor por el séptimo arte eligiendo grandes historias y creando enormes películas. Su idilio profesional con Leonardo DiCaprio continúa con la llama más viva que nunca y, entre los dos, nos ofrecen una cáustica visión de un depredador de las finanzas, un tipo real que supo sepultar su moralidad y su empatía debajo de billetacos de dolar. Una irreverente cantidad de billetacos. Un relato excesivo y divertido sobre un capullo adicto a esnifar cocaína en culitos de prostitutas.

Una joyita de persona, vamos.

Scorsese, vista la ralea del personaje, toma una sabia decisión. Ya que su vida es tan loca, amoral y estúpida, decide distanciarse de cualquier tipo de moraleja o enseñanza e imprime cierto carácter de fanfarronada contada por el propio protagonista que, en más de una ocasión se salta la cuarta pared para dirigirse al espectador. De esta forma, consigue, por una parte, desconectar de nuestros cerebelos el listón que separa el bien del mal y que nos lo pasemos pipa con los gigantescos excesos del pollo. Y por otra, implantarnos la sombra de la duda de cuánto de lo que estamos viendo es real y cuánto está alterado por los recuerdos de un megalómano drogadicto que, probablemente, no cuente con unas conexiones sinápticas en plenas condiciones.

Así que, despojados de toda visión crítica sobre el comportamiento del lobo, podemos dedicarnos a pasárnoslo bien y por Tutatis que lo hacemos. Cada nuevo paso hacia esa espiral de sexo, droga y una cuenta bancaria superior a la suma de las fortunas del Tío Gilito y Tony Stark, es una pirueta con triple axel y tirabuzón que nos provoca una nueva carcajada. No solo el personaje interpretado por DiCaprio posee una personalidad magnética e hipnótica, sino que la cohorte de descerebrados que lo rodean contribuyen a asentar un paisaje surrealista en el que cualquier barbaridad que a uno se le ocurra, es posible.

La idea de Scorsese no aparecería de forma tan impecable en pantalla sin la colaboración de unos actores entregadísimos a la causa. Un Leo DiCaprio que ya se va mereciendo un Oscar, aunque sólo sea por insistencia en clavar personajes película tras película, un Jonah Hill que ha pasado de cómico gordito de películas muy chorras a secundario de lujo, consiguiendo su segunda nominación y una actriz que aúna belleza, sexualidad y talento a partes iguales llamada Margot Robbie, a la que ya se rifan para la siguiente megaproducción de turno.

Por lo tanto Scorsese no se mete en el dilema moral, eso está claro pero, ¿hay crítica? Pues la que pueden poner los propios ojos del que observa. El director italoamericano se limita a poner los hechos encima de la mesa y a dejar que la bajeza humana que alcanzan los protagonistas, por mucho que esté envuelta en un lujoso chiste, hable por sí misma y que cada uno extraiga sus propias conclusiones. Habrá quien se sienta corroído por la envidia del poder infinito que otorga el dinero a espuertas, habrá quien se dedique a partirse la caja porque le da pereza pensar e ir más allá, habrá quien se sentirá escandalizado y habrá quien se limitará a asentir con la cabeza, sabiendo que el ser humano es ruin y gilipollas por naturaleza.

Eso sí, por muy santo que seas, aunque estés suscrito a Greenpeace y Médicos sin fronteras, participes en asambleas de barrio, retwittees las condiciones deplorables de las perreras y te manifiestes por las matanzas en Siria, te costará no reirte cuando veas a un puñado de descerebrados yuppies lanzando un enano a una diana.

Y ese es el gran triunfo de la película de Martin Scorsese.

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