EL LIBRO DE LA SELVA

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La división de películas de personajes reales de Disney lleva un tiempo haciendo caja a base de apelar a la nostalgia del espectador, revisitando los grandes clásicos de dibujos animados para convertirlos en lujosos paisajes de CGI con actores de carne y hueso.

En realidad, la estrategia comenzó hace años, aunque por un tiempo pareció un experimento aislado. Allá por 1996 Glenn Close se convirtió, con gran acierto, en Cruella De Vil en una película que también tenía a Hugh Laurie antes de hacerse famoso con “House” y Jeff Daniels, aunque el resultado fue bastante infantiloide y chusco.

Luego lo intentó Tim Burton con “Alicia en el país de las maravillas” pervirtiendo tanto la novela original como la película de animación y construyendo una absurda historia sin sentido, siguió con una historia alternativa de la bruja malvada de “La bella durmiente” con el rostro de Angelina Jolie, que seguía un poco los pasos del genial musical de Broadway “Wicked” que contaba algo parecido sobre la malvada bruja del Oeste del mago de Oz y remató con la versión de “Cenicienta” del año pasado, dirigida por un Kenneth Branagh que últimamente no es que sea el símbolo de excelencia de otros tiempos.

Tras ese camino, nos encontramos en el presente, antes de que nos llegue la adaptación de “La bella y la bestia” con gente tan dispar como Emma Watson, Ewan McGregor, Emma Thompson, Stanley Tucci, Ian McKellen o Kevin Kline, en donde nuestro colega Jon Favreau, al que siempre estaremos agradecidos por dar los primeros pasos en el Marvel Cinematic Universe elevando a cotas impensables el personaje de Iron Man, se ha puesto a los mandos de una adaptación que trata de captar el espíritu jazzístico de la peli original, dándole una pincelada de modernidad.

El resultado, a mi modo de ver, es un producto muy molón a nivel visual que no acaba de funcionar en ningún momento en cuanto a la historia se refiere, por varias razones.

La primera y más inmediata es que nunca consigue llegar a volar libre, sin la carga de la película de animación de 1967. Sí, tiene tramas nuevas, sí, Mowgli vive diferentes aventuras, sí, el final es diferente, pero no. En realidad, de forma inconsciente, el cerebro está esperando a que Kaa le hipnotice, a que Baloo le enseñe lo genial que es hacer el vago y vivir tirando de las necesidades más básicas, a que Louie le capture y le pregunte por el secreto del rojo fuego y a que Shere Khan intente hincarle el diente. Y la peli te lo da. No renuncia en ningún momento a ofrecer los momentos que todos estamos esperando, lo que, en este caso, creo que es un lastre.

Porque sabemos, grosso modo, cómo va a transcurrir la película. Incluso utiliza los momentos musicales más famosos para hacernos sonreir con nostalgia. El “Trust in me”, el “Bare necessities” y el “I wanna be like you” aparecen diseminados por la trama, ligeramente cambiados y con los alicientes de comprobar cómo lo hacen Scarlett Johansson, Bill Murray y Christopher Walken, respectivamente. Y lo que gana en nostalgia y movimiento de pies, lo pierde en capacidad de sorpresa y frescura.

Sin embargo, tampoco mejora el guión original en aquellos puntos en los que trata de innovar. El arco principal de Mowgli es bastante simple, por utilizar un término suave. El personaje en ningún momento evoluciona, acabando la película en el mismo punto en el que empezó, sin haber aprendido nada más que el que le va a ir mejor cambiando su familia adoptiva, por lo que se ve. Mientras que el pobre Shere Khan demuestra que las advertencias que da al principio de la película son totalmente ciertas y que más hubiese ganado la comunidad animal si le hubieran hecho caso.

Ni en el momento en el que Mowgli se da cuenta de que la ha cagado con rotundidad, parece recapacitar ni demostrar un mínimo de arrepentimiento, demostrando que el género humano es poco menos que prescindible y que su único objetivo es luchar por su propia supervivencia, sin importarle lo que pase a su alrededor y, por si fuera poco, llevándose el mérito de arreglar las cosas cuando otros lo hacen por él.

En realidad, la parte que más me gustó fueron esos momentos musicales en los que el compositor John Debney transforma piezas icónicas de la banda sonora original en géneros diferentes. De repente escuchar los acordes de lo que era una balada ñoña convertidos en un torbellino que narra una carrera a la desesperada me resultó una gozada.

Poca recompensa para una moda que, de seguir en los mismos términos, podría acabar provocando empacho y rechazo por parte de un público que, al contrario de lo que piensan en la Fábrica de Sueños, no se conforma con jugar con el mismo juguete vestido con ropas nuevas, una y otra vez.

Así que, yo tendría cuidado o podrían acabar asistiendo a un verdadero desastre en taquilla.

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