EL HOBBIT: LA DESOLACIÓN DE SMAUG

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Por lo visto Peter Jackson no sólo ha perdido peso desde los tiempos de la trilogía de “El señor de los anillos” hasta ahora. Se ha dejado entre las ruinas de Isildur la épica, la modestia, el respeto a Tolkien y el amor por las historias bien contadas. Por contra, como si hubiese sido poseído por el Señor Oscuro, se ha traído un colocón de efectos especiales y la prepotencia de quien se siente preparado para mejorar el legado del escritor británico.

Efectivamente, el título de la película comienza con “El Hobbit” y al final de la misma hay un letrerito que pone “Basada en la novela de J.R.R. Tolkien”, aunque supongo que se les olvidó el adverbio “lejanamente”. Porque, mientras que el cuento original trata sobre el viaje de un Hobbit hacia una montaña lejana, acompañado de unos enanos y un mago, la peli va de unos enanos que viajan a una montaña lejana, un mago que investiga el retorno de oscuras fuerzas, una elfa y un enano que se hacen ojitos, un elfo algo parecido a Legolas pero con cara de pan que se pirra por una elfa que no le hace caso, un hombre pobre que trata de sobrevivir en una ciudad maltratada por un gobernador grimoso, unos orcos feísimos que la tienen tomada con los enanos mencionados y un dragón parlanchín.

Ah, y de vez en cuando, aparece un Hobbit que hace algo.

Es muy complicado que alguien que haya leído “El Hobbit” (y le haya gustado), vea con buenos ojos la “adaptación” del director neozelandés. Desde la primera escena, en la que llegan huyendo de los orcos feos a casa de Beorn, uno empieza a arrugar el morro hasta que acaba pareciéndose a un limón chupando un Fary. Lo que en la novela da lugar a una escena cómica, en la que Gandalf se sirve de la astucia para encandilar al amante de los animales para que deje a la compañía quedarse a dormir en su casa, aquí es una absurda persecución y un puñado de gente cometiendo allanamiento de morada.

El bosque negro deja de ser claustrofóbico y fantasmagórico para ser un bosque con telarañas y alguna droga psicotrópica en el aire. La escena de las arañas pasa de ser una prueba de ingenio y valentía de Bilbo a otra escena de correr a lo loco. La estancia entre los elfos del Bosque Negro también pierde interés para centrarse en un trío interracial. La escapada de los barriles es un videojuego. El desasosegante descubrimiento de la cerradura secreta en un “ahí va mira, si está aquí”. La aventura sucedida en el interior de la montaña solitaria es una aventura gráfica de las de coge ítem, deja ítem.

No me importa que Jackson hurgue en los apéndices de Tolkien para añadir historia a su película o para enlazarla con la trilogía anterior, lo que me molesta es que cambie el libro para transformar una aventura genial de un pequeño Hobbit que tiene que ingeniárselas para conseguir sobrevivir en un mundo de grandes guerreros en un videoclip en el que Legolas surfea cosas.

De hecho, las partes más entretenidas me resultaron aquellas en las que Gandalf investiga a un enemigo que se suponía caído, camino que desembocará, irremediablemente, en “La comunidad del anillo”. Sin embargo, todas las escenas que sí aparecen en “El Hobbit” tienen un punto de vista absolutamente contrario al del libro, como si a Peter Jackson le pareciera un coñazo lo que en su día escribió John Ronald.

Mientras veía la peli, no podía dejar de recordar cuánto había disfrutado con las tres películas de “El señor de los anillos”. Cómo me admiraba, a cada segundo, que Jackson y sus colaboradores hubieran conseguido plasmar de forma tan real mis propias imágenes mentales del libro. La épica de las batallas, la profundidad de los personajes, la riqueza de los escenarios, la fidelidad al autor.

Todo eso ha desaparecido. Ahora nos quedan escenas como la de un orco manco hecho con efectos especiales, hablando con un orco tuerto hecho con efectos especiales sobre un fondo hecho con efectos especiales.

No sé qué es lo que habría hecho Guillermo Del Toro de haber continuado con el proyecto pero, estoy seguro de que esto no.

Peter Jackson, tú antes molabas.

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